Fernando Soto M

“El cuidado de la felicidad general de todos los seres racionales y sensibles es el negocio de Dios y no del hombre más adecuado a la debilidad de sus poderes y la estrechez de su comprensión; el cuidado de su propia felicidad, la de su familia, sus amigos, su país” Adam Smith Esta nueva pandemia es un recordatorio a una sociedad individualista con más interconexión que en ninguna época de la historia, con una cultura que acuña ocio con plataformas digitales sociales, de teletrabajo, cine, música, museos, deporte, comercio hasta religión. Para evitar contagios masivos se invita a un aislamiento y los sectores productivos empezarán a tener estragos, no se produce ni se consume suficiente. En esta cuarentena los sectores económicos que se mueven en un estadio estacional han roto una estructura económica de otros sectores.

Este shock epidemiológico afectará la economía y la microeconomía por los irresponsables que especulan con bienes normales e inferiores a precio de superiores, ese egoísmo causa pánico en todos los mercados. Si esta situación se prolonga los efectos del shock estarán en manos de las instituciones que administran la macroeconomía y las decisiones de política económica serán fundamentales en las próximas ocho semanas.

Cabe preguntarse cuánto tiempo tenemos que mantener estas medidas y acciones perturbadoras o agresivas que rompen la disciplina que alteran la armonía de la actividad económica. Las empresas reducirán costos y despedirán trabajadores, se cortará el flujo de créditos y fondos, entonces la economía real se paraliza, en el sector financiero se afectarán utilidades de las empresas que cotizan en los diferentes mercados.

Pero qué nos depara en este voraz arranque de siglo XXI, en la llamada cuarta revolución industrial prometedora llena de expectativas científicas por la tecnología y la innovación con una visión futurista de haber roto el estigma de la utopía y se ha convertido en una distopía que arropa a la sociedad actual, una sociedad indeseable donde los gobiernos luchan con los ciudadanos para convencerlos de vivir con menos con criminalidad, violencia y pobreza menos marginal como dice Zygmunt Bauman.

En otros siglos germinaron obras de advertencia, críticas o soflamas que revelaban tendencias extrapoladas en finales apocalípticos como el comunismo de la guerra fría de mediados del siglo XX o la obsesión del control social de las democracias liberales y el control en los gobiernos totalitarios del último tercio del siglo con el neoliberalismo que se instauró con la doctrina del shock, una distopía de la cual es referente Milton Friedman, su creador.

Para explicarlo será suficiente reflexionar críticamente sobre el papel que juegan las tendencias imprudentes de los agentes económicos y su irracionalidad. Porque los modelos doctos y especializados mostrarán una postura teórica que quizá a veces no alcanza la realidad, pero son una verdad probada y, a pesar de ese negro panorama, hay futuro.

En una situación de este tipo cada ciudadano o empresa se enfrenta a un “dilema del prisionero” que muestra como los ciudadanos estarían mejor si alguien los coordinara. Y es el sector público quien debe tomar el liderazgo con política económica fiscal, monetaria y sectorial medidas tal vez poco ortodoxas buscando no perder estabilidad macroeconómica.

Así que el coronavirus es un arma del neoliberalismo o de la economía global. La tecnológica e innovación deben contribuir a ese favor que reciben en estos tiempos de pandemia como un acto de confianza o no sé si de convicción. Pero no hay que apanicarse. La historia muestra que siempre hay una solución a las crisis sociales políticas económicas como esta de salud pública mundial. ¡Sí hay futuro!

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