Durante los primeros días de enero de 2017, gran parte del territorio nacional se cubrió de protestas en contra de la liberalización del precio de los hidrocarburos. Los medios masivos de comunicación pusieron al gasolinazo como el tema de la agenda pública por varias semanas.
La generalización de las inconformidades, por un momento, insinuó las condiciones objetivas y subjetivas para un verdadero cambio de fondo en el país. La sociedad mexicana daba indicios de una macroorganización que aglutinaba las inconformidades de las mayorías en contra del poder político en turno. No ocurrió nada.
La preponderante clase política y económica de México demostró que su curva de aprendizaje se había sofisticado a lo largo del tiempo y que los mecanismos para el ejercicio del poder y control social estaban prestos frente a cualquier eventualidad. El miedo y su expresión extrema encarnada en la psicosis colectiva, inmovilizó el descontento social y canceló la posibilidad de cambiar el statu quo utilizando al miedo mismo como una estrategia permanente.
La geopolítica del miedo y la configuración de cuerpos dóciles

“Amigas por favor no salgan de sus casas, andan saqueando casas, ya vienen, andan en la Morelos, vienen del Horno, vienen quemando casas, vienen haciendo despapayes, ahorita ya están en la colonia Veracruz, por favor cierren sus casas, no se expongan, por favor, cuídense mucho”. Varios mensajes de voz en Whatsapp con este tipo de contenido fueron distribuidos en todo el país en lo más álgido de la protesta.
No fueron mensajes ingenuos, iban acompañados de una lógica geopolítica bien definida cuyo objetivo era generar miedo y terror diseñados por expertos en contrainteligencia. No hay duda que estos mensajes fueron parte de un plan integral que contenía elementos de geografía, psicología de masas y visualización de escenarios prospectivos.
Para cada región se generó un mensaje lógico y congruente territorialmente, acompañado de mecanismos para la interiorización del miedo generalizado. Para muestra un botón: las tres localidades mencionadas en el mensaje de voz arriba señalado se refería al corredor hidalguense Francisco I Madero-Mixquiahuala en el Valle del Mezquital. Esta narración geográfica y ordenada se reforzó con los mensajes en altavoz de los “voceros del terror”, jóvenes motociclistas contratados para alertar a los pueblos sobre supuestos saqueos en las comunidades. Para concretar la estocada de la inmovilización, los medios masivos de comunicación hicieron lo suyo al construir la parafernalia del caos y exhibiendo el mensaje que el poder quería transmitir: es mejor no protestar.
La vacuna fue inoculada. Comunidades urbanas y rurales se acuartelaron, bloquearon accesos principales y veredas para “autoprotegerse” del fantasma del saqueo y la violencia. Compras compulsivas, niños y mujeres en pánico, hombres armados para luchar con un enemigo sin rostro. Por varias noches el terror acompañó tristemente a nuestros pueblos; endebles ante los modos de operación del poder político, se develan sociedades disciplinadas y despolitizadas, conejillos de indias, sometidos al experimento social de las élites.
Con el pasar de los días el descontento social se desgastó, ahora los reflectores se enfocaron a la relación bilateral con los EU. El discurso antimexicano del presidente de los EU Donald Trump se erigió como el tema prioritario de la agenda de medios, donde ahora las élites económicas y políticas convocan a la protesta.
Las fuerzas progresistas del país, la sociedad civil, los académicos, los universitarios, todos debemos de estar atentos a los ejercicios del poder que buscan perpetuar el orden establecido; a nadie conviene la protesta a modo que exalta nuestro nacionalismo frente al enemigo externo, pero que se muestra acrítica frente al sistema de privilegios asociados a un sistema de violencia y corrupción que cuesta 23 por ciento del PIB de nuestro país.
La geopolítica de las resistencias está convocada a existir frente a la geopolítica del poder, el mundo es así, pero debiera ser de otro modo.

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