Fue violada y el MP la culpó; su refugio, las drogas

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La llamaremos Lucía, se ha enamorado de Erik, tres años mayor que ella. Los embrujos del amor juvenil la llevaron por caminos que desearía olvidar

Francisco I Madero.- La llamaremos Lucía, para proteger su verdadera identidad. Se ha enamorado de Erik, tres años mayor que ella. Los embrujos del amor juvenil la llevaron por caminos que desearía olvidar, pero el daño está hecho. Tarde que temprano, los abusos y excesos llegan.

Transcurría el verano del año 2000 en Juan Tepa. Largas columnas de pinos de más de 20 metros de altura dan la bienvenida a la pequeña localidad, cuna del buen futbol amateur y maestros formados en las antiguas aulas de El Mexe.

Lucía nació hace dos décadas en el seno de una familia católica-mormona, sus principios morales desde entonces estaban marcados. Pero la vida cambia y nos lleva por caminos contrarios a las rigurosas normas sociales.

En la preparatoria Ricardo Flores Magón, municipio de Francisco I Madero, ella amplió sus conocimientos no solo sobre raíces cuadradas o los misterios del Universo, también saboreó el desamor, las traiciones de los amigos, los estigmas sociales y las injusticias del sistema penal.

Era diciembre de 2015, una posada juvenil se convirtió en la aberrante experiencia que marcaría su destino. Lucía, con 15 años cumplidos, fue violada. Los fantasmas de esa malsana conducta de Erik la persiguen hasta ahora.

Actualmente es madre soltera. Su pequeño Jair fue producto de otro amor juvenil. El “chaparro”, como le llama de cariño, es su más grande razón para eludir las drogas.

“Me costó bastante salir de las adicciones, las dejé de consumir después de que supe que estaba embarazada. Después de la violación el ginecólogo me dijo que quedaría estéril, después supe que no y no quise perder la oportunidad de ser madre.”

  • ¿Qué consumías?

“Alcohol, tabaco, mariguana y cocaína”, responde sin miedo, cara a cara, Lucía que ahora lleva 14 meses “limpia”.

  • ¿Cómo empezó esta historia de adicciones?

“Inicié a los 15 años, después de una violación (sexual) entré en depresión y me alojé en las drogas. Tuve un sentimiento de culpa muy grande. Soy miembro de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y decía ‘por qué a mí’, si yo cumplo con todas las normas.”

El primer acercamiento de la Güera, como le llama de cariño su familia, con las sustancias fue a través del alcohol. “Pensé, si todos lo hacen porque yo no. Empecé a beber con mis compañeros y me di cuenta que el dolor que sentía se me olvidaba un poquito”.

Relata con sentida tristeza que una vez iniciada su vida sexual veía en su pareja a su agresor. “Cada que tenía relaciones lo hacía bajo el efecto del alcohol para no pensar lo que me había sucedido”.

Corrían los últimos meses en la preparatoria. Para entonces, el daño estaba hecho. Lucía gozaba el acompañamiento de sus amistades bajo el yugo del sufrimiento. La adicción escaló. “Decidí empezar a fumar la mariguana con amigos.

“Cuando ingresé a la universidad comencé a fumar tabaco, sostenía la ansiedad de abstinencia al alcohol con una cajetilla diaria de cigarros. A escondidas de mis padres, donde rentaba en Pachuca consumía sin parar.”

La rehabilitación contra las adicciones llegó en enero de 2018. Lo logró. Pero la recaída llegó en menos de lo esperado, el panorama se ensombreció para la joven de piel blanca cuando por fin logró su ingreso a la universidad.

  • ¿En qué momento te diste cuenta que habías sobrepasado los límites?

“Acababa de cumplir los 18 años, estaba con mi familia y no tenía tiempo ni espacio para consumir. Como no quedé en la universidad no tenía pretextos para salir. Fue cuando empecé a tener la necesidad de consumir.”

  • ¿Cómo fue tu primer acercamiento con las drogas?

“Salía con un chico, quien me invitó a fumar mariguana. El tabaco fue en la universidad cuando intenté dejar el alcohol y la cocaína vino al recaer en el alcohol. En las fiestas, el alcohol ya no tenía el mismo efecto en mí, entonces me propusieron probar la coca ‘para aguantar la fiesta’.”

  • ¿Cómo era tu vida antes de probar los estupefacientes, en un contexto social donde los problemas son difíciles de ocultar?

“Siempre era la primera en las clases, la que destacaba en la escuela. Era la niña obediente en mi casa, asistía todos los domingos a las reuniones de la Iglesia. Estaba siempre muy cerca de mi familia. Era muy tranquila, no me imaginé que terminaría consumiendo.”

Lucía es la tercera de cuatro hermanos, dos mujeres y el menor José Luis. Su madre, dedicada al hogar, y su padre Ernesto, profesor desde hace de 35 años. A consecuencia de las drogas, la relación con todos ellos se rompió. Hoy ha vuelto al hogar, las necesidades sanitarias lo ameritan.

  • ¿Quién fue tu primer contacto cuando decidiste dejar las sustancias?

