Como dice la canción –¿cuál?, no sé; pero estoy bien harto seguro de que así ha de decir alguna– “otra noche sin dormir”. Estoy aquí tumbado y mi mente me hace dudar, ¿qué iba a escribir? ¡Ah sí! Sobre estos episodios que provoca el insomnio… otra vez.

Pero ¿qué creen?, esta vez estuvo más raro. Para empezar, no sabía que las lámparas de buró pudieran ser mágicas; tampoco que en ellas pudiese haber genios y mucho menos, que la de mi lado de la cama fuera de esas.

La apagué como de costumbre –aquí casual, apagando la lámpara, dirían los millenials– jalando el cordelito de metal con bolitas, que por cierto tiene el mismo diseño desde los tiempos de mi bisabuela y, en eso, que aparece el interfecto. No, no era alto y musculoso, más bien era bajito tirándole a figura de Star Wars. Tampoco era azul como el de Disney –que por cierto, me cae rete bien– y ¡qué bueno! Porque si no, hubiera creído que era un pitufo y ya desde hace mucho se sospecha que esos son malos. Es más, una vez hasta en el noticiero de Jacobo salió que uno ahorcó a un niño, así que, por suerte me salvé.

Pero bueno, este amiguito –¿amigo? ¡Ni tan bien que se hubiera portado!– apareció de pronto y volteó a verme con una mirada desdeñosa, que inmediatamente me hizo recordar cómo me veían mis compañeras de la secundaria cuando trataba de quedar bien. ¿Tú eres mi amo? –preguntó despectivamente mientras me barría no de arriba a abajo, porque yo estaba acostado, sino posando la mirada de lado a lado, como cuando uno ve a los niños echarse de una resbaladilla–. Buenas noches joven –dije para mostrar educación– no sabría decirle, ¿a quién busca? Se llevó la mano a la frente con esa expresión ahora tan común en los emoticonos y balbuceó algo así como “miles de clientes en esa tienda y mi lámpara la tenía que agarrar este”. A ver –explicó con desgano– tú frotaste la lámpara, me liberaste y tienes derecho a pedir un deseo. No, joven –alegué– me va usted a disculpar, pero yo no me froté nada, está bien que no pueda dormir, pero justamente por eso apagué la lámpara, para intentar conciliar el sueño. Otra vez y para no hacer –literalmente– el cuento largo, el genio geniudo me aclaró hasta la redundancia que él era un genio, que vivía en la lámpara y que, por jalar el cordelito, lo había liberado y me iba a conceder un deseo. ¡Ah! –dije– así la cosa cambia. Así que me dispuse a pensar en qué pedir.

Lo primero que me vino a la mente fue el coronavirus, ¡que ya exista una vacuna! Pero los cómics son muy ilustrativos y han dejado en claro que ciencia y mística no embonan bien, así que asumí que el genio no iba a querer. Luego me entró un sentido nacionalista, ¡que se acaben los problemas del país! Pero tampoco, ¿si no luego el gobierno qué va a hacer? El genio volteó a ver su reloj –de arena– empezó a mover su piecito en señal de impaciencia y bostezó, así que, no habiendo de otra y para no enfurruñar al geniudo, aterricé mis pensamientos en mí. ¿Riqueza? No estaría mal, pero la chuleta no sabría igual sin corretear; ¿Fama? Como anda eso de la inseguridad, ¡Pa’ qué llamar la atención!; ¿Salud? Bueno sí, pero de esa que viene con un trago –por cierto, ahorita vengo–.

Entonces me cayó el 20. Oye, ¿y si me ayudas a poder dormir? Clarito lo vi, el muy desdichado hizo ojos de huevo cocido, pronunció unas palabras que no pienso anotar por respeto a este diario y por aquello de que esto lo lea algún niño, e hizo unos ademanes raros como los de los conductores enojados, tras lo cual, apareció un vaso de leche y un puñado de almendras y luego de eso, el muy infame se esfumó.

Desconcertado por la situación y para curarme la impresión, me comí las almendras y me tomé el vaso de leche –que por suerte era deslactosada, ¡cosas de la edad!–. Ya en algún lado había leído que consumir esos alimentos por la noche ayuda a dormir.

Más relajado me puse a pensar, es asombroso lo que puede provocar el hambre nocturna, no solo gruñen las tripas, igual se espanta el sueño y luego ahí anda uno alucinando cosas.

Por eso no es bueno andar haciéndole al faquir.

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