Podría decirse que en esta cruzada contra el huachicol podemos identificar claramente dos bandos: quienes apoyan la estrategia del presidente Andrés Manuel López Obrador y quienes la reprueban por considerar que no tiene ni pies ni cabeza. Aún no existen cifras contundentes que nos digan que está funcionando (entendemos que este lunes dará algunas), pero sí podemos percibir los efectos de este cambio radical en la distribución del combustible. Las ya cotidianas e interminables filas en las gasolineras y las calles vacías son las más visibles. Pero conforme pasen los días irán apareciendo otras que afectarán aún más la vida cotidiana de la ciudadanía. Hasta ahora los más perjudicados son quienes poseen un vehículo automotor, quienes han tenido que reducir su uso o de plano cancelarlo hasta que se regularice el suministro de combustible. Pero esta semana, si persiste la escasez, comenzaremos a ver otros efectos que tocarán no solamente a quienes poseen un auto, sino a toda la población. En Pachuca, por ejemplo, este lunes se prevé que el transporte público sea reducido a la mitad, según el líder de transportistas Oscar Monzalvo Destunis, lo cual escalará la molestia de la ciudadanía que no podrá llegar a tiempo a sus destinos. También podría empezar el desabasto de productos y después la tan temida escalada de precios, inherente a cualquier mercado donde empieza a haber escasez de bienes y servicios. Paciencia, nos pide el presidente López Obrador y otros funcionarios. Y la respuesta es: sí, pero ¿hasta cuándo? De filón. El hecho de que haya muerto una persona durante un operativo federal en Tula abre otro foco rojo en torno a la lucha contra el huachicol.

Comentarios