La noche del 15 de julio las calles de Estambul y Ankara fueron ocupadas por militares que mediante un golpe de Estado pretendían derrocar al presidente Recep Tayyip Erdogan; una asonada a todas luces orquestada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Estados Unidos y las potencias europeas. En Estambul, los golpistas lograron tomar el aeropuerto internacional, la televisión pública y los dos puentes sobre el Bósforo; en Ankara, el palacio de gobierno. Mas para su sorpresa ocurrió que, acudiendo al llamado de Erdogan, multitudes de ciudadanos salieron a las calles a enfrentar a contingentes y vehículos militares, logrando frustrar el golpe; con toda probabilidad no solo salieron sus correligionarios, sino fuerzas de izquierda partidarias de una política más independiente. Que las personas tomen la calle y frenen un golpe es altamente significativo: es el pueblo deteniendo los tanques, mostrando la fuerza política que adquiere cuando se moviliza. Ciertamente fue también decisiva la lealtad del grueso del Ejército y sus mandos superiores.
La respuesta de Erdogan ha sido una drástica depuración del Ejército y la alta burocracia: más de 7 mil arrestados, altos mandos castrenses destituidos y 2 mil 745 jueces cesados. Y aquí se deja ver el apoyo externo al golpe. “(El golpe) no puede convertirse en un cheque en blanco para Erdogan”, advirtió el ministro de Exteriores francés. El secretario de Estado norteamericano John Kerry precisó a su vez: “Hemos instado (a los turcos) a no llegar tan lejos como para crear dudas sobre su compromiso con el proceso democrático”. El presidente Barack Obama había llamado antes a la contención a los dirigentes turcos. El ministro alemán de Justicia Heiko Maas advirtió por su parte contra una venganza arbitraria tras la asonada en Turquía. Más aún. Durante el golpe, cuando Erdogan voló a Alemania en busca de asilo, este le fue denegado; en contraste, el vocero del Kremlin declaró que sería considerada una petición en ese sentido. Finalmente, fue en el vecino Irán (aliado estratégico de Rusia) donde encontró cobijo por unas horas para luego regresar a Turquía.
Para contextualizar el hecho, recordemos que Turquía ha sido aliado tradicional de Occidente; fue utilizado en la Guerra de Crimea, contra Rusia. Es parte de la OTAN y con Estados Unidos tiene una alianza estratégica desde la segunda Guerra Mundial, que incluye el uso de bases militares, como la de Incirlik, y la instalación de misiles contra la URSS; apoya a Israel y se solidarizó con la invasión de Irak en 2003. Ha respaldado al Estado Islámico comprándole petróleo robado, facilitando el trasiego de pertrechos militares y el paso de yihadistas por su frontera con Siria, brindándole servicios de inteligencia y apoyo logístico disfrazado de “humanitario”; ha ayudado a formar y entrenar grupos armados opositores al régimen sirio. Pero entonces, ¿cómo explicar el deterioro de esas relaciones y el reciente golpe?
La causa es que Turquía ha tomado algunas acciones de alejamiento, difícil saber si de manera más o menos definitiva o solamente coyuntural, considerando la larga historia referida. Por ejemplo, el ministro de Exteriores declaró que ofrecerá a Rusia usar la base aérea de Incirlik para sus operaciones en Siria: “Vamos a cooperar con cualquiera que se oponga al Estado Islámico; hemos abierto la base de Incirlik para aquellos que deseen participar. ¿Por qué no deberíamos cooperar también con Rusia?” (RT, 4 de julio). En igual sentido, el primer ministro turco Binali Yildirim declaró: “Es nuestro mayor e irrevocable objetivo: el desarrollo de las buenas relaciones con Siria e Irak…” (Reuters). “Normalizamos las relaciones con Rusia e Israel. Estoy seguro de que vamos a normalizar las relaciones con Siria” (RT, Reuters, 13 de julio). Se comprende así que los golpistas incluyeran en su proclama “mantener el curso de las relaciones internacionales”, léase alineamiento, con la OTAN.
