La conocí en marzo de 2019, habíamos sido invitadas para impartir una charla por la conmemoración del Día de la Mujer. Llegó al desayuno que nuestras anfitrionas nos brindaban y compartimos la sensación de miedo que tuvimos en la noche, dicen que en ese hotel espantan, entonces dijo: “De haberte conocido ayer, hubiera compartido contigo la habitación para tranquilizarnos juntas”. Sonrió como si me conociera. Casi no probó bocado, a cada rato le entraban llamadas donde aconsejaba y se comprometía. No sabía quién era, pero la palpé muy generosa.

En el auditorio que expusimos me tocó hablar primero, después del aplauso, ella murmuró a mi oído: “Hablas con el corazón, qué bonito mensaje”.

Entonces tocó su turno, pidió que buscáramos en nuestros celulares una página, algunos asistentes –sobre todo hombres– empezaron a reírse, a dibujar esa sonrisa entre cínica y delatora, pues se trataba de una página pornográfica. Más que pudor o conservadurismo, lo que le preocupaba es que un número muy alto de esas fotos y videos habían sido tomadas en la intimidad sin el permiso de uno de los involucrados, casi siempre mujeres.

El ambiente se fue tornando incómodo, callado, doloroso. Entonces, ella nos contó la historia de una muchacha que confió en su novio y decidió hacer un video teniendo sexo con él. Ese material se lo robaron y fue subido a ese espacio pornográfico y la joven fue reconocida, las miradas lascivas la calificaron de “gordibuena”.

Esa chica sufrió todas las humillaciones que puedan imaginarse, la vergüenza y el dolor la hicieron huir, esconderse, querer matarse, desaparecer.

Fue su madre quien pudo hablar con ella y asegurarle que esas imágenes mostraban lo que cualquier persona hacemos en la intimidad con otra, la fatal diferencia es que a ella la estaban exhibiendo, no era su culpa.

Fue así como esa jovencita tuvo valor para ir a denunciar, nadie le hizo caso, pero ya nada iba a detenerla. Levantó la voz y juró que si la legislación tenía vacíos ella movería todos los cielos y algunos infiernos para que ya no existieran esos abusos.

Y justo en el momento en que esa historia más sacudía a cada asistente en el auditorio, la chica afirmó: “Y esa mujer, de la que he contado su historia, soy yo, Olimpia Coral Melo”.

No dudé en abrazarla y nos pusimos a llorar, qué historia, qué fuerza. De regreso a la Ciudad de México, la escuché durante todo el vuelo, su decisión, su certeza, su tesón y su generosa necedad subrayaban cada palabra.

Por eso, hoy celebro que haya logrado llevar su propuesta a tantos lugares y que este noviembre de 2020 el Senado de la República haya aprobado la Ley Olimpia, donde se reconocen siete tipos de violencias sexuales que deben castigarse con cárcel.

Gracias a la legislación, está ya prohibido en todo el país difundir imágenes y videos íntimos sin consentimiento. Además, se sancionará el robo de material sexual, así como la violencia digital.

Y mientras leo la noticia, evoco a la joven que abracé con emoción y agradecimiento en ese viaje a Zacatecas. Una mujer de voz sonora y corazón valiente. Gracias Olimpia Coral Melo.

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