En 1906, en Hannover, Alemania, nació, en el seno de una familia judía acaudalada, una figura intelectual, inmensa, en muchos sentidos irreverente, polémica. Es solo a partir de su universo pensante, diverso, contradictorio, espasmódico, que palpita con el pensamiento y las percusiones del eterno silencio, que viven los pujantes signos vitales de Hannah Arendt. El pensamiento de esa intelectual europea quedó marcado por la influencia del filósofo hegeliano, Martin Heidegger, quien se convirtió en su profesor y mentor, además de su amante. “Él estaba casado y tenía 35 años; ella 18, su breve relación y su larga amistad marcaron el pensamiento de Arendt para el resto de su vida (Avishai Margalit)”. A pesar de esa importante influencia, Hannah se erige como un necesario y lúcido pilar del liberalismo democrático, de la libertad, a diferencia de Heidegger intelectual y príncipe del pensamiento nazi.

¿Cuál es la naturaleza última, la esencia, de la libertad? “Para Spinoza la libertad era una perfecta racionalidad, para Leibniz la espontaneidad de la inteligencia, para Hegel era aceptación de la necesidad, para Croce expansión perenne de la vida. Y gran parte de la reflexión moral moderna concibe la libertad como autorrealización, como incesante expansión y expresión del yo… Y el autor que más ha acertado con la noción de libertad política es Hobbes, cuya famosísima definición dice: ‘libertad propiamente significa ausencia […] de impedimentos externos (Giovanni Sartori)”. Hobbes acierta porque la “libertad política se aplica a la relación ciudadanos-Estado considerada desde el punto de vista de los ciudadanos (ibidem)”. Frente a esas concepciones, Arendt estética, enfática, afirmaba que no puede haber política sin libertad ni libertad sin política. Y definía la libertad como la capacidad que tiene cada individuo para iniciar un nuevo comienzo en el mundo. Un nuevo comienzo es un asunto, complejo, difícil, volver a comenzar implica reconstruir y enriquecer nuestra noción de cultura, un nuevo lenguaje hecho de momentos ordinarios para lograr un discurso nuevo, cambiar implica también lograr nuevas coordenadas políticas, enfrentar anacronismos, prejuicios, revivir la esperanza, creyendo siempre en la libertad.

Arendt considera que en la política la vanguardia tiene la tarea de proponer nuevos comienzos. En México, ¿estamos frente a ese nuevo comienzo? Esa libertad para elegir una nueva ruta, para encarnar el espíritu de esa época, para enfrentar ese porvenir sin rostro que hoy es México, un México humeante, angustiado, rodeado por las sombras y la oscuridad de la mañana. La libertad de Arendt debe permitir escribir una nueva historia, no para matarla sino para que viva y nos reviva.

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