“La primera vez le pedí ayuda a mi mamá, pero ellos (su familia) no supieron que recaí. En la universidad le dije a mi novio que necesitaba ir a alcohólicos anónimos, ‘he vuelto a recaer’. Pero dejé todo cuando supe que estaba embarazada.”

La presencia de Jair significa un antes y un después en la vida de Lucía. “Después de la violación fui con varios médicos que me dijeron lo mismo: ‘No vas a poder tener hijos’. Eso me deprimió. Cuando por fin supe que estaba embarazada dije ‘voy hacer todo lo posible para que se logre’. Posterior a ello, he tenido ganas de consumir, pero sé que lo dañaría”.

No duda en afirmar que es la consentida de Ernesto, su padre. Lorena, su madre, por el contrario, la califica como conservadora. “Decirle que recaí sé que la decepcionaría y por eso es más distante mi relación con ella”.

  • ¿Cómo ocultabas tu consumo viviendo en casa?

“Me encerraba en mi cuarto y fingía que estaba durmiendo para que no se dieran cuenta de mi consumo. Cuando me fui a Pachuca era más fácil porque vivía sola, pero regresaba el fin de semana y esos dos días de estar con ellos, sin consumir nada, mi mente estaba en otro lado.”

  • ¿Cómo financiabas la adicción?

“El alcohol con dinero que me daban mis padres, la droga me la regalaban mis amistades. Todos los días consumía alcohol, aunque fuera una pequeña cantidad. Tenía un amigo que fumaba mariguana y también la consumía diario. El tabaco lo fumaba hasta una cajetilla diaria.”

  • ¿Qué perdiste en este periodo de dependencia?

“La cercanía, la comunicación con mi familia, algunas amistades y mi matrimonio. Él (su pareja) también ingería tabaco en exceso y eso nos llevó a tener discusiones cuando intenté alejarme de las adicciones.”

Entre su maraña de problemas, Lucía tiene un motor que hizo que evitara la rehabilitación por medio de profesionales. Voluntad propia pura. El rostro de Jair, su pequeño de medio año, le recuerda todos los días que las drogas matan no solo en lo físico, también en lo emocional.

Reconoce que no ha sido fácil la abstinencia. Su reciente ruptura amorosa es factor que la empuja al alcohol, pero la lactancia materna es la barrera que frena por ahora la recaída. Lucía toma una pausa.

En seguida, una pregunta dura pero obligatoria que le provoca un silencio profundo: “¿Qué pasó con tu agresor?”; ella contesta: “Decidí no denunciar. Tenía una amistad con él en la preparatoria. Tuve un gran apoyo (de mi familia), se dieron cuenta de lo sucedido, me llevaron al médico y a levantar la denuncia, pero yo no quise continuar después de que una persona del Ministerio Público me dijo ‘como no querías que te hicieran algo si ibas vestida así’”. Un vestido arriba de la rodilla, explica con el rostro lleno de rabia.

  • El papel de la Iglesia

“Soy fiel creyente de Dios y para mí ha sido muy importante. Cuando me violaron me alejé de la Iglesia porque me sentía culpable. Pero afortunadamente recibí ayuda de amigos. Pienso que tener un hijo para mí es un milagro.”

El miedo es un sentimiento inherente al ser humano, para Lucía es un desafío no recaer. El consumo de alcohol le provocó un daño renal reversible. Lección aprendida, afirma.

“Sí, es un miedo de todos los días, (volver a las adicciones). Lo controlo con mi hijo, él es mi motivación. Lo veo y pienso: ‘No las necesitas (sustancias tóxicas), estás bien así, es por tu hijo’”. Se arenga ella sola.

Los sueños también son inherentes a las personas, para la joven madre de Jair su aspiración en la vida es convertirse en periodista. “Es algo por lo que lucho”.

El rostro de Lucía y el desencajo con el que cuenta su historia me induce a lazar una pregunta directa que provoca otro silencio profundo en ella.

  • ¿Eres feliz?

“De alguna manera sí, aún me estoy acoplando a la idea de que vamos a ser solo mi hijo y yo. Es algo que me entristece, pero mi hijo me hace muy feliz en este momento.”

De enero a septiembre del 2020 fueron interpuestas en Hidalgo 528 denuncias por presuntas violaciones sexuales, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

Para la Secretaría de Salud de Hidalgo (SSH), existe una serie de conductas que pueden advertir el consumo de sustancias tóxicas entre adolescentes, estas van desde pérdida de tiempo de estudio, irritabilidad, ansiedad o conductas agresivas.

Lucía admite que no sabe cómo esquivará las balas de la adicción una vez que regrese a Pachuca para sus clases presenciales, pues la venta de alimentos aderezados con droga dentro de su escuela es una preocupación que la consume.

La OMS señala que uno de cada cuatro adolescentes sufre trastornos de conducta relacionados con las adicciones. Entre las señales de alerta que pueden indicar esa problemática son:

Pérdida de tiempo de estudio, con o sin malos resultados académicos

Deterioro o menor dedicación a las relaciones interpersonales y a otras actividades de ocio

Incremento de las conductas que implican agresividad

Sufrimiento de ansiedad, irritabilidad, incluso malestar físico en caso de no poder utilizar el objeto de la adicción

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