Xochicalli I Chávez de Llano*

Muchas veces se ha hablado acerca de la desaparición de los libros, de que a la llegada de los dispositivos digitales ellos desaparecerían, en una ocasión al escuchar a un grupo de jóvenes discutiendo sobre el tema me acerqué a ellos y les conté esta historia:
Había una vez un libro, viejo y gastado. Ese libro tenía mucho tiempo de haber sido impreso, pero no importaba lo viejo que fuera pues la tinta, sus páginas y el contenido seguían tan vigentes como cuando salió de la imprenta; sin embargo, en el papel se veía cómo el tiempo había hecho estragos en él. El libro estaba primorosamente empastado, la portada era de pasta dura en color verde y en letras doradas estaba grabado el título.

Era un libro feliz, estaba cuidadosamente acomodado en la estantería más alta del librero, pero a pesar de estar en un lugar con tan difícil acceso no estaba olvidado y eso se notaba porque no tenía en su estructura ni un rastro de polvo, señal de que cada semana era tomado amorosamente por unas manos tan viejas como su pasta, tan arrugadas como sus hojas, tan amarillas como sus páginas.

Sin duda, ese viejo libro era un gran acompañante y un gran consejero, pues semana tras semana era leído y releído detenidamente y al cerrarlo, esas manos amorosas lo hacían con cuidado, despacio, y al hacerlo, se escuchaba un suspiro en donde escapaba una expresión de satisfacción y nostalgia que acompaña la sensación de la buena lectura y el deseo de que esta no termine.

Así, con mucho cuidado lo regresaban a la estantería y a la semana siguiente el ritual de la lectura se repetía.

Pero un día no sucedió así, esas viejas manos ya no fueron al estante ya nadie se acercó al librero y en medio de esa quietud y soledad el viejo libro dormido se quedó. Así pasó algún tiempo hasta que un fuerte ruido lo despertó, añoraba con paciencia unas manos que lo abrieran, pero nada sucedió; había gran movimiento, alboroto, se escuchaba como entraban y salían cosas, las cortinas se volvieron a abrir, el Sol entró de nuevo. El libro esperaba, con la paciencia que dan los años, con la sabiduría que da la madurez.

Por fin alguien notó su presencia, no fueron ningunas manos, era un aparato nuevo dentro de la casa, un simpático parlanchín que hablaba o cantaba todo el día.

-¿Qué esperas viejo libro? No ves que ya nadie te va a leer, has sido reemplazado por mí. -El viejo y sabio libro sonrió. Aquel aparato lo fastidiaba el día entero con su perorata y canturreo, hasta que un día alguien lo apagó. Llegó entonces un nuevo habitante a la casa, un aparato moderno, una caja que emitía una luz brillante y muy intensa. Ese era peor que el anterior, el otro por lo menos al caer la noche se silenciaba, pero esa caja estaba encendida de día y no dejaba de emitir su luz hasta entrada la noche. Ella también notó la presencia del libro.

-Vaya, vaya, dijo un día la caja, -con razón ya nadie los lee, ¿ya te fijaste lo viejo que eres? Estás obsoleto, hermano. -Y el viejo y sabio libro sonrió.

Así transcurrieron muchos, muchos años. Un día el libro notó que la caja ya no estaba, se la habían llevado -¡Por fin, paz y tranquilidad!, pensó. Pero no duró nada esa quietud, al día siguiente la caja ya había sido reemplazada por otra más moderna y que tenía un teclado, daba y recibía órdenes. Y claro, era peor que la otra, solo que esta ya no dormía, estaba encendida de día y de noche. También ese aparato le habló al libro.

-¿Sabes que los tuyos están desapareciendo allá afuera?, incluso hay rumores de que van hacia la extinción. Resígnate a morir. -Y el viejo y sabio libro sonrió.

Esa caja moderna fue sustituida por otra de vanguardia, una tras otra, cada vez más ligeras, más rápidas, de mejor diseño, conexión, etcétera. Cualquier cambio por mínimo que fuera con la anterior era pretexto para desecharlas. Todas amenazaron al libro con su próxima desaparición y a todas ellas el libro solo les sonrió.

Un día llegó una caja más pequeña, al parecer portátil, justo al alcance y al tamaño de las manos; era increíble, tenía funciones de comunicación telefónica, redes sociales, televisión, música, GPS, cámara fotográfica, radio, etcétera. Esa pequeña caja mandó al libro al patíbulo.

-Ahora sí se acerca tu fin, los demás solo te amenazaron, pero yo soy diferente, estoy al alcance de las manos, pero ellas ya no son mi objetivo. Yo he conquistado los ojos, los oídos, la mente, la conciencia. Indiscutiblemente soy el rey. Y como soberano absoluto, libro: yo te condeno a muerte.

Estaba ese pequeño con aires de grandeza dictando su sentencia cuando el suministro de energía eléctrica se cortó. Indiscutiblemente era una falla en el aparato o en el servicio de energía. En seguida el libo reconoció el silencio, no lo podía creer, hacía tanto que no lo escuchaba, se quedó atento, alerta a cualquier cambio. -Ha llegado el momento. Pensó y esperó…

Entonces de manera repentina volvió a sentir el calor y la textura de unas manos, pero eran diferentes, eran tersas, eran firmes, fuertes. Lo tomaron con cierta torpeza, era la primera vez. Las manos sintieron sus pastas, abrieron sus hojas, olieron la tinta y entonces…. la lectura comenzó.

* Licenciada en literatura dramática y teatro, docente
de la UAEH en Tepeji y promotora de la lectura

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