Dolores Medina*

Fuimos presentados una tarde soleada cuando ella volvía de la escuela. Cruzó la puerta con desgano: arrastraba los pies y aventó su mochila al sillón. Cuando fue consciente de mi presencia, lanzó un grito y corrió hacia mí. Me cargó y yo traté de retirarme su enmarañado cabello azul de los bigotes. Entonces, volvió a emitir chillantes exclamaciones de alegría. ¡Rayos!, casi ensordecí, quería que me devolviera al cojín del cual me había tomado, que me dejara tranquilo. Detrás de ella había entrado él.

Lo noté cuando pasó junto a nosotros, porque le dio una sonora palmada en la cabeza que la obligó a callar y a quedarse quieta. Para que volviera a moverse, apoyé mis patas delanteras en su pecho y le dije a maullidos que, si quería, podía abrazarme otro ratito, al fin que me gusta jugar con estambre verde, amarillo o azul.

Para convertirme oficialmente en su gato guardián, ella me puso a prueba. Sus retos favoritos eran los ejercicios de coordinación. Acariciaba mi pecho de gatito, y luego abría su mano frente a mi cara, entonces, yo tenía que extender mis patitas delanteras, como si abrazara el aire. Cada vez que yo hacía bien el ejercicio, ella pronunciaba una larga exclamación y ladeaba su cabeza. Un reto odioso que superé con dificultad, consistía en perseguir un punto de luz verde que aparecía en las paredes de su recámara. Me alegra que hayamos evolucionado hasta el punto donde estamos hoy, porque duermo en las mañanas y, por las noches, ya sin retos de coordinación, le ronroneo, la conforto y la resguardo de él.

Ahí están sobre el sillón, esperando en un rincón, arrimándose a nuestros pies cuando llegamos a casa, ronroneándonos sobre nuestro regazo. Son acompañantes silenciosos, saben de nuestras manías, cuando estamos de malas o andamos juguetones. Son limpios pero les disgusta mojarse. Casi levitan cuando caminan, elegantes, seguros de sí. Sobre esos seres misteriosos, de mirada penetrante y serena, trata este Maldito Vicio.

Acepto que este día no he tenido éxito. He permanecido gran parte de la tarde sentado a la orilla de su cama y todavía no me permite acercarme a ella. Quiero pedirle que hable con su dulce voz cantarina, que juegue, ¡que brille! Ha caído la noche, el momento en que puedo ver la luz que desprenden los vivos. Hoy su resplandor es tenue, apenas delinea su cuerpo. Estoy usando una técnica ineficiente para que regrese.

He tenido varias ocasiones para crear formas de sanarla. Una tarde, él la hizo quitarse de su lugar en la sala para conectar unos controles que manipula mientras grita frente a la televisión. Ella había vuelto a quedarse callada y quieta, como cuando nos conocimos.

Entonces me puse a jugar con una liga que usa para atarse el cabello: la apresaba con mis patas delanteras y luego la aventaba, para después perseguirla. La alegría le salía a carcajadas a la pequeña, que me premiaba rascándome detrás de la oreja. Cuando cayó la noche, pude ver los fulgores amarillo y azul que la contorneaban. No puedo permitir que esta noche termine sin que algo de ese brillo salga de ella, aunque por ahora, acostada como está, debo descartar los juegos con ligas: no tendrá energía para incorporarse a verme.

La luz que viene de él es verde, aunque no siempre tiene el mismo matiz: en nuestros peores días, es más oscuro. Cierta noche, cuando los focos de la casa estaban encendidos, ella jugaba a caminar sola por las sombras, como si las áreas iluminadas del suelo estuvieran prohibidas. Agazapado, yo miraba su cuerpo iridiscente danzar en las penumbras. De pronto, el hermano grande intervino. Su refulgencia mortecina verde militar se interpuso en la trayectoria ondulante que emanaba ella. La tomó por la espalda y la tiró a la región más luminosa del pasillo principal. Ella se apagó. Hecha un ovillo, permaneció unos instantes en el suelo, bajo la cascada artificial de luz que salía de las lámparas de techo. Entonces innové. Para sanarla, me paré en mis patas traseras y comencé a darle empujoncitos con las patas delanteras. Le di empujoncitos en las piernas, la espalda, cabeza y, al llegar a su regazo, me abrazó y me permitió ronronearle motivos para ponerse de pie. Hoy ya intenté ese método, pero no hay caso. Cuando le quedo a modo, alarga los brazos para alejarme. Por lo menos ya me deja estar más cerca de ella.

Esta tarde, ella extendió en la sala un tapete de plástico con cuatro líneas de colores: gris, azul, amarillo y verde. Le entregó una especie de reloj de manecillas a la señora que viene en las tardes para estar con nosotros. Ella (La señora) giraba la manecilla y decía alguna instrucción. Ambos niños colocaban una extremidad sobre uno de los círculos. Al rato, ya estaban los dos hermanos en cuatro patas torcidas. Era algo cómico de ver y parecía que ellos no lo pasaban mal, porque reían. Pero él no pudo mantener el equilibrio y se cayó. Ella, en cambio, aguantó firme y continuó riendo, incluso después de que él se levantara. Desde su posición segura, él tomó vuelo y le pateó un brazo, provocando que su cadera, codo y hombro se estrellaran contra el suelo. Ella no lloró. Ella nunca llora, solo se apaga, se queda quieta o, como sucedió esa tarde, se encerró en su recámara para restaurarse.

Ahora que limpio de mis garras algunos recuerdos de lo que pasó ese día, pienso que podría traerle un gurriato para animarla. Pero tendrá que ser por la mañana. Juntaré muchas ligas de colores a su cama y le acercaré croquetas, porque no quiso cenar.

Dormir junto a ella no será mala idea, tal vez le contagie las ganas de cerrar los ojos.

Ahora que la siento cerca, sé que está más tranquila. Estoy seguro de que su luz volverá a ser intensa, pero voy a cantarle una melodía en ronroneos para asegurarme de que así sea.

Ha llegado la mañana, no puedo ver otra luz que la del Sol. Escucho los pasos de él en la habitación contigua. Se aproxima a nuestra recámara. Yo me encaramo en el pecho de mi pequeña, él entra. Ella termina de despertar e intercambian palabras. Él se va. Ella me acaricia un poco. Se levanta y comienza a alistarse.

Mientras bostezo y me estiro, pienso que no saldré de cacería. Debo reservar energías y planear mejores estrategias, tengo que estar listo para cualquier tarde de en que ella necesite ser restaurada otra vez.

*Veterinaria. Le gustan los delfines y los gatos. Ha escrito en distintos blogs y medios impresos.

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