Hidalgo cuenta hoy con la cuarta mejor universidad del país, también considerada entre las mil mejores del mundo (Fuente: Times Higher Education). Ese extraordinario logro ha sido posible, en muy buena medida, gracias al valeroso espíritu, infatigable energía y la decidida defensa de las ideas, la razón y la dignidad que Gerardo Sosa ha hecho de la universidad de Hidalgo. Esta institución es espacio del libre pensamiento, quien haya impartido clase en este recinto o al menos, lo conozca, sabe que la universidad hidalguense es defensora irreductible de la reflexión y el diálogo; invita no excluye; discute no dogmatiza; propugna por la autonomía del ser humano, estimulando las ideas, la razón, la discusión y la libertad. El propósito central de ese organismo es constituirse en un instituto más justo, más incluyente, más universal. Con Sosa, la universidad transitó de la conciencia del fracaso, esta enfermedad que acecha, que aguarda la oportunidad para trastornar su marcha, a la cultura del diálogo civilizatorio y humanizante, que es la capacidad universitaria para crear, para imaginar, para alimentar el arte, la ciencia y la cultura. Este nuevo retrato, permitió insertarla en el mundo de la globalidad académica. Desde esa torre, la universidad sabe más, conoce más, indaga y explica mucho más. Desde sus aulas los académicos han podido liberar sus críticas y desacuerdos, su brújula personal, que siempre apunta hacia las direcciones conceptuales más diversas, es el camino necesario e ineludible hacia la libertad. Sin la universidad estaríamos frente a una lucha sin victoria ni esperanza.

Hoy los hidalguenses tenemos una universidad sólida, extensa, consolidada, que ha permitido (re)construir minuciosamente la trayectoria de vida de mujeres y hombres, estudiantes, que expresan las aspiraciones de transformación personal y social. Ese logro que es básico, pero no único, permite exorcizar a los jinetes del apocalipsis, esos fantasmas de la desgracia, que se alojan en la sociedad para provocar: pobreza, hambre, miseria, enfermedad, ignorancia; tragedias que impiden que los ciudadanos sean los dueños de su existencia.

En ese principio profundo, apareció la sensatez y la tenacidad de Gerardo Sosa, quien ha sido clave fundamental para aproximarse a la nueva universidad. Hoy este generoso y comprometido universitario es víctima de la infamia, la sin razón, el resentimiento, el rencor, la mentira y la traición. El proceso que se le ha seguido, ha estado plagado de irregularidades, hasta ahora, no se han presentado pruebas, solo rumores para desacreditar, para hacer propaganda, ese es el reino del terror, del capricho. Desde el poder se alienta juzgarlo en el patíbulo de la opinión pública ese que abre las puertas para su linchamiento. La justicia para serlo, debe privilegiar los derechos humanos que exigen la presunción de inocencia. Por supuesto que se debe combatir la corrupción, para lograrlo, el poder debe ceñirse a la ley, a la constitución, a las instituciones diseñadas para ello. Después de más de 15 meses de haber iniciado la acusación, la autoridad correspondiente no ha presentado ningún documento que pruebe algún delito. No se trata de hacer una campaña publicitaria contra un ciudadano, que ha sido un actor fundamental en la transformación universitaria, se trata de actuar con apego a ley y el derecho. A ese proceso José Woldenberg, lo denomina la lumpenización de la sociedad y la política” la noción de que la venganza es justicia, que la ley es prescindible, los derechos un estorbo y el capricho del poderoso es la auténtica constitución”.

Los años de Gerardo han sido indispensables para recorrer el mundo de los libros, las ideas y la razón. Pronto estará nuevamente con nosotros, como ave Fénix, para continuar defendiendo la historia universitaria.

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