Al empezar a brillar la aurora, miraba incansablemente devanándose los sesos con mil tormentos y pensamientos a una de las cuatro fuentes que rodean al viejo, perfecto y artístico monumento de 1888 coronado por la figura de Miguel Hidalgo cura católico criollo, una de las memorias públicas más antiguas de su tipo que resiste al abandono en la villa de Pachuca. Contemplando olfateaba el tufo del agua estancada con tierra y lama, casi negra, donde flotaban residuos de ramas de cilantro con hojas mallugadas, raíces, capas amarillentas de cebolla machacada, rabos de apio, rábanos, zanahorias y mucha otras legumbres, el estanque era utilizado por las verduleras para lavar el producto que ofertaban a los marchantes de la añeja plaza de Marcadores- Constitución, y por las atoleras que por las mañanas utilizaban el agua de los depósitos para preparar deliciosos atoles de variadas frutas apetecidos por la población minera.
Las que vendían atoles cocidos con el agua de las fuentes de deliciosos sabores, ofrecían el desayuno que en muchas ocasiones era el único alimento del día de la gente pobre en la villa argentífera, también era la medicina de los “enfermos de la mina”, daba gran alivio sorbo a sorbo el chiantzotzolatolli-chiantzolli bebida casi milagrosa que acostumbraban degustar como escasa ración del día de los trabajadores de los laboríos y socavones mineros, compuesta de chía y maíz con agua endulzada con pilón de trapiche y un poco de canela de Ceylan.
El comercio en el mineral no fue diferente al de la capital de la Nueva España, se daba en la plaza principal, plaza Real Mayor-Constitución, y calles aledañas, así como bajo los soportales del portal de la alhóndiga, eso se veía en plazoletas, plazas, callejones y plazuelas desde el siglo XVI a hasta finales del siglo XIX, donde de tradición arabesca, traída por los hispanos, se vieron los famosos y conocidos “cajones”; baúles o arquillas que abrían exhibiendo desde ahí sus mercancías, en principio fueron prohibidos y luego ubicados en espacios o tiendas de vendimias o en las plazas, se volvieron tendejones improvisados de tablas y techos de lona que se podían fácilmente reubicar. Estos “cajones” eran de todos los efectos, baratijas varias y surtidas, la abuela por costumbre de sus antiguos acudía a comprar al cajón de conocidos ancianos “la gramática para poder hablar de Herranz y Quiroz”, cromos de las colecciones completas de todos los tamaños de santos y vírgenes, agujas de todo tipo, hilos de todos los colores, alfileres, ojos de venado, rebozos de Tulancingo, el silabario de San Miguel, las oraciones de las huestes celestiales, el catecismo de Ripalda indispensable en preparación a la primera comunión.

centro historico
En la sexta década del siglo XX, de esos cajones lo que más emocionaba a los pelones que les contaran era todo aquello que les hacia imaginar a los más codiciados y deseados juguetes de barro crudo (zoquitl) que representaban legiones, compañías, pelotones de ejércitos y soldados coloreados con anilina o pintura de cal, los había desde el de a pie, a caballo, con pistola, con rifle, con gorra, el de pecho a tierra que se adquirían a ocho por tlaco. Igualmente conocer de aquellas esferas, santitos, virgencitas, arbolitos, estrellas, soles, lunas, vacas, caballos, burritos, todo lo necesario para colgarlo de un hilo con alambrito en días de fin de año en la rama seca blanqueada con cal que hacia las veces de árbol de navidad. Uno que otro de esos objetos viejos conservaba la abuela entre ellos las canicas y muñecas de barro con hermosos vestidos estampados que lucían primorosas mantillas con estampados arabescos y mudéjares.
Ella veía insistentemente hacia un espacio o lugar y se quedaba hecha una magdalena, toda entelerida, muy llorosa afligida lamentando en un grito al recordar las hermosísimas vendimias del maíz y mazorcas en todas sus presentaciones, tamaños y colores traídos de la región cercana a Puebla. De todo eso la viejilla le gustaba armarse con el santo y las limosnas, al recordar estos esplendidos puestos a lo largo y ancho de callejas y plazuelas, tendidos en el piso de piedra o tierra en gruesos y toscos costales de rústico ixtle de henequén, exhibiendo cerros y costaleras de diferentes granos del maíz.
Los nombraba con palabras aztecas o mexicanas “había xilote-xilotl, mazorca tierna”, todos los colores de las mazorcas de maíz chico, mediano, blanco, amarillo, negro, rojo dicho como centli cuando el grano está duro bien maduro, en montones desgranado con la fuerte olotera luciendo un hermoso arcoíris se le decía tlaulli, lo mismo el tloctli que es cuando está en un brote en planta pequeña, las coloridas espiguillas para remedio migauatl, los xilotl que son las mazorcas “tiernas de leche”, el elotl para comerse crudo o asado cuando está maduro con granos tiernos.
Las mismas indígenas vendedoras traían secretos de los variados cocinados de maíz y hasta remedios que daban a sus marchantes, como los del jarro de agua de cabello de elote serenado como tisiana para los nervios, cataplasmas de masa de maíz azul molida a metate con anís estrella para el empacho, friegas en todo el cuerpo por la noche con masa de maíz, en la noches después de las nueve tomar agua de nixtamal hervida con pericón y tequexquite o tequixquitl para las fuertes calenturas. La viejilla con tanto año se hizo de malas manías enseñando la historia del viejo mineral a sus pelones, pues no quería que más adelante fueran “hombres llevados de por mal” regresando a casa como perros mojados curtidos y avergonzados.

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