Gibrán Ramírez irrumpió en la política nacional como parte del oleaje ascendente del obradorismo que ahora se ha colocado en la cima del poder en México. El cuidado de sus habilidades personales, su indiscutible papel en los medios tradicionales y en las redes sociales durante la campaña ganadora de AMLO y una estrategia orientada a posicionarse en la opinión pública, lo han llevado a desarrollar una carrera política que súbitamente lo han colocado como una figura indiscutible (y discutible) de la vida política nacional como parte de este instituto político que aspira ahora a dirigir.

Pero Gibrán tiene una peculiaridad que, independientemente de sus intenciones el tema tiene implicaciones que tocan al México profundo y la manera en cómo nuestro subconsciente registra, guarda y hace notorias las conmociones sociales que reservamos, o nos hacen interiorizar, de nuestro pasado y que siempre es presente proyectado hacia el futuro por nuestro hacer. Podría haber pasado desapercibido pero desde el viernes que llegó a la mañanera, a pregunta de un reportero sobre presuntos malos manejos de Gibrán, AMLO demandó el esclarecimiento de su estancia como funcionario del CISS del IMSS a donde llegó de la mano del expanista Germán Martínez.

De pronto, me llamó la atención que Gibrán aparece en medios como la televisión junto a especialistas, escribiendo en algún medio regional o nacional y en las redes sociales. Se distingue porque aparte de contar con un conocimiento básico del saber académico, de representar a una corriente del obradorismo también lo acompaña cierta virtud por la polémica y aplomo para responder y cuestionar. Es probable que parte de esto último tenga que ver con el hecho de que es hijo de profesor. Pero sobre todo, sin duda, el pertenecer a la ola del obradorismo que logró desplazar al neoliberalismo del poder es un asunto que marca cuando se sabe difundir sus propósitos.

Claro que para posicionarse políticamente a través de los medios se requiere contar con la intención de hacerlo, así como de poseer ciertos fundamentos de los que ya hablamos, acompañados de los recursos económicos que son parte de los cuestionamientos que le han hecho. Sin pertenecer a los estratos sociales como el que acompañó al mejor presidente de México (a decir de López Obrador), como Benito Juárez (que con el lenguaje clasificante de ahora diríamos que vivía en pobreza extrema y con hambre), Gibrán tiene su origen social en segmentos si no de la clase media si de núcleo con cierta estabilidad. Tal vez una rayita debajo de la clase media.

Lo que me empezó a llamar la atención es que, como él mismo dice por “mi figura” (no siempre lo complementa pero que registra nuestras raíces prehispánicas), su imagen me remitió de inmediato a una increíble y positiva ruptura con la mestizocracia y pigmentocracia política y de los partidos políticos tradicionales de izquierda o de derecha que han conformado una especie de casta dorada pagada por el Estado (lo que explica parte del conservadurismo del que habla Obrador, porque detrás de todo conservador no existe únicamente ideología sino intereses económicos de diversa índole) desde la reforma política hasta nuestros días.

Reafirmo, aparte de posicionarse en los medios y al interior del obradorismo tanto del partido como de la masa social que le sigue, sin duda que Gibrán representa una especie de ruptura con un tema que está presente en el imaginario colectivo: que una persona con rasgos étnicos irrumpa en un escenario dominado por lo que se ha dado en llamar el mestizaje o en su forma más general político contextual de una sociedad pigmentocrática (con respecto a este último concepto ver a Darío Hernán Vásquez Padilla, en: http://www.scielo.org.co/pdf/soec/n36/1657-6357-soec-36-00008.pdf). Esto fue un hit de Gibrán tal vez sin proponérselo, en el contexto actual lo conectó con ese imaginario social que un contexto como el obradorismo y sus cualidades, lo han catapultado a la fama política, que a todas luces también es fue un propósito propio, según deduzco.

Tanto los poderes institucionales como el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, son una muestra de la existencia de la mestizocracia y de la pigmentocracia, ocultado por una reforma que ha reconocido el carácter pluricultural de la Nación, pero que como ocurre comúnmente con el Derecho, se trata de un reconocimiento ante la ley en tanto en la realidad persisten las desigualdades. Que la ley da la oportunidad para que en el campo social se expresen los cambios que implican ajustarse a los rasgos igualitarios de la ley, es un cuento que Sísifo conoce muy bien: la roca regresa a su lugar cada vez que es llevada a la cima, y esto puede durar siglos o por siempre.

En una sociedad racista como la nuestra se hace viral en las redes que una empleada doméstica ante la muerte de su empleadora se hubiese querido quedar con la casa. Se olvida el poder que un segmento social ejerce en la vida pública y que eleva al poder a los de piel blanca y desplaza a los demás. No existe en la historia de la democracia mexicana, un partido que haya sido dirigido por representantes de núcleos sociales que provengan de los grupos étnicos. Ni siquiera los viejos partidos de corte comunista o socialista, pero también de izquierda en general o de la derecha. Se dirá que es un asunto que tiene que ver con el hecho de que las luchas sociales no han elevado al rango de líder a un miembro de estas comunidades, pero, ¿por qué no existe como en el caso del género criterio de paridad con respecto a la población mestiza o de tez blanca? De los “morenos” solamente las siglas del partido Morena, que tal vez más bien hagan referencia al imaginario guadalupano que un rechazo a la pigmentocracia. Esta ruptura es la que me pareció y parece ver con el caso Gibrán. Ahora bien, que las raíces se encuentren en grupos mesoamericanos igual no implica poseer algún tipo de pureza, también en la comunidad se dan relaciones de poder, por supuesto. Grupos y comunidades han sido aculturizados por occidente. El modelo comunitario no es un modelo inmune a lo que ocurre a su alrededor. Igual sus miembros, más los alejados de vivir en la comunidad han pasado por procesos de aculturación y la imagen es lo único que queda.

Gibrán tiene una deuda pendiente de la que sinceramente deseamos que salga bien librado por el bien de la política mexicana. Tiene una deuda pendiente porque los datos que ha utilizado Hernán Gómez Bruera (El Heraldo del 8 de septiembre) en su contra, no han sido suficientemente aclarados por él. Ha dicho que a Hernán Gómez de seguro alguien le paga para golpearlo; también que todas las cuentas de la CISS donde trabaja están avaladas por los organismos internacionales.

Por lo aquí dicho, ojalá salga airoso y que la mañanera no sea el fin de su prometedora carrera.

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