María del Refugio Acuña Gurrola

Dependiendo de la etapa de la vida en la que nos encontremos, podemos considerar que la etapa de la vejez es algo cercano o ajeno a nosotros. Sin embargo, nuestra experiencia en la vejez es algo que se construye día a día, ya sea que nuestra edad sobrepase los 60 años o que estemos en etapas tempranas de la vida.

El padecimiento de patologías y sus comorbilidades en gran medida están determinadas por nuestras decisiones, las cuales se ven reflejadas en nuestras acciones, aunque no meditemos en ello y sus repercusiones tanto en nuestra salud como en nuestro bienestar en general.

Aquellas cosas que “acostumbramos hacer” casi de manera automática, es decir, nuestros hábitos de comportamiento si bien pueden favorecer un envejecimiento con calidad, también tienen el potencial de precipitar el padecimiento de diferentes enfermedades y de las posibles comorbilidades asociadas a ellas.

Puede decirse que los hábitos que tenemos se deben a la influencia de lo que aprendimos en nuestro hogares de origen, ya sea porque vimos a nuestros padres, abuelos, hermanos o tíos, comportarse de una manera o consumir ciertas cosas, es decir, vimos en ellos el predominio del sedentarismo, una alimentación alta en grasas y carbohidratos, así como la ingesta de alcohol o uso de otras sustancias.

Del mismo modo, podemos considerar que ciertos hábitos que tenemos en nuestra vida son resultado de la influencia o disponibilidad del contexto en el que vivimos, ya sea por la influencia de los medios masivos de comunicación y redes de apoyo social, quienes nos envían mensajes de lo atractivo que es comer ciertos alimentos o consumir determinados productos, debido a que ello nos proporcionará cierto sentido de actualidad o pertenencia a una comunidad que consideramos interesante. También, podemos decir a otros y a nosotros mismos que se debe a la disponibilidad o accesibilidad a los espacios (físicos y temporales) o a los productos, debido a que tenemos una vida con muchas responsabilidades que no nos permite realizar ejercicio, que la comida predominante disponible en los espacios públicos tiene un contenido alto de grasas y/o carbohidratos, y muchas otras circunstancias más que solemos emplear para justificar que es el medio el que no nos permite desarrollar hábitos más saludables.

Efectivamente existen elementos adversos en nuestro desarrollo y en nuestro contexto, que pueden influir de manera negativa en el tipo de hábitos que tenemos, lo que potencia el padecimiento de diversas patologías, de manera especial, en las etapas avanzadas de la vida. Sin embargo, la realidad es que se trata de las decisiones que tomamos ante este riesgo y situaciones, las cuales nos llevan a actuar, o no, de cierta manera, a apropiarnos de conductas saludables o de riesgo que, en su cúmulo, nos acercan o nos alejan de un envejecimiento con calidad.

Es asunto de decisiones, ya que al ser conscientes de los factores que interfieren con la adquisición y práctica de hábitos saludables, también tenemos las facultades para poder actuar en consecuencia y contribuir a nuestro envejecimiento saludable. De esta manera, a pesar de nuestra excesiva carga de trabajo o responsabilidades, podemos elegir no usar elevadores o escaleras eléctricas, dejar el automóvil a una distancia que nos permita caminar un poco, no depender tanto de los alimentos preparados disponibles en los espacios públicos al llevar nuestra fruta, verdura y otros alimentos con nosotros al asistir a estos lugares, en los casos en que nos sea posible elegir, optar por comida baja en grasa y carbohidratos por sobre aquella que podemos considerar “más sabrosa”, entre otras alternativas. Ello considerando en anteponer el beneficio a largo plazo al placer inmediato, preferir un envejecimiento con calidad al padecimiento de patologías y comorbilidades, que pueden repercutir en un envejecimiento saludable o con poca calidad.

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