Feria del libro: el engaño literal

Hay una hermosa, por lo precisa, traducción de una máxima de Tom Sawyer cortesía de Dan Simon (estoy casi seguro que es de él), que dicta: “la diferencia entre la palabra correcta y la palabra casi correcta, es la diferencia entre una centella y una centolla”.
Una letra…
Una letra y la distancia entre significados alcanza proporciones considerables. En el ejemplo de la frase inicial, el distanciamiento que logra una sola letra es entre un humilde crustáceo comestible y un brillante meteoro celeste. Con este sencillo parámetro es de fácil deducción que entre una palabra y otra la lejanía es aún mayor si no es utilizada la adecuada; tan precisa y delicada es la literatura.
Una letra.

Le platico esto porque…

En la mayoría de las ferias del libro, si no es que en todas, los personajes involucrados en su realización aseguran que estos eventos fomentan el ejercicio de leer, cuando entre la lectura y el libro hay una diferencia tan sutil como entre una centella y una centolla.
En estas ferias el invitado principal es (literal) el libro: comerciado, mostrado, difundido, intercambiado, criticado… Y quedan relegadas la lectura y la escritura, personajes involucrados también (sorpresa, sorpresa) en la creación del texto. Puesto que ¿a cuántas personas ha visto leyendo en una feria del libro? ¿O escribiendo?
Vale, resulta complejo que un ejemplar sea escrito en lapso tan corto, sin tomar en cuenta que también es necesaria la edición, corrección, empastado, diseño, etcétera, pero son posibles otros ejercicios de escritura como la elaboración de poemas o cuentos que por su extensión son de fácil manufactura (de materiales únicamente es indispensable papel, tinta y mano de obra creativa), aunque la calidad quede un poco comprometida por las prisas, fomentaría la creación literaria mediante el ejemplo.
O cuando menos, incentivar la lectura mediante su práctica es una buena idea, empresa para la cual es necesario un bajo recurso y casi nada de material, ya que puede realizarse (mucha atención para los organizadores) mediante dos sencillos pasos: 1) tomar un libro y 2) leerlo.
Este simple acto promueve más la lectura (sic) que cualquier publicidad, cartel de vivos colores o incluso (aquí me estoy arriesgando) cualquier feria del libro.

¿Tons?

Las ferias del libro son de mis lugares favoritos y donde más sufre mi bolsillo, lo que me incomoda (a parte de los precios, que siempre serán elevados al tratarse de libros) es la absurda reiteración que son espacios culturales que fomentan la lectura cuando, como le mencioné arribita, es raro ver a alguien leyendo (ni que fuera feria de la lectura).
Si en algún momento se topa con algún comentario o publicidad asegurando que las ferias del libro fomentan la lectura, tenga la certeza que el personaje que extiende tal declaración es un embustero, ya que, y estoy seguro que Dan Simon concordaría conmigo, entre el libro y la lectura hay más de una letra de diferencia.

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