Daniel Calva / Tomás Serrano

La violencia más brutal en todos sus matices son los homicidios. En los estudios de población, los asesinatos terminan con la observación del ciclo de vida de las personas.

Hasta la década de 1990 del siglo pasado, los accidentes de tráfico fueron la causa principal de la pérdida de población joven. A partir del 2000, el patrón cambió drásticamente, tras el ascenso progresivo de la mortalidad por homicidios.

La pérdida de la vida constituye un daño irreparable que afecta, además de la víctima, a su familia, y significa una agresión directa a la sociedad.

En el país, a casi dos décadas transcurridas, opera un mecanismo que está eliminando a la población en edad laboral, y no, no hay ninguna esperanza en que la política pública federal de contención de la violencia logre frenar ese mal. A pesar del oneroso gasto en más policías, los resultados analizados con frialdad indican la modificación de la tasa de mortalidad de la población joven, misma que, recientemente transitó hacia un nuevo patrón para ese grupo específico de edad.

Desde 1948, la Organización de las Naciones Unidas, en su artículo tercero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos mandata a los gobiernos miembros:
“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.”

Como se puede ver, el monstruo no tiene mil cabezas, se le puede reducir hasta encontrar un único responsable. Aunque, de acuerdo con datos del Inegi, en las últimas dos décadas, las entidades del país comparten un patrón similar, según su vecindad. Por ejemplo, el patrón de homicidios en Hidalgo es igual al de la Ciudad y el Estado de México, Veracruz y Tamaulipas siguen una tendencia semejante o Guanajuato y Michoacán comparten similares cambios, y así sucesivamente.

El problema no es exclusivo de México. En el mundo, la causa de homicidio se ha atribuido a una densa red de condiciones socioeconómicas y ambientales, gobernanza, Estado de Derecho, estabilidad política, demografía, cultura, estereotipos y sobre todo se ha explicado por su asociación al narcotráfico.

Es posible que nuestros jóvenes asesinados sean a su vez eliminados por los mismos jóvenes, es decir, los jóvenes se están matando unos a otros como si fuera una guerra.

En Estados Unidos se puede llegar a tal conclusión, ya que hay resultados alentadores. Pero cuando en México encontramos correspondencia significativa y negativa entre los homicidios y los arrestos, entonces es muy desalentadora la actuación del Estado.

En Brasil, en 2002, ocurrió la primera alerta mundial por la expansión de los homicidios. La declaración del Seminario sobre Niños Afectados por la Violencia Armada Organizada expuso que hay un mecanismo de reclutamiento del narcotráfico en el que esa población está perdiendo la vida.

En un estudio longitudinal, en tres cohortes en escuelas públicas de Pittsburgh se demostró la asociación entre la adicción a las drogas y el asesinato. En el trabajo tuvo una tasa de participación del 85 por ciento de los padres de familia. El principal resultado indicó que el 72 por ciento de los delincuentes tenían entre 15 y 26 años cuando cometieron su primer asesinato. La causa registrada fue multirreferencial. Por ejemplo, se atribuyó como un asunto biológico, ya que a esa edad no se ha desarrollado la parte del cerebro que permite poseer habilidades de pensamiento crítico y de toma de desiciones. También se consideraron problemas psicológicos como la depresión y la ansiedad, y se planteó la dimensión social, tal como la violencia doméstica, tener padres divorciados y por la adicción a las drogas.

Otro buen ejemplo que nos imponen los Estados Unidos es la sentencia de por vida del Chapo, cuyo aprendizaje indica a las generaciones de mexicanos que hay que portarse bien si no quieren pasar su vida en las prisiones estadunidenses.

En fin, en el país, después de transcurridos tres periodos presidenciales, más el primer año de un sexenio nuevo, con base en los resultados alcanzados hasta ahora, la política de combate al narcotráfico se visualiza sin rumbo alguno, lo cual es muy desalentador. Las organizaciones criminales ni sufren ni se acongojan, día a día salen a la calle a demostrar que ellos mandan y pueden hacer lo que se les dé su regalada gana.

El México salvaje emerge con toda intensidad. Los feminicidios empiezan a despertar conciencia poco a poco. Las localidades son reconocidas por una especie de fobia. Bastan dos ejemplos: Ecatepec y Ciudad Juárez. La muerte no duerme y recientemente eliminan a niños y niñas por igual.

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