No existe un concepto único de marginación social que sea universalmente aceptado. La exclusión social es un proceso, no una condición; por lo tanto, sus fronteras cambian constantemente y quien es excluido o incluido en el grupo de aislamiento puede variar en el transcurso del tiempo. Frente a ello nos encontramos.

Y eso depende del grado de educación, las características demográficas, los prejuicios sociales, las prácticas empresariales y… ¡bingo! Las políticas públicas. La discriminación marginal es un fenómeno vinculado a la estructura antisocial. Sus efectos implican repercusiones de tipo cultural, social, educacional, laboral y económico, entre otros.

La marginación puede definirse como segregación social, aunque esa se aplique a planteamientos políticos de discriminación o intolerancia de tipo racial (apartheid), sexual (sexismo, homofobia o transfobia), intolerancia religiosa o ideológica (represión política). Con frecuencia trae aparejadas la desconexión territorial y la balcanización.

No es un concepto propio del neoliberalismo, como lo han querido hacer entender. Por lo general supone incapacidad e ignorancia para remediar en la nación lo que puede y debe hacerse desde el Estado.

La solución nunca han sido los programas sociales o asistencialistas aislados, jamás. Así se hayan querido copiar íntegros desde los nichos ideológicos de la cuarta transformación que, para acabarla de regar, lo ha hecho mal. Produciendo una serie de zarandajas públicas que tienen que ver más con la muy probable reelección del caudillo que con el simple afán de mejorar las condiciones de vida de la colectividad. Hasta en eso se ha fallado.

Índices macroeconómicos, obediencia lacayuna ante el imperio

El salinismo llegó a México como la forma de luchar contra la presencia del Estado en todo el proceso productivo, industrial, agropecuario y de servicios. Básicamente argumentó que la intervención del gobierno del bienestar para beneficio de las mayorías había sido una quimera.

Y como todo el mundo se tragó ese anzuelo, se recortó el gasto público y se estrangularon las prestaciones a las capas más pobres; había llegado la “reconversión económica”. Fue la bandera fundamental de los neoliberales ante lo que llamaron vacío de futuro.

Como es sabido, la desregulación total, la apertura comercial y financiera indiscriminada y el desmantelamiento del Estado, llevaron a grado de histeria colectiva la privatización de los modelos y de los servicios básicos. Se convirtió en un ícono para la posteridad el cuidado de los índices macroeconómicos que se presumían ante el imperio, como testimonio real de obediencia lacayuna.

Adelgazar al Estado “obeso” facilitó la acción de transnacionales

Para tener una idea clara del tamaño de las medidas para poder firmar el TLC bajo “el espíritu de Houston”, entre 1982 y 1993 fueron desincorporadas y rematadas 977 entidades paraestatales. El Estado fue reducido a su mínima expresión y sus defensores fueron borrados literalmente del mapa político y social.

Se empeñaron tanto en la loca carrera por reducir al Estado “obeso” que acabaron configurando un poder público raquítico, solo con las grandes empresas que después fueron martirizado al presupuesto, como Pemex, Azufrera Panamericana, líneas aéreas con grados extremos de compromiso y poco margen de maniobra.

De 46 cambios legislativos realizados en ese período, 20 afectaron el servicio público, 17 reformaron para empeorar las estructuras paraestatales y nueve incidieron en el espíritu general (para acabar desaparecido el ejido). En su gran mayoría estuvieron dirigidos a facilitar la acción de transnacionales y mercados y eliminar restricciones al libre comercio.

Así se ahondó en la aberrante desigualdad del país. EZLN, pantalla

Solo sabemos que el escaso dinero obtenido por las desincorporaciones nunca apareció, excepto para algunos pagos de intereses de la deuda. Todo se hizo para obedecer instrucciones de los organismos cúpula del exterior. Todo fue para ajustarse ciegamente a variables que resultaron funestas para el empleo, al costo de abandonar posiciones clave para el desarrollo integral del país y de la defensa de la soberanía.

Empresas telefónicas, aeronáuticas, ferrocarrileras, transportistas, portuarias, eléctricas, turísticas, sanitarias, refresqueras, agroindustriales y cinematográficas, entre otras muchas ramas cayeron en manos de individuos que se enriquecieron bestialmente de la noche a la mañana.

Así se ahondó en la aberrante desigualdad del país, y se llegaron a tocar extremos de descomposición y de lucha frontal contra el aparato estatal, aunque la más conocida –divulgada por ellos mismos– haya sido la luchita del EZLN con rifles de madera, para obedecer la instrucción de Clinton de llevar al poder al felón Ernesto Zedillo.

Reconocido internacionalmente, el programa Solidaridad hizo lo suyo

Sin embargo, la cruda social del salinismo, que había propalado estar a favor de las líneas de masas, llegó en un momento oportuno.

Surgió la idea de Solidaridad, un programa partidista-gubernamental, apoyado en las férreas estructuras de dominación territorial, que quieras o no, tuvo un éxito relativo, al menos para paliar las inconformidades esenciales de la población contra el régimen desmantelador prototipo del neoliberalismo rampante, que no era sino una forma maquillada de entreguismo.

Reconocido internacionalmente, el programa Solidaridad hizo lo suyo: construyó, siempre con apoyo comunitario, puentes, carreteras, hospitales, estadios deportivos, dragó ríos, equipó ciudades enteras en la miseria urbana, rescató regiones marginadas…

Abanderó luchas sociales contra el feminicidio y todo tipo de intolerancias y discriminaciones florecientes al boom del supuesto progreso neoliberal. Alentó y promovió batallas contra las libertades sexuales, y cumplió con su cometido.

Esta columna completa puede consultarse en la página de este diario www.elindependientedehidalgo.com.mx

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