Mario Cruz Cruz,

Jesús Alfredo Benítez Serrano

El siglo XXI es testigo de la construcción de grandes proyectos de infraestructura logística estratégica, que deberían de traducirse como proyectos geopolíticos de largo aliento de los países que buscan arrebatar la hegemonía mundial a los Estados Unidos (EU); China y Rusia principalmente. Varios proyectos productivos y comerciales contemporáneos están bajo esa lógica de disputa hegemónica como la construcción del canal de Nicaragua en América Central, el One Road One Belt, proyecto apoyado por los países de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Asia y el Nort Stream 2 entre Alemania y Rusia.
A pesar de las críticas y sanciones hacía Rusia por parte de diversos países de la Unión Europea (UE) y los EU por sus acciones en la exrepública soviética de Ucrania, que motivó el referendo de Crimea en 2014 y participó en la guerra contra los yihadistas en Siria, nuevamente vuelve a llamar la atención la construcción del proyecto bilateral ruso-alemán Nord Stream 2, ejecutado por el consorcio Nord Stream y la paraestatal gasera rusa Gazprom, entre otras, que consiste en la instalación de una serie de gasoductos marítimos que buscan transportar gas natural de forma directa a través del mar Báltico, desde el puerto Ust-Luga en Rusia hasta Greifswald, situado en la parte norte de Alemania.
Este proyecto permitirá la diversificación de las rutas de abastecimiento de gas, mismo que terminarán en 2019 y, según diversas fuentes, tendrá una capacidad de transportar 55 mil millones de metros cúbicos anuales de gas: un asunto geoestratégico y geoeconómico extremadamente preocupante para los países productores y beneficiarios del hidrocarburo en esa región del mundo.

La vigencia del “hardpower” ruso

La decisión de construir el gasoducto ruso-alemán tiene diversas consideraciones geopolíticas que no se deberían obviar, una de ellas es la aplicación magistral del “hardpower” que Rusia implementa en la región y que es una lección para el mundo, particularmente para Ucrania, al quitarle el paso del gas por su territorio para trasladarlo directamente a Alemania.
Eso se traduce en la pérdida de ingresos, traducidos en 2 mil 700 millones de dólares cada año, según la embajadora de Estados Unidos en Ucrania Marie Yovanovitch, derivado de los aranceles no cobrados por el traslado del recurso energético en territorio ucraniano. Aunado a ello, se establece un estado de vulnerabilidad energética que sufrirá la República exsoviética al carecer de infraestructura estratégica que le posibilite la diversificación de sus importaciones de recursos energéticos, principalmente del gas natural.
Por su parte, en los países europeos, principalmente de Europa del este, hay diversas inquietudes causadas por el temor de las pérdidas económicas que ese proyecto podría causar. De igual modo, la UE enfrenta una serie de problemas políticos que han derivado en una fuerte propaganda antirusa difundida en los últimos meses, lo que pondrá a prueba una vez más la solidez de esa integración.
La hegemonía rusa cuenta con escuela de geopolítica de larga data y saben que una Europa dividida permitirá una mejor negociación que en el largo plazo le favorecerá, eso ya está sucediendo no solo en Europa sino en América Latina (véase el apoyo a Venezuela). Alemania favorece el Nord Stream 2, mientras que por otra parte Dinamarca, Polonia y Ucrania, junto con su “socio estratégico” los EU, buscan sanciones económicas y rematan con discursos de señalamiento político.
El liderazgo hegemónico estadunidense está siendo cuestionado en todo el orbe, sin embargo no hay indicios de un verdadero traslado del poder mundial. Los contrapesos, como en todo proceso social, son importantes, pero hay una gran posibilidad de una crisis que escale al plano militar, donde toda la humanidad está en riesgo. ¡Evitémoslo!

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