Yo pronuncio tu nombre en las noches oscuras. Cuando vienen los astros a beber en la Luna. Y duermen los ramajes de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco de pasión y de música.
Loco reloj que canta muertas horas antiguas.
Yo pronuncio tu nombre, en esta noche oscura,
Y tu nombre me suena más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas y más doliente que la mansa lluvia.
¿Te querré como entonces alguna vez? ¿Qué culpa tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma ¿Qué otra pasión me espera? ¿Será tranquila y pura?
¡Si mis dedos pudieran deshojar a la Luna!

Federico García Lorca me enseñó con su poesía a deshojar la Luna, a destejer sus finos hilos de plata en espera de ese Ulises que siempre se retrasa pero algún día llegará. Sus palabras provocaron que inventara pétalos de Luna para llenar mi tina cada noche y empaparme de eclipses milagrosos. Su ritmo gitano me inspiró para leer otras manos cuyo destino estuviera trazado con rayito de Luna morena. Comprendí que es cierto, que puedes tomar cucharadas de Luna siempre y cuando la hayas deshojado con paciencia amorosa, con esperanza poética, con gozoso de sirena que retoza en ese mar de tranquilidad.
Toda la poesía de García Lorca te embruja y te seduce, te hace suspirar, apasionarte, aferrarte a la necedad de seguir a la Luna para deshojarla entre fases de me quiero y te quiero. Sus obras de teatro siguen poniéndose en escena porque también son gozosas, intensas, delatoras de dolor y amores imposibles, desde Bodas de Sangre hasta Yerma.
Yo me topé con él siendo una adolescente, en mi clase de literatura tuve la suerte de ser elegida para exponer su obra. Desde el primer poema me convertí en leal seguidora de su voz. Su historia me conmovió profundamente, en esa época –quizá como hasta ahora– su muerte estaba enredada en el misterio y la injusticia. Durante la Guerra Civil española fue apresado, se dice que lo fusilaron, que su cuerpo quedó en la fosa común, que su cuerpo fue enterrado en todos lados y en ninguno, que su alma vaga por los sueños de quienes queremos ser poetas.
En ese primer año que lo leí –1978–, que investigué sobre Federico García Lorca, me encontré una bella canción que de inmediato memoricé. Un homenaje a su poesía, a su amor por la vida. Se titula “Aguaviva”:

Presiento un amigo, que no conocí porque mi principio, fue después del fin. Y estando en Granada entre su gente me instalé. Yerma, El Camborio, La Argentinita Isabel. Él vive allí, y vive en mí. Y con su guitarra, el pueblo cantó los cuatro muleros, como canto yo. Su sangre, su obra su corta vida recordaré. Yo sé que mi amigo todos los días vuelve a nacer. Él vive aquí, y vive en mí…

Ahora que en la FUL descubran algún libro de García Lorca les aseguro que al tenerlo en sus manos empezarán a deshojar la Luna. No olviden que la FUL se inaugura el viernes 26 de agosto y estará abierta hasta el 4 de septiembre.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.