Cuando miras que el cielo augura continuar con la tormenta decides entrar al café. En la calle los carros torpes rompen los espejos que la lluvia deja. Una pareja se sienta en la mesa cercana.
—…no sabía qué… encontré a una mujer… tuve que ir… pero volví…
Las frases llegan en fragmentos narradas por el hombre quien te da la espada, parece familiar. Intentas escuchar los detalles. Lo miras buscando un rastro. Solo te llega esa voz demasiado enfática al acentuar las palabras agudas.
—Fue una emoción…
¿Cuál será su nombre? Quieres que la mujer lo llame de alguna manera, escuchar un nombre. Gabriel.
Crees que se trata de Gabriel, que está explicando por qué no te escribió en estos años, por qué no cumplió lo que dijo esa vez que prometieron ser diferentes a todas las parejas, cuando juraron que iban a trascender al tiempo, que él no te olvidaría mientras estuviera lejos, que volvería a estar solo contigo, quisieras que fuera él.
¿Es posible que esté aquí?
¿Es posible que cuente la historia de ambos?
Si se trata Gabriel tenemos mucho qué decirnos, pensaste. La explicación de la distancia ya no importa. Te busca contando su historia como si sostuviera la fotografía de un niño perdido.
—…ocho años es una vida… olvidarla, jamás…
Comienza a susurrar. Te apoyas en la mesa para acercarte, deseas escuchar la frase completa. Quizá habla de ti. Buscas pretextos para colocarte junto al oído de ella, quieres ser ese oído, quieres que Gabriel se confiese contigo.
—¡No puedo creerlo!
La sorpresa de la mujer te calienta la sangre, juegas con tus dedos.
—Cuando el avión despegó ella… sabía que así… pero ahora…
Se inclina hacia la mujer para decir otra frase larga, ella ríe.
—¿Le ofrezco más café?
—No.
Contestas con brusquedad a la inoportuna pregunta del mesero.
La mujer, demasiado vulgar, piensas, acaricia el oído de Gabriel.
Esa historia la debes conocer tú porque eres quien lo esperó, tendrías que ser tú quien lo escuche, quien ría, quien le ponga la mano en la pierna; no esa mujer de pelo graso, ella tendría que estar aquí sentada sola.
Deben contarse aquello que los separó tantos años, vas a decirle que te cansaste de esperarlo, que tuviste que rehacer tu vida, como si una vida fuera una casa en obra negra que construyes con un nuevo personal, le dirás que tu esposo trabaja gran parte del día, que no sabe de historias que se cuentan en libros o en las melodías, que el silencio es su idioma, que un hijo no cambia el aburrimiento, le describirás a un hombre práctico.
—… hasta que vives esto, te das cuenta de… pensaba en la pantalla de un cine antes de la función… la quería ver y decidí… pero ella…
Gabriel baja la voz nuevamente, mientras ella coloca su mano sobre su espalda. Sientes que algunas palabras se agolpan en tu garganta, quieres ser tú quien acaricie esa espalda.
El mesero llega con la cuenta. Lo miras con rencor. Sacas de mala gana un billete. Gabriel fuma, mira al techo. La mujer de manos huesudas repletas de anillos (vulgar, piensas) toca su hombro.
El mesero extiende el cambio.
—Así está bien.
Haces una seña con la mano indicando que se aleje.
—¿Desea algo más? Hay gente esperando esta mesa.
—Shhhhhhh… —Le dices con una furia que lo desconcierta.
—Disculpe, pero…
—Ya olvídelo, gracias.
Sales del café de mala gana, la mujer lo besa en la frente, que tendrías que estar besando tú. No puedes ver su rostro, el pelo graso lo tapa.
Abres tu sombrilla de cuadros verdes.
Caminas a la parada de autobús que está frente al café, te sientas en la banca metálica junto a las musulmanas que hojean, entretenidas, una revista de moda.
Esperarás a que Gabriel salga, le mirarás el rostro, lo seguirás, le dirás que a pesar de que tu vida parece feliz, nunca, bajo ninguna circunstancia, has dejado de pensarlo, que estás aquí dispuesta a dejar todo por seguirlo, que no importa, que ya es tiempo de recuperar esos años… se lo dirás será mientras acaricias su espalda, le darás la bienvenida a tu vida. Suena tu celular. La voz alterada tarda mucho tiempo en explicarse.
Detienes el taxi que pasa frente a ti, le dices la dirección con angustia. Marcas un número.
—Hola, ¿estás ocupado? —le dices a la voz que te contesta con sequedad del otro lado de la línea.
—¿Qué necesitas?, estoy en junta.
—Me llamaron de la escuela, el niño se cayó, voy para allá…
—Mándame un mensaje para saber que todo está bien. Los niños se caen y se raspan, no pasa nada, son niños.
A través del espejo retrovisor miras esa cafetería deformada por las gotas de lluvia. La imagen borrosa, como fotografía vieja, queda atrás.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.