Desde la perspectiva del campo de las ciencias de la educación, se han derivado dos concepciones muy ligadas entre sí: los procesos de formación docente, así como la profesionalización de la labor docente. Los procesos de formación del profesorado conllevan dificultades que se presentan cuando los docentes se enfrentan a cuestionamientos sobre su propia práctica o bien ante las distintas reformas e innovaciones que vienen dictadas desde las instancias institucionales y gubernamentales. De pronto se encuentran en la disyuntiva de modificar la forma de impartir sus clases. Muchas ocasiones estos cambios van en contracorriente de su propia formación, sus creencias y concepciones acerca de lo que enseña y cómo debe hacerse. Y entramos aquí en el terreno del individuo, de la propia visión que tiene un docente de sí mismo y de su profesión. Algunos autores hablan de lo que se conoce como profesionalización de la actividad docente. Esta profesionalización de la docencia significa que independientemente de la profesión de origen del docente, éste asuma la enseñanza como su actividad profesional. Así lo señalan Chehaybar y Kuri (2003), citados en Arenas y Fernández (2009): “La formación docente es un proceso permanente, dinámico, integrado y multidimensional en el cual convergen la disciplina y sus aspectos teóricos, metodológicos, didácticos, psicológicos, sociales, filosóficos e históricos, para lograr la profesionalización de la docencia”. Esta profesionalización implica también una “conciencia de autonomía profesional” (Fernández, 2000), que no es otra cosa sino esa autonomía que permite que un docente sea capaz de tomar decisiones responsables dentro del ámbito de su práctica. Es decir, no se trata solamente de que un profesor vaya adquiriendo nuevos conocimientos técnicos o de que aprenda nuevas estrategias didácticas, sino de que realmente adquiera un compromiso por una formación constante, por una reflexión crítica de su práctica en el aula, por un interés en el proceso educativo mismo que lo lleve hacia la actividad investigativa. Fernández (2000) también acuña un término que él denomina reconversión profesional, y que significa en términos sencillos que el docente comience a percibirse a sí mismo como un profesor, y no solamente como un ingeniero o licenciado en una determinada especialidad. Que le dé tanta relevancia o importancia como lo representa su profesión de origen. Medina (2000), citado por Gervilla (2000), define muy acertadamente la profesionalización del docente, “profesionalizarse en docencia es asumir un proceso de mejora personal, colaborativa y tecnológica, que haga posible que la actividad educativa sea cada vez más reflexiva y completa, tanto para el profesor, como para los colegas y alumnos”.
En suma, hoy en día se considera que el desarrollo profesional del docente es un proceso de crecimiento que le permite mejorar su acción y comprender mejor su profesión (Villegas-Reimers, 2003), citado en Roux y Mendoza (2014). Este proceso debe comprender tres componentes básicos: el técnico-pedagógico, el componente personal y social, asociado a la reflexión, la autocrítica y la empatía, y el componente institucional, que se refiere a las cuestiones socioculturales y organizacionales del entorno. Para estos mismos autores, este desarrollo profesional solo puede lograrse por un proceso de naturaleza continua, esto es, durante toda la vida profesional, para diferenciarlo de la formación inicial, que es la que recibe normalmente un docente que recientemente se incorpora a una institución educativa. Para Rosas (2000), esta formación se debería presentar como un proceso personal y social para que resulte significativa para el individuo, solo en un proceso de esta naturaleza se logra que el docente acumule conocimientos y experiencias que pueda incorporar. Además esta construcción debe ser social, ya que requiere el concurso de otros docentes para enriquecer sus experiencias y transformar su conciencia. Entonces en este sentido, los modelos más adecuados son aquellos donde la formación se halle centrada en el sujeto (el docente), donde se reconozca que posee las capacidades necesarias para recrear la oferta formativa, con base en su historia personal, sus saberes previos, su capacidad crítica y sus expectativas.

Comentarios