La orden hospitalaria de San Juan de Dios en Pachuca

El portugués João Cidade Duarte fue el fundador de la orden hospitalaria de San Juan de Dios, también conocida como los juaninos. La pasión de este hombre a favor de los enfermos en las postrimerías del siglo XV no pasó desapercibida para el arzobispo de Évora, quien le concedió a João el uso del tosco hábito y lo nombró superior de un grupo de hombres que siguieron su ejemplo. Hacia 1571, él y sus compañeros obtuvieron la aprobación de la orden por la que se erigió en congregación religiosa hospitalaria.

Su labor se extendió con gran ímpetu en Portugal y España, y hacia 1586 se constituyeron como Orden Hospitalaria con reglas y superiores propios. Establecidos en la Nueva España, la obra hospitalaria de los juaninos atravesó por tres etapas. La primera (la más importante) fue de expansión (1604-1649) y abarcó los primeros 50 años del siglo XVII. En esta etapa, los hermanos hospitalarios lograron fundar la Provincia del Espíritu Santo, que con el tiempo llegó a contar con 50 hospitales. En la segunda etapa de expansión sostenida, se construyeron más hospitales (1650-1699) y la última (1700-1750) que corresponde aproximadamente al siglo XVIII y a los primeros 20 años del siglo XIX, casi cesó la construcción de hospitales. En este último período se fundó el hospital de Nuestra Señora de Guadalupe en Pachuca. A pesar de haber sido fundada en 1534, Pachuca tuvo que esperar casi 200 años para tener un hospital. Fue el 12 de julio de 1725 cuando el cabildo obtuvo la licencia episcopal para abrir el hospital. Para la erección no se contaba con más bienes que una capilla llamada de Nuestra Señora de Guadalupe, que iba a ser la iglesia del hospital. Anexo a ella se iba a levantar el hospital. Con el fin de sostenerlo, los mineros se comprometieron a dar un partido de las minas. Todo lo demás que hiciera falta se consiguió por medio de la limosna. Los frailes estaban conscientes de la dificultad de la empresa y a pesar de ello, se lanzaron a realizar la fundación y gracias a la generosa limosna, se construyeron la enfermería, la habitación de los hermanos hospitalarios y la nueva iglesia. El año de fundación del hospital en Pachuca correspondió a un período de gran devoción hacia la virgen de Guadalupe, de ahí que los hospitalarios optaran por asignarle el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe. Complicados fueron los trabajos para la construcción del hospital, sin embargo para marzo de 1728 había sido concluido. Al respecto, La Gaceta de México informaba que “…hallarse muy adelantada la fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, y fundación del hospital de San Juan de Dios y haberse alebrado su día con la solemnidad posible, que corrió a cuenta de la religión de San Agustín siendo el orador el R. P. lector jubilado Juan de Sevilla, prior del convento de Epazoyucan”. El hospital era de dos plantas con amplios corredores, patios y jardines. Había en él, habitaciones para los frailes, las oficinas propias de todo hospital y sala de enfermos, pues no recibían mujeres. Se contaba con todo lo necesario para la atención de los enfermos. En el hospital había camas, colchones, frazadas y material de curación. Los bienes del hospital eran dinero colocado a réditos y limosnas. Para el cuidado de los enfermos, se contaba con cuatro hermanos hospitalarios, uno de los cuales era sacerdote. Sin embargo, ellos mismos consideraban que su personal era escaso y pidieron al visitador de su orden, en 1774, que aumentara su número a seis. La información que disponemos acerca de la infraestructura del hospital proviene de la visita que hiciera fray Pedro Rendón Caballero, visitador hospitalario, que en el período de 1772-1774 acudió a todos los establecimientos de la orden establecidos en Nueva España: “…Y registrado lo que contiene en la enfermería, se reconoció estar con número competente de camas, colchones, fundas, almohadas, frasadas, ropa blanca y con lo demás que conduce a la hospitalidad y para el abrigo, aseo y decencia de nuestros