Además, las relaciones con la UE se deterioran por la crisis migratoria, cuyo peso recae todo en Turquía, que solicitó desde 2005 su ingreso a la UE, sin ser admitida, y ahora guarda prudente distancia de un proyecto que hace agua por todos lados, económica, política y militarmente, el Brexit, por ejemplo. El representante de Rusia ante la UE Vladímir Chizhov dijo: “…los problemas de Turquía con la UE se convirtieron en uno de los motivos de los recientes pasos de Ankara hacia un acercamiento con Moscú” (Sputnik, RIA Novosti). Y así es. Erdogan ha planteado que: “Actuaremos como los británicos. Organizaremos un referéndum y preguntaremos si tenemos que continuar con las negociaciones sobre el ingreso en la UE” (Sputnik, 23 de junio de 2016). Y de Estados Unidos, ha dejado entrever que intervino en el golpe; El País, 18 de julio dice: “Al gobierno de Barack Obama no le han gustado nada las insinuaciones desde Ankara de que Washington podría haber estado de alguna forma detrás de la intentona golpista, y así se lo hizo saber el secretario de Estado John Kerry a su par turco. Este tipo de alegatos, sostuvo Kerry la noche del sábado, son totalmente dañinos para una relación bilateral necesaria…”. Pero la acusación turca encuentra también sustento en la negativa del gobierno americano a extraditar a Fethullah Gülen, líder golpista, según Erdogan. Además, la participación de Turquía en la coalición de Estados Unidos que bombardea posiciones del EI en Irak y Siria, le implica un alto riesgo de represalias terroristas, y seguramente aprecia la poca capacidad de respuesta de sus aliados, que contrasta con la eficacia mostrada por Rusia; en fin, el separatismo kurdo amenaza su integridad territorial, favorecido por el conflicto en Irak y Siria. Todas estas circunstancias le hacen reconocer la necesidad de buscar apoyos más seguros.
Más atractivo resulta rehacer la relación con Rusia. En enero de 2015 Putin y Erdogan habían acordado construir conjuntamente el gasoducto South Stream en territorio de Turquía, convirtiendo al país en el gran socio en el mercado del gas. Pero vino el derribo del avión ruso en noviembre; el Kremlin canceló el proyecto y aplicó a Turquía severas sanciones económicas; el 27 de junio Erdogan se disculpó y expresó su voluntad de resarcir el daño. Hubo luego comunicación personal entre ambos líderes y Putin giró órdenes para reanudar relaciones y desarrollar la cooperación binacional, derivándose de ahí una serie de pasos hacia el acercamiento: el 3 de julio, el canciller turco declaró que ambos presidentes se reunirán en julio o principios de agosto (TRT). Turquía busca así otro objetivo: recuperar su desmejorada economía, muy dependiente del turismo, principalmente ruso (4.4 millones de visitantes al año), reducido casi a cero por las sanciones, y reactivar el intercambio comercial bilateral, reducido en 44.8 por ciento en lo que va del año.
Así pues, la OTAN ve demasiado independiente a Turquía y recurre al golpe; y ahora a una ofensiva mediática acusando a Erdogan de corrupto y violador de los derechos humanos, acusaciones muy probablemente ciertas, pero igualmente oportunistas. En lo económico, la lira se ha devaluado, y las acciones de empresas turcas y la deuda pública pierden piso. Es esperable que las potencias sigan cerrando el cerco para someter a Erdogan, pacíficamente o por la fuerza. La OTAN no puede quedarse tranquila cuando ve distanciarse a la segunda fuerza militar de la alianza (685 mil efectivos) y la economía 17 del mundo. Difícil saber qué ocurrirá; lo real es que, al menos en lo inmediato, lo sucedido afecta a la OTAN y revela su debilidad; Turquía por su parte, como reacción defensiva, tendría que buscar cobijo en la alianza de Rusia, China e Irán, o volver al redil.

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