El hartazgo ciudadano y la supresión de la política

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mario cruz

¡Línchenlo! ¡Mátenlo! ¡Ratero! ¡Córtenle las manos! ¡Con esto aprenderás a no robar! ¡Pónganle gasolina! ¡Préndanle fuego antes de que lleguen los granaderos¡ ¡Nos lo van a quitar! ¡Ya vienen!

Cuentan que eso decían los pobladores en una plaza pública de algún lugar de la geografía nacional que hemos preferido no mencionar. Esa tarde de mucho viento y mucha turbulencia fue testigo de cómo la población enardecida tomaba la justicia por su propia mano, golpeando, humillando, quitándole toda humanidad a ese que todos le llamaban un vulgar ratero.

Este tipo de historias se han vuelto cada vez más frecuentes en Hidalgo. Poblaciones enteras que han dejado de creer en las autoridades y que bajo el cobijo del anonimato cometen actos de violencia, alimentados tristemente por la percepción de sentirse abandonados por parte de sus gobernantes.

Este violento comportamiento colectivo del “individuo masa” requiere de un profundo análisis autocrítico por parte de la autoridad, con el fin de evitar actos de barbarie que sigan lastimando nuestra condición humana y se muestre al “linchamiento público” como el mecanismo válido para el disciplinamiento social.

Una sociedad que suprime la política para alcanzar acuerdos y prefiere el uso de la violencia física es señal inequívoca de una descomposición social que debe ser atendida de manera urgente.

Las alertas se han encendido. Si la autoridad hace caso omiso a estos hechos, en el corto plazo veremos a funcionarios públicos o sus familias ocupando el lugar del delincuente, frente a una masa enardecida que ha decidido cobrar sus hartazgos.

Nota sociológica sobre la
violencia y la ventana donde
se cuela el mañana

En varios portales de noticias que han dado seguimiento a los eventos de ejecuciones públicas, se percibe a una sociedad que lejos de asombrarse y manifestarse en contra del ritual de violencia cometido en el tumulto, se alegra y profana discursos de celebración. ¿Quién es el responsable de esa deshumanización social? ¿El gobierno? ¿Los partidos políticos? ¿La pobreza? ¿La sociedad en su conjunto? Todos somos responsables.

La corrupción alimenta el enojo ciudadano y si el gobierno no lo combate realmente, no será posible la reconciliación con la ciudadanía. El nepotismo, el compadrazgo, la falta de pesos y contrapesos en la función pública, generan las condiciones para que la sociedad decida tomar la justicia por propia mano.

Los partidos políticos deben recuperar la confianza con sus electores, la selección de sus candidatos debe provenir de la militancia y no bajo la lógica de perpetuar generacionalmente a una clase política. La élite política debe comprender que su permanencia en el poder debe estar acompañada de procesos democráticos y de inclusión, a riesgo de perder sus privilegios. Los totalitarismos y monarquías absolutas hace tiempo desaparecieron, las democracias de vanguardia van en otro sentido.

El diseño de política pública debe de profesionalizarse con y desde las universidades. Es tiempo de hacer de la función pública una carrera universitaria, con el fin de evitar que la toma de decisiones recaiga en improvisados y faltos de oficio.

La violencia de masas es un fenómeno que tiene sus orígenes en variables multicausales, en consecuencia para suprimirla se debe de partir del principio de responsabilidad compartida. Gobierno y ciudadanía debemos de estar comprometidos en la creación de instituciones más democráticas y transparentes, al mismo tiempo la sociedad tiene el reto de instaurar la cultura de la legalidad muro adentro de sus hogares. Al final del día a nadie conviene un país convulso por la violencia, la corrupción y el delito. Si así lo comprendemos todos, la carga pesará menos y nuestros hijos lo agradecerán.

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