La dulzura se le había esfumado del rostro desde hacía ya muchos años. Sus ropas habían dejado el rosa para adoptar el negro como base de todo atuendo y los cándidos zapatos de punta redondeada se habían transformado en un par de rudas botas que hacían juego con los sádicos accesorios que completaban su imagen junto con el malévolo maquillaje de su mirar.

Su hermano no era distinto. Los rubios cabellos de su niñez eran ya puntiagudos peinados multicolores que no se sabía si correspondían al típico punk inglés o al temible estilo banda de la mara salvatrucha. Sus piercings, tatuajes y cicatrices eran evidentes, particularmente notorios en las zonas donde las ropas se mostraban deliberadamente raídas, sucias y ensangrentadas.

Así eran Hanzel y Gretel. Temidos acosadores del antes tranquilo bosque, a quienes después de un milagroso escape a manos de una vieja caníbal –que con engaños y dulces los tuvo secuestrados en su niñez– se les empezó a ver extraños y trastornados al punto de una turbia transformación.

La última vez que los oí mentar escuché que secuestraban a unos ancianos para llevarlos a su cabaña-casa de seguridad en las inmediaciones del monte, con la intención de pedir rescate por ellos con vilezas como el reeditar los términos de su testamento a favor del par de trúhanes, cortar a palmos sus manos y usar sus ojos en rituales satánicos. Cuando tras arduas negociaciones en las que ni la justicia logró calmarlos, por fin llegaron a un acuerdo con los descendientes de la pareja de viejos, los liberaron a una sin un brazo y al otro sin un pie. Dicen que se los cortaron y los devoraron delante de ellos mientras les hacían mirar.

Cuando hartos del azote los habitantes del rumbo decidieron ponerles un alto, nada pudieron hacer. Al llegar a su morada no hallaron rastro de ellos. Solo una temible advertencia que nadie se atrevió a desafiar: “Sigan las migajas de restos humanos y la sangre brotará”.

hansel

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