“El motivo de mi vida fue la biología y las cactáceas. Dediqué casi mis 100 años a mi ciencia preciosa. Gracias a ella vivimos, gracias a ella conocemos la naturaleza de la que somos parte”

¿Qué es la vida?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿de qué vivimos?, ¿por qué vivimos? Puedo seguir preguntándome tantas cosas sobre la vida que no terminaría. Existen tantas respuestas cuando nos hacemos esas preguntas y, son de acuerdo a la persona, como la ve y vive, representan circunstancias de nosotros y serán completamente diferentes. Para la biología, término introducido en Alemania en 1800 y popularizado por el francés Jean Baptiste de Lamarck, para reunir un número creciente de disciplinas que se referían al estudio de las formas vivas (Curtis Barnes, 1994). Es en sí, la ciencia de la vida, ella se dedica al estudio de los seres vivos y todo lo que con ellos se relaciona; porque casi todo lo que existe en este planeta llamado Tierra es ser viviente, somos seres vivos con sistemas muy complejos que se estudian desde múltiples aspectos.

El campo de la biología es inmenso, abarca niveles de organización de complejidad tan diversa y son numerosas las ramas y las ciencias en que se divide, todas ellas ligadas íntimamente entre sí, como ramificaciones y proyecciones distintas de un único fenómeno: la vida.

Las cactáceas, plantas exclusivas de América con flores dentro, suelen ser resistentes a la sequía porque es parte de ellas ser agradecidas, su bienestar depende de cuidados y no se puede omitir que su belleza es natural y, efectivamente, así es la mujer, por lo que hoy traigo una auténtica especie de vida.

Villa de Mixcoac vio nacer esa bella flor un 30 de septiembre de 1901, año en el que nuestro maravilloso México se encontraba gobernado por don Porfirio Díaz, que como mandatario realizó diferentes gestiones para que el país sobresaliera, y más aún en la ciencia por la que tenía fascinación, como Helia tenía extraordinarias calificaciones, le hizo llegar un reconocimiento firmado por tal desempeño.

Con abuelos maternos de origen inglés y los paternos mexicanos que radicaban en Guanajuato; sus padres Carlota Hollis y Manuel Bravo, mexicanos, le fomentaron respeto por la naturaleza y todas sus criaturas en un ambiente de amor familiar; aunque su fascinación por la naturaleza poco a poco fue tomando fuerza con las visitas que realizaba a los bosques de encino, de los que disfrutaba en días de campo junto con su familia; bosques que en la actualidad son conocidos como avenida Revolución y avenida Río Mixcoac en la Ciudad de México, (Conabio).

Sus estudios de preparatoria fueron en la Escuela Nacional Preparatoria, ahí tuvo como profesor a Isaac Ochoterena, quien le reforzó el amor por la naturaleza y le dio firmeza por la biología específicamente; tuvo la fortuna de conocer a los muralistas Diego Rivera y Clemente Orozco mientras pintaban las paredes de la escuela; lugar hoy conocido como el Antiguo Colegio de San Idelfonso, precioso museo cercano al Zócalo.

Inició sus estudios en medicina y para su fortuna, en 1924, la UNAM abrió la carrera de biología y sin duda alguna inmediatamente se inscribió al programa, convirtiéndose más tarde en la primera bióloga titulada en el país; ya como egresada, trabajó como docente en la universidad.

Cuando la universidad obtiene la autonomía y Ochoterena es nombrado como encargado de lo que después sería el Instituto de Biología, en 1929, Helia es nombrada para formar el herbario, encargándole el estudio de las cactáceas, una de las familias que identifican a México, puesto que esas no se encuentran en otra parte del mundo: cactus, chollas, nopales y otras 700 especies de nuestro país.

Conocida como la maestra Bravo; le gustaba que así le llamaran, dedicó gran parte de su vida al estudio de las variadas cactáceas, difundió su conocimiento, su investigación tenía gran trascendencia, uno de sus reconocimientos que fue galardonada, destaca el Cactus de oro que le otorgaron en 1980 por el principado de Mónaco, por sus estudios en cactáceas.

En 1985, la UNAM le otorga el grado de doctor Honoris Causa y en 1989 se le designa investigadora emérita. En 2001, el gobierno federal la reconoció por su contribución a la conservación de los recursos biológicos. (Arias, 2002).

Más allá de los títulos, premios y el legado incalculable que dejó Helia Bravo, se le reconoce en la botánica como la madre que bautiza con su nombre a numerosas especies y subespecies cactáceas como: Heliabravoa chende, Airocarpus bravoanus, Opuntia bravoanus, Opuntia heliabravoana y Opuntia heliae, entre muchas otras. Como persona, se distinguió por su sencillez, exigente en el trabajo y rigurosa en el cumplimiento pero muy honesta en su labor, una mirada azul desde los que emanaba el amor que siempre demostró a la naturaleza.

Helia Bravo Hollis no fue girasol, ni fue clavel, fue una flor con espinas, pero rosa no podía ser, era una mujer de carácter que conquistó a la ciencia con su inteligencia y un poco de curiosidad, que bastaron para que la botánica se rindiera a sus pies y es así que se le reconoce, como una flor cactácea y, como toda flor, después de 99 años, habría de marchitarse.

“Una mirada azul, de los que emanaba el amor que siempre demostró a la naturaleza”.

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