Rosalía Guerrero Escudero

Desde el principio de nuestra existencia, como especie hemos sido seres visuales, pero esa visualización ha ido transformándose a través de las épocas. Hoy en día pareciera que, con los cambios digitales que se han generado en torno a nuestras tecnologías de innovación y desarrollo, pero sobre todo de socialización, somos mucho más visuales, aunque tal vez no es así.

La imagen es utilizada en la mayoría de nuestras áreas de desarrollo, por ejemplo, los infantes aprenden las palabras a través de la asociación con la imagen que representan, los medios impresos son más adquiridos y buscados al ver la fotografía de la primera plana que presenta una nota de impacto para el lector, la publicidad ha hecho de la imagen su mejor aliada al demostrar el uso del producto o generarnos una idea gráfica de lo que soñamos ser y por lo que deberíamos de obtener ese producto, y podríamos seguir así como cada aspecto de la vida, pero cerraré la ejemplificación mencionando la parte más sublime de la imagen que se ha dado a través de las diversas bellas artes, pintura, arquitectura, escultura, teatro y danza, aunque la música, como en el caso de la radio, crearán también imágenes mentales.

Todas esas creaciones gráficas de la humanidad, y que nos rodean desde que nacemos hasta que morimos, conforman nuestra cultura visual. Es claro que la digitalización de esa información y su colocación en la red de redes llamada Internet nos permite un mayor acceso a cualquier tipo de imagen, lo que aparentemente genera un mayor acceso.

¿Por qué aparente? Porque aunque evidentemente tenemos la posibilidad de acceder a cosas que de otro modo tal vez nunca conoceríamos, como visitas virtuales a museos alrededor del mundo o recorridos virtuales en el street view de Google Maps, entre muchas otras posibilidades; lo que nos llega diariamente solo son detalles y fragmentos de lo mismo que ya conocíamos, lo que hace que estemos solo reproduciendo variantes de las mismas imágenes.

Por ejemplo, ya es por muchos conocida la obra renacentista de Leonardo DaVinci conocida como La Gioconda (1503-1519), porque desde hace muchos años se ha reproducido en libros, álbumes, calendarios, así como ha sido utilizada en publicidad y otras propagandas, pero hoy en día también se han hecho múltiples variaciones, ya sea porque se trata de reproducir la escena pictórica en una fotografía o porque se modifica la imagen, se agrega un texto y así se convierte en un meme que ahora cuenta algo gracioso o sarcástico.

Hoy en día abrimos nuestro Instagram, red social destinada a compartir imágenes fijas o audiovisuales exclusivamente, o cualquier otra red social de Internet, y seguro veremos variaciones del mismo tipo de imagen como las foodies, fotografías de comida, o fotografías cenitales de los pies descalzos o con zapatos de quien toma la imagen, o alguna chica que va caminando y lleva la mano hacia atrás agarrando la mano de quien toma la foto, entre muchas otras, que seguro ya vienen a tu mente, como las selfies. Todas esas son creaciones repetitivas de un tipo de imagen que se pone de moda.

Por otro lado, tendríamos los memes, los cuales ya se comentaban antes con el ejemplo de La Mona Lisa. Los memes son el caso claro de la fragmentación, ya que pueden arrancar una escena, o incluso una parte más pequeña de esa escena y crearle diversas interpretaciones. Muchos ejemplos, seguro, ya vienen a nuestra cabeza; por mencionar algunos del año que concluyó, está la escena de Guillermo del Toro en conferencia de prensa contestando “Porque soy mexicano”, o doña Magda con su frase de “carísimo por cierto”, que sale de la serie de comedia mexicana “Vecinos”, o el gnomo de “oblígame prro”, que es extraído de una caricatura española de la década de 1980.

Por último, y lo que hoy en día es de mucho interés para los investigadores de las tecnologías de la información y comunicación, es lo referente a los algoritmos. Esos son una serie de instrucciones para la recolección de los datos que producimos al estar conectados a Internet (big data) y con ello generar información de salida, es decir, comenzamos a ver de manera más recurrente cosas que, de acuerdo con esos datos, los algoritmos detectan que son de nuestro interés.

Por lo tanto, se cierra el grifo de toda la información a la que podríamos acceder en la red de redes. Puede ser de nuestro interés ampliar nuestra cultura, visual o de cualquier otro tipo, pero el propio sistema de nuestros navegadores comenzará a limitar lo que vemos o lo que “descubrimos” en nuestras búsquedas. Eso, sumado a la repetición en la producción de las imágenes, nos lleva a vivir únicamente dentro de un fragmento o de algunos cuantos, si somos más curiosos, de la cultura visual existente.

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