JORGE HERNÁNDEZ
Pachuca

Cuántos de nosotros no pensamos que nuestro primer encuentro sexual debe durar tres horas o más, o que nuestro pene debe medir mínimo 34 centímetros solo porque lo vimos en una película porno, pues la pornografía es uno de los primeros medios por los que comenzamos a descubrir nuestra sexualidad, sin saber que los videos que encontramos en la web, en la televisión a altas horas de la noche, o que los mismos amigos nos proporcionan, crean un estereotipo de lo que conlleva ejercer nuestra sexualidad.
A lo largo del tiempo hemos asociado la pornografía con un producto meramente masculino, como si el papel de las mujeres fuera simplemente el de un objeto, suponiendo que ellas no tienen derecho a disfrutar de dicho producto, pese a que 70 por ciento de las estrellas porno son mujeres.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define pornografía como “carácter obsceno de obras literarias o artísticas”, de ahí la idea que hablar de porno significa algo prohibido o negativo, no obstante, desde la psicología se ha dicho que “lo más prohibido es lo más deseado” y es por ello que lo utilizamos como medio –prácticamente instructivo– para adquirir conocimiento para nuestros encuentros sexuales, lo que nos lleva a consumir la pornografía de una manera discreta. Pero esta educación tradicionalista de la masculinidad ha establecido en la agenda de lo público qué es lo que debemos hacer como hombres, sin saber que muchas de las escenas que se proyectan en cada filme son, por mucho, diferentes a la realidad.
Las instituciones socializadoras, llámese familia, medios de comunicación, escuela, religión, entre otras, son también responsables del comportamiento del hombre y su forma de reaccionar ante distintos acontecimientos relacionados con los roles sexuales tradicionales respecto a las nuevas formas, más igualitarias, de organización y relación entre mujeres y hombres. “Hacerse hombre” equivale a un proceso de construcción social en el que a lo masculino le corresponde una serie de rasgos, comportamientos, símbolos y valores definidos por la sociedad. Aprendimos que los hombres somos fuertes, valientes y proveedores, por lo que pensamos que no podemos mostrarnos débiles ante nadie, incluso que tenemos que estar en constante competencia con otros hombres, y los videos pornográficos refuerzan estas conductas masculinizadas con posiciones y tabúes sexuales –incluida la necesidad de satisfacer el apetito sexual de nuestra pareja–, como que una de las estrellas porno más famosas a nivel mundial, Ron Jeremy, poseía un miembro de 24 centímetros o que las posiciones más vistosas y complicadas generarán mayor placer a la pareja.
En este caso, también los medios de comunicación son responsables de crear falsas ideas de las relaciones sexuales al estipular “requisitos” de lo que debemos cumplir para convertirnos en todos unos “machos” en la cama. Sin embargo, estos estereotipos, en la mayoría de los casos, solo nos llevan por caminos erróneos que nos alejan del ejercicio pleno de nuestra sexualidad, por lo que es importante que antes de llenar nuestra cabeza con ideas que provienen meramente de la ficción de una película o video, volteemos a ver la realidad y, tanto hombres como mujeres, comencemos a volvernos más humanos y menos productos prefabricados de las masas.

Se asocia

a la pornografía con un producto meramente masculino, como si el papel de las mujeres fuera simplemente el de un objeto, suponiendo que ellas no tienen derecho a disfrutar de dicho producto, pese a que 70 por ciento de las estrellas porno son mujeres

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