La pobreza es un grave problema social que nos acompaña desde los tiempos de la Colonia; para el siglo XIX, esta se explicaba a partir de causas meramente individuales, sin embargo, a principios del siglo XX hubo un cambio de paradigma y se comenzó a definir a partir de factores multicausales. Los estudiosos de esa época reconocieron que los pobres estaban determinados por el sistema económico y que las oportunidades para integrarse a los mercados laborales estaban limitadas por estigmas, valores morales y prejuicios que sostenían ciertas ideologías. La percepción y los valores alrededor de ella han ido cambiando. Desde 1970, a la fecha, los esfuerzos del gobierno se han dirigido a incorporar a la población que carece de seguridad social. Con más de 50 millones de pobres, las políticas asistencialistas, corporativas y clientelares no han resultado exitosas, sin embargo, también sería incorrecto concluir que en 100 años no se ha avanzado.
Un primer elemento que puede articular la lucha contra la pobreza y la desigualdad es reconocer que las políticas públicas impulsadas desde la década de 1970, no solo han sido insuficientes, sino también cortoplacistas, inmediatistas, clientelares y, sobre todo, incapaces de sentar las bases que permitan hacer productivos a los pobres, un tema que, por supuesto, está íntimamente vinculado con la educación. Otro elemento explicativo y operativo fundamental es resolver la paradoja riqueza-desigualdad; somos un país con abundantes recursos naturales, el petróleo es una prueba de ello, sin embargo existe una enorme desigualdad en la forma en cómo se distribuye la riqueza, sirva de ejemplo lo que ha señalado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), quien ha documentado que los ingresos que obtiene 10 por ciento de la población más rica son 29 veces mayor a la que recibe el mismo porcentaje de la población más pobre. Esa lamentable y preocupante desigualdad ha permitido que México cuente con el hombre más rico (o uno de los más ricos) del mundo; mientras que 11.4 millones de mexicanos (sobre)viven en la pobreza extrema.
La pobreza y desigualdad, como la caja de Pandora, son acompañados de muchos más males, uno más, el débil Estado de Derecho que hoy vivimos; dolorosa realidad que padecemos y podemos constatar permanentemente por la cantidad de personas jóvenes que mueren violentamente todos los días. Esa problemática nos pone frente a una condición indispensable, discutir con inteligencia, firmeza y capacidad (auto)crítica cuál es el cambio de rumbo que el país requiere, qué acciones se deben instrumentar para recuperar la equidad, el desarrollo económico, armónico y sustentable. La pobreza, la desigualdad, su enfoque, discusión y estrategias puntuales deben ser diseccionadas y analizadas desde la libertad conceptual y pensante que la autonomía universitaria otorga; el rigor académico y la capacidad analítica que ahí habita, permite que el conocimiento colectivo que vive nuestra institución se constituya como un actor social pensante que ayude a construir un cambio de rumbo y un nuevo espíritu en torno a esa agenda social. De su solución inteligente y audaz depende nuestro tránsito a la modernidad. El otro actor indispensable en la puesta en marcha de políticas transexenales es la sociedad abierta, esa que existe a partir de una esfera pública vigorosa y autónoma en la cual confluyan las ideas e intereses de la sociedad civil, en términos de Jürgen Habermas, “una de las tareas históricas de la esfera pública es monitorear al Estado”.

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