¡Oh, Metallica, Metallica, Metallica…! ¿Qué más se puede decir de ustedes que no se haya dicho ya? Santos patronos del metal, hijos pródigos del doble pedal, el riff endiablado y la ira desatada, maltrechos sobrevivientes del alcohol y otras exuberancias, padrinos de tres generaciones y contando… Por lo que ahora, para hacer aún más robusta su leyenda, el cuarteto originario de Los Ángeles regresa tras ocho años de ausencia con el fin de traer ante nosotros Hardwired… to self-destruct, nada más que su placa número 10.
Pero vayamos un poco atrás en la línea del tiempo. El 10 hijo de James Hetfield, Kirk Hammett, Lars Ulrich y Robert Trujillo viene precedido de dos álbumes tan dispares como la trayectoria de la banda durante el nuevo milenio. Por un lado, tenemos el agridulce e inconstante (por no decir penoso) St Anger (2003), el cual nos reveló que la rudeza del metal no está tan alejada del glamur que clama en el pop. Por el otro, la bocanada de aire fresco de Death magnetic (2008), que si bien nos hizo percatarnos que Metallica ya no es lo mismo que en sus inicios, aún tiene mucha senda que recorrer… y mucha diversión que aportar.
Así, si su noveno disco representó el regreso de una banda que había perdido la confianza entre sus miembros, Hardwired to self-destruct nos muestra a un cuarteto que ha reaprendido a convivir con sus defectos, reforzar sus virtudes y rehacer votos por el amor hacia lo que más les gusta hacer: dar cátedra de metal. Puede que Hetfield, Hammett, Ulrich y Trujillo ya no tengan la energía física grabada en And justice for all o Master of puppets, pero aún conservan esa esencia y hambre que los encumbró en el lugar en el que continúan.
“Hardwired” abre el álbum de manera apoteósica por medio de una batería tremenda, violenta, como una marcha militar rumbo al apocalipsis. ¿Para qué trompetas demoniacas si contamos con las seis cuerdas de Hammett, las cuatro de Trujillo y la siempre confiable voz de Hetfield? En “Atlas, rise!” tenemos un sonido potente, que irradia paranoia y explosiones que anuncian el fin del mundo. ¿Gustas agregarle algo? Una guitarra excelsa que termina por reventarnos los tímpanos (figurativamente, claro).
“Now that we’re dead” nos muestra un lado más melódico de la agrupación donde la batería de Lars Ulrich es una cosa suculenta, mientras que la “lira” de Hammer riffea como en sus años mozos. Tema perfecto para el badass que llevamos dentro, ese que tiene ansías de beber cerveza en un bar de mala muerte, correr su motocicleta y ligarse a una chica con múltiples tatuajes. A ella se suma la magia de “ManUNkind”, un bólido que no necesita pisar el acelerador para mostrar su potencia.
Finalmente, en “Moth into flame” tenemos un tema que conecta al Metallica de sus inicios con el Metallica canoso, pero lleno de experiencia. Hetfield regresa a la vieja confiable temática de la ira y los ídolos falsos para conectar con todas las generaciones que han disfrutado de la banda en algún momento de su vida. Si a la ecuación le agregamos un solo vibrante, una batería efectiva y un bajo preciso, la chamba está completa.
A pesar de que Hardwired to self-destruct haya tardado ocho años, la espera ha valido la pena. Metallica ha regresado con la suficiente energía para enseñarle a los más jóvenes el significado de roquear y de paso consolidarse una vez más entre sus fanáticos de barba y mata larga (ya báñense, por favor). Con un camino a la autodestrucción como éste, hasta dan ganas de acortar la mecha.

@Lucasvselmundo
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Licenciado en ciencias de la comunicación y maestrante en ciencias sociales. Reportero ocasional y columnista vocacional. Ayatola del rock n’ rolla. Amante de la cultura pop, en especial lo que refiere a la música, el cine y los cómics. Si no lo ve o lo lee, entonces lo escucha. Runner amateur, catador profesional de alitas.