Gabriel García Márquez y el temor de hablar en público

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HOMBRE

Yo no vengo a decir un discurso es, tal vez, uno de los libros menos conocidos de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura.
Es en cierta forma, una compilación de textos del colombiano con la intención de ser leídos por él en diversos foros. Es un recorrido por su vida, desde el primero que escribe a los 17 años para despedir a sus compañeros del curso superior en Zipaquirá, en el ya muy lejano 17 de noviembre de 1944, hasta el muy significativo ante las academias de la lengua y los reyes de España al cumplir 80 años.

Hombre de prosa directa, nada afectada, y que dejó su huella como periodista para después situarse entre los grandes autores de la literatura universal, cita su punto de vista sobre intervenciones en público.
“¿Qué hago yo encaramado en esta percha de honor?, yo que siempre he considerado los discursos como el más terrorífico de los compromisos humanos.”
Otro ejemplo de su natural desparpajo es lo que dijo en Caracas, Venezuela: “Primero que todo, perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo”.

Y ahondó: “Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué me diera una pulmonía, fui con el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal”.
De México hay un apunte, el 22 de octubre de 1982.

“Recibo la orden del Águila Azteca con dos sentimientos que no suelen andar juntos: el orgullo y la gratitud. Se formaliza de este modo el vínculo entrañable que mi esposa y yo hemos establecido con este país que escogimos para vivir desde hace más de 20 años. Aquí han crecido mis hijos, aquí he escrito mis libros, aquí he sembrado mis árboles.”
Y como epílogo de conceptos tan reconfortantes. Su comentario sobre el periodismo. Eso ocurrió en Los Ángeles, California, Estados Unidos.

“A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo, y la respuesta fue terminante: ‘Los periodistas no son artistas’. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario. Lo malo, es que los estudiantes y muchos maestros no lo saben o no lo creen.”
Con el genial autor de Cien años de soledad se concluye que escribir con sencillez es lo más elegante. Y como enseñanza, a todos nos dirige en esa dirección, aunque muchos no lo podamos lograr a cabalidad.

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