¿Alguna vez les contaron de las sirenas?
Entre las leyendas que inundan los mares se cuenta que cuando los barcos navegaban por el rumbo del canal de la Mancha, a los oídos de los marinos les llegaban cantos románticos que les atraía irresistiblemente y los invitaban para continuar con la navegación y cruzar dicho canal, al hacerlo, aparecían numerosas mujeres de gran belleza, invitándolos para que las siguieran, algunos iban tras ellas lanzándose al agua; otros, que eran los menos, no lo hicieron y, ellos, los que consiguieron salvarse, relataron que sus compañeros se fueron a nado tras unas mujeres con la mitad del cuerpo de un pez. Y los que no lograron contar la leyenda, dieron su vida en pos de la aventura con la sirena.

Las sirenas como seres mitológicos han tenido fama de seducir perdidamente a los hombres; pero fuera de la fantasía y a lo largo de la historia han existido sirenas que han conquistado más que la libido de los hombres; han llegado para formar parte del mundo que ellos dominan, adquiriendo territorio, no solo en la sociedad, en ideas o las artes; en este caso específicamente, en los deportes y los mares.

Y en el ir y venir del agua, nos trajo a Gertrude Ederle, quien nació un 23 de octubre de 1905 en la ciudad de Nueva York, en el seno de una familia migrante de Alemania, ocupando el tercer lugar de seis hijos.

Gertrude fue reconocida en vida como una chica verdaderamente imponente, buena atleta, sería y apasionada, pero, ¿de dónde emergía su actitud tan imparable?, ¿su primer contacto con el agua cómo fue?
Una tarde en un viaje con sus padres cuando era chica, se le presentó un accidente que le cambiaría su vida y, sería su primer contacto con el agua, la que fue una experiencia nada agradable. Trudy (como la conocían en su familia) se encontraba caminando a la orilla de un lago en Alemania, cuando accidentalmente resbaló y cayó al agua sin saber nadar; al percatarse su familia, inmediatamente la rescataron salvándole la vida, fue una situación de riesgo total por su falta de conocimientos sobre la natación. De ese percance salió ilesa aparentemente, porque en su interior, algo había cambiado: su forma de pensar. A partir de ese momento se prometió a sí misma aprender a defenderse sola bajo el agua.

Posteriormente, volvió la familia de aquél viaje, donde se hizo el juramento interior de aprender a nadar. Y así fue, junto con sus cinco hermanos, que asistirían a clases de natación para aprender a nadar. Atados de la espalda y mientras su padre les daba instrucciones, ellos chapoteaban y se movían por el agua; de ahí en adelante sus ratos libres los utilizaba aprendiendo a nadar y poco a poco se fue volviendo a tiempo completo el aprendizaje de la natación.

Aún era niña y como al resto de los chicos de su edad, enfermó de sarampión, enfermedad que dejó a Trudy con problemas en el oído; por tal motivo la recomendación de su médico fue que se alejara del agua, pero ya era muy tarde para ello y una vez recuperada, entrenó con más entusiasmo.

Asistió para su entrenamiento en Womesn’s Swimming Association de Manhattan, reconocido en la década de 1920 como el lugar importante para mujeres, siendo un prestigioso centro de entrenamiento profesional.

Contando con solo 10 años de edad, atrajo la atención de las personas por su estilo profesional y al año siguiente, obtuvo el título en una competencia junior, organizada en Nueva York. Ella recorría en ese entonces hasta 800 metros y, mayor importancia da, el saber que esas marcas solo habían sido batidas por hombres, hasta antes de su llegada al agua y esas marcas las mantuvo al menos por cinco años consecutivos, en competencias nacionales e internacionales; cuando Ederle perdió el oído totalmente, siguió su entrenamiento de forma profesional; cabe reconocer que a pesar de su problema, no se detenía en absoluto.

Al llegar las Olimpiadas de 1924 en París, ella contaba con solo 15 años y, participó en representación de su país, obteniendo su primera medalla de oro en los 400 metros estilo libre por relevos, además de dos medallas de bronce en competencia individual de 100 y 400 metros pulverizando récords, por lo que la consideraron como la mejor nadadora del mundo de su época.

La trayectoria de Gertrude había sido bastante buena hasta entonces, lo que la motivó en 1925 a intentar cruzar por primera vez el canal de la Mancha y, comenzó la travesía nadando por alrededor de ocho horas y 43 minutos; su equipo se acerca y la toca para asegurarse de que sigue con vida, se dan cuenta que solo estaba descansando y, en automático, queda descalificada. Por ese hecho, inmediatamente fue criticada con fuerza, pero contrario a lo que se pensaría; resultó ser motor para que lo intentara con mayor fuerza y seguridad en su éxito un año después.

Por segunda ocasión, enfrentó cruzar el canal de la Mancha nadando en estilo crawl, pero, en esa ocasión batiendo record, utilizando un tiempo de 14 horas y 39 minutos. Fue una gran hazaña reconocida por todo el mundo, que siendo una mujer de apenas 19 años, atravesara a nado de Francia hasta Inglaterra en condiciones poco favorables, con lluvias y fuertes corrientes, y que además haya recorrido 24 kilómetros extras (de los 32 kilómetros que debían ser, terminó recorriendo 56), acto que al momento no se quiso reconocer, pero que, vuelven la experiencia como un acto verdaderamente impresionante (Fernández, 2018).

Sin embargo, un accidente en 1933 le cortó las aletas a la sirena del canal de la Mancha; rodando en picada unas escaleras, ocasionándole lesiones en la espalda que la exiliaron del agua; vivió con nostalgia por volver a nadar. No se casó nunca y se dedicó a impartir clases de natación a los niños de una escuela de sordos en Nueva York.

Finalmente, a los 98 años, un 30 de noviembre de 2003 en Nueva Jersey, Gertrudy Ederle solo nos dejó su recuerdo para la historia, como la reina de los mares. “Miss Ederle, la sirena”
Honores, reconocimientos y homenajes recibió en vida, su nombre será recordado en la historia. “Se decía que las mujeres jamás podrían atravesar a nado el canal, pero la obstinada Gertrude se encargó de demostrar que no hay nada imposible”.

“No tengo quejas. Estoy contenta y satisfecha. No soy una persona que persigue la Luna si tiene a su alcance las estrellas.”

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