pobres enfermos…” Las enfermedades; en promedio cada año se atendían 262 pacientes con diversos padecimientos que iban de simples infecciones, hasta enfermedades graves como la peste y la sífilis. Además por ser región minera abundaban las lesiones por accidentes de trabajo como fracturas de huesos, mutilaciones y amputaciones. El hidrargirismo o mercurialismo, padecimiento de los mineros, fue un trastorno patológico grave debido a la contaminación del cuerpo con mercurio. La anquilostomiasis consistía en una infección intestinal causada por un gusano parasitario que causaba hemorragias intestinales. Esta enfermedad la padecían los mineros debido a las pésimas condiciones sanitarias al interior de los socavones. Fuera de las minas, la población en general también quedaba expuesta a los efectos de la enfermedad. Las enfermedades respiratorias eran las principales causas de consulta e internamiento en el hospital. Se atendían enfermos con tos crónica, catarros, dolores de garganta, oídos y en casos graves la neumonía. Los mineros también eran atendidos de silicosis, enfermedad provocada por el polvo de sílice que se aloja en los pulmones. Por la escasa higiene, las enfermedades adquirían con frecuencia características epidémicas incontrolables que superaban la intensidad de las oraciones de los hermanos hospitalarios. En medio de esta situación, la muerte hacía acto de presencia y la ciencia médica de la época no podía hacer gran cosa. Los benefactores; como se trataba de una obra piadosa que promovía la caridad cristiana, muchos fueron los benefactores del hospital: mineros, vecinos, autoridades locales y algunos propietarios de minas como Pedro Romero de Terreros, primer conde regla, que aportó 20 mil pesos. Sin embargo, los principales benefactores del hospital fueron el virrey marqués de Casa Fuerte, el arzobispo fray José de Lanciego y Eguilaz y tiempo después, el arzobispo y virrey Francisco de Lizana y Beaumont. Sección para mujeres; con el paso del tiempo se hizo necesario ampliar los servicios médicos para la población femenina, para lo cual se contó con la ayuda del arzobispo y virrey Francisco de Lizana y Beaumont, la sección para mujeres inició sus servicios el 8 de septiembre de 1809. Para que esta sección no consumiera los recursos financieros del hospital, se le dotó de capital propio. La cotidianidad al interior hospital; los hospitalarios contaban con un reglamento para el funcionamiento de sus hospitales, el cual se apegaba a las normas de caridad y atención a los enfermos ideadas por el fundador de la orden. Abarca los aspectos referentes a la organización y atención de enfermos, por ejemplo “…a las cinco de la mañana deberá levantarse el enfermero de semana con un moso a hacer la limpieza de servicios, bacinicas y escupideras, haciendo el enfermero se haga esta operación con el mayor aseo y limpieza para que estas piezas tan asquerosas no causen mal olor. El practicante de cirugía con el moso destinado para este departamento empezará su curación debiendo tener su aparato habilitado de toda medicina correspondiente como el cajón con y los hilos y el correspondiente género para compresas y bendajes, según lo pida la curación. Concluida la limpieza, barrerán y sacudirán todas las enfermerías dando su sahumerio para quitar cualquier olor desagradable”. Finalmente, la atención religiosa y el servicio espiritual al enfermo no se descuidaba, ya que desde la perspectiva de los hermanos hospitalarios, lo espiritual contribuía al restablecimiento de la salud de los enfermos: “A las siete y media de la mañana, deberá ocurrir el padre capellán en compañía del practicante mayor o enfermero para que éste le entregue la papeleta de oraciones, beaticos o santos oleos, siendo de la obligación del enfermero o de un criado que lleve la silla en que se ha de sentar el padre a confesar debiendo darle un poquito de sal volátil para que no se contagie con los malos humores de las varias enfermedades que hay”.

* Investigador de la UAEH-ICSHU

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