A las 7 horas del 19 de septiembre de 1985, un devastador terremoto de magnitud 8.1 grados se registró frente a las costas de Guerrero y Michoacán. La Ciudad de México fue la gran afectada, con miles de muertos, nunca precisados en su número, y daños también incalculables.

Juan Carlos Valdez Marín vivía en la colonia Narvarte. Su hogar quedó en ruinas; inhabitable.

“En ambos lados había profundas oquedades; adentro, los muros se cuartearon, dejando evidencias en trazos profundos, irregulares sobre las paredes”, cuenta ahora.

Tiempo después vendería solamente el terreno y decidió vivir en Pachuca, de donde era la madre de sus hijas.

“Fue terrible. Me representó entonces una pérdida total. De hecho, casi nada conocía de la Bella Airosa. Y me trasladé. Empecé de cero, aún impresionado por lo que había ocurrido.”

Contaba entonces con 23 años. Tenía dos licenciaturas. Su existencia estaba sumada en la capital del país. Fue docente en la UNAM.

Es licenciado en historia por la UAEH y en biología por la UNAM, de la que fue docente.

Hoy es director del Sistema Nacional de Fototecas, dependiente del INAH, con sede en Pachuca. “Fue coyuntural”, analiza.

Ya asentado en la capital del estado, recibió dos ofertas de trabajo. Uno de los empleos era en un criadero de truchas, dados sus conocimientos en biología.

En un viernes. Muy fijo en su recuerdo, decidiría de su destino laboral.

Pero hubo otra posibilidad. Eleazar López Zamora era el director de la Fototeca. Y lo invitó a que se incorporara con él.

Tenía que resolver el mismo viernes. “En la vida hay cosas que nos gustan y otras que nos apasionan; como para mí la historia. Acepté el ofrecimiento de López Zamora.

“Conocía de fotografía. Tomé el Curso de cine para biólogos que impartía Iván Trujillo. Aprendí a manejar diferentes tipos de cámaras.

Hizo una carrera. “Primero fui técnico conservador de fotografía, más adelante coordinador del área de conservación fotográfica, y seguí como subdirector de la Fototeca hasta llegar a ser director del sistema, responsabilidad en la que llevo 13 años”.

Manifiesta que la Fototeca es el espacio más importante de cultura fotográfica en Iberoamérica. “Está entre los archivos más importantes del mundo”.

Para él, subraya, aparecería en los primeros cinco.

Se guardan negativos e impresiones originales y equipo tecnológico.

Retoma Juan Carlos Valdez: “Las áreas de almacenamiento de los bienes culturales tienen temperatura y humedad controlada. Promedio de 18 grados y 45 por ciento de humedad relativa”.

Al preguntarle cuál es la imagen más antigua que se preserva, dice: “Daguerrotipo de la que se llamó Batalla de Cerro Gordo, en 1847; cercano a Veracruz”.

Y se explaya en información que no deja de asombrar: “Existen en total un millón 67 mil 300 piezas, en un arco temporal de 1847 a la fecha”.

Nada se compra, todo es con base en donaciones.

“Hay un comité de selección responsable de recibir, incluyendo hasta impresiones digitales”.

Se deben satisfacer algunos puntos: ser de interés público y tener cualidades documentales y estéticas.

El director Valdez informa que hay una página del INAH que se puede consultar sobre 600 mil imágenes disponibles.

La página se llama: mediateca.inah.gob, y aparece un espacio de solicitud con costo máximo de mil pesos si es que hay interés en una imagen en particular. Se entrega un archivo digital.

Valdez Marín dice que se incluye también un Museo de la Fotografía y la sala de exposiciones Nacho López.

Documenta que a Nacho López se le considera el padre del fotoperiodismo moderno.

Se inicia como Archivo Casasola y se enriquece con colecciones del mismo instituto.

Amable, reflexiona: “Tiene todos los temas que uno pueda imaginarse”.

En cuanto a visitantes, estima que al mes en promedio acuden físicamente entre ocho y 10 al día; vía telefónica ocho a 12, y quienes asisten al museo 3 mil, en promedio, y a la galería mil 200.

Es un espacio de alta seguridad con un circuito cerrado de TV conectado a la Policía federal, sensores de movimiento y chapas de seguridad.

La fototeca la inauguró el entonces presidente de México Luis Echeverría, el 20 de noviembre de 1976.

Y suma, anecdótico, que el Estado Mayor le sugirió no entrar por falta de barandales que lo pudieran proteger de una intempestiva caída.

Otro mandatario federal que también la conoció fue Felipe Calderón.

“Han estado infinidad de políticos, del estado y de otras partes del país, y embajadores de todo el mundo”, agrega.

No se sustrae a lo que significó el cambio a Pachuca y lo sintetiza, trasmitiendo una real honestidad: “Amo a esta ciudad; llegué joven y ya cumplí 56 años”.

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