Otra vez domingo y de no ser porque hoy será el último día del año, seguramente sería tan aburrido y monótono como siempre son los domingos. Comidas con la familia, paseos matutinos, quejas por lo cerca que vuelve a estar el lunes… ¿Qué hacemos? ¿Vemos una peli? ¿O salimos a tomar un café?, quizá lo mejor sea realizar algunas actividades pendientes para regresar a la semana laboral con toda la actitud. Sin embargo, no siempre fue así, por ejemplo en aquel México del siglo XIX los domingos eran para asistir a la catedral y escuchar el sermón dominical que diera el párroco. Los paseos por la alameda eran idílicos e incluso pasaron a la posteridad cuando Diego Rivera plasmo esas tardes exquisitas sin parangón.
El paseo por la Alameda permitía a los visitantes admirar las fuentes que representaban a Neptuno y a la diosa del amor Venus, ejemplos de la moda clásica y europea que recorría la cultura mexicana. Desde 1892 esa avenida contaba con luz eléctrica y la gente podía escuchar música, tomar algún refrigerio e incluso patinar en una pista que fue construida en el centro del jardín. Si entre los visitantes nacía un interés más histórico, podían observar el hemiciclo a Juárez o el costado poniente, sitio donde la Inquisición estableció el quemadero para los autos de fe. Seguramente ese fue el típico domingo que muchos de nosotros practicamos semana tras semana. Sin embargo, a lo largo de las épocas y de diferentes países las costumbres han ido variando.
Los carteles lo anunciaban y el espectáculo en sí nos dejaría perplejos el día de hoy, zoológicos humanos, increíble, pero ocurría en una época donde los derechos humanos no existían, simplemente era por sí sola una gran atracción y en su momento fue el gran reclamo turístico en toda la Europa del siglo XIX. Indígenas filipinos, negritos, tagalos, moros de Joló o carolinos… eran muchas las especies que el alemán Carl Hagenbeck movía por el viejo mundo para exponerlas como auténticas bestias dentro de jaulas y a la vista de todo el que quisiera disfrutar el espectáculo y por supuesto el domingo era un día justo para escudriñar esas especies que vivían solo en la imaginación, por lo menos en aquellos ayeres.
Ahora que, si nos vamos al Paris del siglo XIX, además de poder disfrutar también de los zoológicos de Hagenbeck, pasear por los infinitos bulevares, asistir a las óperas y tomar café en las tertulias parisinas, un entretenimiento muy extendido entre la burguesía parisina, era la visita a la morgue. Los encargados del depósito de cadáveres acostumbraban exponer los cuerpos en público para proceder a su reconocimiento, algo que dado el alto número de personas que se acercaban era prácticamente seguro que sucedería. Sin embargo, la gente no se agolpaba alrededor de las cristaleras para hacer un bien común, sino que era más bien el morbo lo que hacía conseguir aquellas multitudes frente a los cuerpos desnudos o mutilados de los cadáveres.
En Londres también tenían su propio espectáculo, antiguamente, la locura era identificada con males sobrenaturales, propios de posesiones demoníacas o como castigos divinos por los pecados cometidos. Posteriormente los especialistas comenzaron a identificar que para la pérdida de la razón el único remedio era el confinamiento y los salvajes experimentos, más propios de la tortura, a los que los enfermos eran sometidos. En el siglo XIV, lo que había sido un convento de la Orden de la Estrella de Belén en Londres, se convirtió en el Bethlem Royal Hospital, también llamado Bedlam, y fue el primero en acoger pacientes con enfermedades mentales. Lamentablemente el hospital destacó por ser pionero en tratar enfermedades mentales, sino por el brutal maltrato dispensado a los pacientes, los considerados violentos o peligrosos eran atados y encadenados. De hecho, el término Bedlam ha quedado como sinónimo de caos, confusión, o alboroto. Por el módico precio de un penique –el primer martes de cada mes era gratis– se podía contemplar el espectáculo que brindaban los pobres dementes. Además, si el espectáculo de aquel día no había cumplido con las expectativas se podían llevar palos para azuzar a los dementes y elevar el nivel del show. En ocasiones se les daba alcohol a los pacientes para ver cómo actuaban borrachos. En 1814 la afluencia a Bedlam fue de más de 96 mil visitas, el mayor espectáculo de Londres.
El siglo XIX fue una época de grandes y favorables cambios, sin embargo, aunque comenzaba a mostrar rasgos de un avance social, aun perduraban costumbres dignas de los instintos más primigenios e incluso deshumanizados. Hoy en día los domingos son para disfrutarlos no solo con la familia, también son apropiados para observar como unos cuantos jugadores patean un balón y tratan de ingresarlo en las llamadas porterías, enriqueciéndose a manos llenas tan solo por realizar esa actividad, mientras los espectadores solo tratan, al igual que en el siglo XIX, abstraerse de los problemas, aunque sea tan por un día.
Sin embargo hoy, último domingo de 2017, aprovecho para desearles un feliz Año Nuevo, lleno de felicidad, aunque inicie en lunes y por excelencia como reza aquel dicho popular “en lunes, ni los albañiles trabajan”, ¿O sí?, ¿Tú lo crees? Yo tampoco…

Comentarios