Qué ocurre cuando el poder político actúa sin contrapesos, aparece entonces el culto a la personalidad, la invención de los héroes, los mitos, la abyección, el tlatoani todopoderoso. La democracia, señaló con inquietante sentido histórico Jorge Luis Borges, “es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan” y, como frío presagio advierte “una vez postulada la misión divina del héroe, es inevitable que lo juzguemos (y que él se juzgue) libre de obligaciones humanas… es inevitable también que todo aventurero político se crea un héroe y razone que sus propios desmanes son prueba fehaciente de lo que es”.

En América Latina, políticos como los hermanos Castro, Chávez, Maduro, Ortega, han personificado la (peor) regresión autoritaria. Las izquierdas populistas que esos esos personajes expresan han provocado incremento en la pobreza, retroceso en el acceso a los derechos sociales, escándalos de corrupción, violencia, inseguridad, lo han hecho con el apoyo de un aparato represivo que castiga o intimida a la ciudadanía, los medios informáticos y la oposición. Venezuela es testimonio explosivo de una realidad violenta y persecutoria, del uso abusivo de los medios por parte del presidente, las restricciones (o de plano supresión) de la libertad de expresión, la confusión entre partido, gobierno y líder y la profunda corrupción a través de los millones de petrodólares invertidos de forma partidista y populista. A manera de ejemplo: las exportaciones de petróleo en Venezuela para 1998 constituían 77 por ciento de la economía, para 2011 era 96. La deuda pública ascendía (1998) a 34 mil millones de dólares (mmdd), para 2011 se había incrementado a 150 mmdd. El gasto público (1998) era de 21 mmdd, ascendió (2011) a 115 mmdd. En el primer año referido los asesinatos ascendían a 3 mil 200, para el segundo año referido habían alcanzado la cifra de 17 mil 900.

En medio de esa dolorosa y desoladora oscuridad aparece Franklin Brito, un hombre tenaz, que se rehúsa a hundirse en la niebla chavista, sabe que la fatalidad es también un regalo, toda destrucción de un momento vale por ese instante donde se descubre el camino que se abre para siempre: la esperanza, las azules nubes de la cúspide, los ideales que son estrellas silenciosas.

Brito, un productor agrícola, biólogo y profesor en la escuela del pueblo, obtuvo 290 hectáreas que le vendió el Estado, en el municipio de Sucre de Bolívar. Junto a su esposa Elena y sus tres hijos, consigue ser un exitoso productor. Sus cultivos (sandía, papaya, ñame) enfrentan la presencia de un hongo, conocedor del tema, propone el uso de semillas resistentes a ese hongo. Lo que ese agricultor no sabía era que la alcaldía pretendía resolver el problema de la enfermedad usando agroquímicos; el biólogo y ambientalista rechaza esa solución. Esa determinación le costará ser despedido de su empleo como profesor. Pocos días después la propiedad de la familia Brito fue invadida por supuestos agricultores bajo el argumento jurídico de las llamadas cartas agrarias que autorizan a las “familias campesinas” a ocupar las tierras que son propiedad del Estado. Franklin el ecologista, el hombre que amaba la tierra porque lo cubría con su ala blanca, mientras el mundo de abajo, dormido llegaba hasta el borde del mar, el biólogo inicia una huelga de hambre, enfrentará al poder autoritario, como ave frágil, con su propia vida. En medio de la precariedad extrema la familia acepta la propuesta oficial: una indemnización, el precio: la exigencia de firmar una acta en la que dejara constancia de que la invasión nunca había sucedido y que el Instituto Nacional de Tierras jamás había otorgado las cartas agrarias. Franklin se negó terminantemente a firmar esa mentira. Su respuesta fue una larga huelga de hambre, la del hombre y su dignidad, el hombre de fe, de convicciones que no renuncia a ser quien quiere ser. “¡Miranda preferiría siempre a Ariel; Miranda es la gracia del espíritu; y todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y de tocinos no bastarán para que mi alma latina se prostituya a Calibán!” (Rubén Darío, abordando poéticamente la obra del filósofo José Enrique Rodó Ariel).

Después de una larga agonía, Franklin Brito murió en agosto de 2010. Fue el primer muerto por huelga de hambre en la historia de Venezuela. La oposición de ese país tardó en entender la magnitud del caso, ese que revela los males de las sociedades en las que los poderes públicos actúan sin contrapesos, sin frenos, sin restricciones.

Comentarios