Segundo viaje al centro de Pachuca

“Mezcla de concierto de rocas grises,
el gris compendio de colores,
se filtra en aquel abigarrado manto
con tonos de azulados, ocres o dorados”
José Villa Moreno.

26-pag8-n1Ahora sí “a darle que es mole de olla”, con estas típicas palabras que continuamente pronunciaba la abuelita de Los Místicos para indicar que iniciaría la acción, ya fuera desde las labores diarias, como ingerir los diferentes alimentos, salir rumbo a la escuela, ir a pasear “al centro”, hasta el disfrutar del placentero sueño. Con esta disposición estamos por fin, en el viaje de Los Místicos al centro de Pachuca, al pie de la cañada del Tulipán.
A la derecha, los restos de la antiquísima construcción de la primera hacienda de beneficio de patio, la Purísima Concepción; al frente, la puerta de hierro que separa la pequeña plaza con el viejo y oscuro socavón Girault; y a la izquierda, la hacienda de Loreto, antiguamente junto a la de La Luz.
Los recuerdos y la pasión por el pasado minero, que no es otra cosa que el recuerdo crónico de la vieja villa de esta Real de Minas de Pachuca, nos condujeron hoy desde la antigua plaza real –plaza Constitución– frente a los viejos y hermosos portales de la primera alhóndiga de este real minero, construidos con lo que hace más de un siglo se le llamó cantera de Pachuca (cantera de Tezoantla), hasta llegar a este lugar, al que muchos años después se le llamó Purísima Grande. Aquí, en este sitio, el minero Bartolomé de Medina, que algunos románticos de la crónica llamaron “alquimista”, puso en práctica el proceso de “amalgamación”, es decir, el de “beneficio de patio”, en la segunda mitad del siglo XVI.
Este aventurero europeo fue un minero en toda la extensión de la palabra, pues resultó un auténtico investigador sobre la plata y el oro; un prospector, es decir, un buscador de las vetas y dueño de laboríos argentíferos. Después la sabiduría popular, por extensión, daría el nombre de “minero” a todo aquel trabajador de la industria, ya fuera de superficie o bajo tierra.
Por purísima entendemos lo que está sin mancha, sin mácula, la que está perfectamente limpia y, como acepción, la inmaculada. La Purísima Concepción es una advocación de María, Madre de Jesús, y que se refiere a la limpia y pura concepción (sin haber conocido varón) de Jesús, es decir, sin pecar. Los conquistadores llegaron a tierras americanas con estas creencias religiosas, y trataban de ponerle nombre de sus santos a todo lo que subyugaban, lo que fundaban o descubrían. Así nace el nombre de esta hacienda de beneficio de patio Purísima Concepción.
Don Nicolás Soto Oliver nos dice que hasta nuestros días sobrevivieron dos nombres en esta comarca de los cuatro reales mineros. Uno por ser el de un genio de la minería, investigador, prospector y minero: Bartolomé de Medina. El otro, junto con su descendencia, por ser sí minero, dueño de ricos laboríos y creador del Monte de Piedad, pero lo principal, por “ruin”: don Pedro Romero de Terreros, conde de Regla. En alguna otra entrega comentaremos la vida de los tres condes de Regla, Pedro, Francisco Javier y José María.
Parados aquí en este lugar frente al acceso de la hacienda de Loreto, ahora casi desierto, queremos recordar cuando en este mismo sitio había cientos de hombres recios, trabajadores, y no dejar al olvido que casi todo destruye, lo que conocimos algunos de Los Místicos y lo que también nos contaba la abuelita, ya que de minería sabía y conocía un buen trecho, y cómo no si fue nieta de “achichinque”, que era el que sacaba el agua del fondo de los tiros, hija de “barretero”, oficio desaparecido sustituido por el de “perforista”, esposa de “rayador”, y madre de trabajadores de diferentes oficios en las entrañas de la tierra.
Para 1962, y aún antes, aquí frente a estos laboríos mineros que aún eran la cúpula, donde nacería la industria argentífera en esta hermosa villa, una de los cuatro reales mineros. Aquí muchos trabajadores pusieron sus pies para ingresar a los socavones y descender a las diferentes catas, cueles, frentes y bocaminas; allá donde el aire es menos puro y el tiempo transcurre más despacio, pues desde que se ingresa todo es oscuro.
Ahí estaban sin importar que se “partieran el lomo” para que pocos, sí muy pocos, se llevaran a otros lugares el producto de su esfuerzo, su sudor, su cansancio, sus lágrimas y, en muchas ocasiones, su vida, dejando solo una miseria. Hombres de la seca a la Meca, de prisa siempre, por las mañanas o a la hora de su ingreso a la mina, regresando a sus hogares al término de su jornada. Siempre debajo de la tierra en los diferentes niveles, sin importar el agua, el frío o el calor.
“Mineros”, grandes hombres, trabajadores extraordinarios, decididos día tras día a enfrentarse a la muerte, ya que nunca sabían si regresarían a sus humildes hogares, sin tiempo para monsergas. Forjadores de la antigua villa minera, después ciudad de Pachuca, ejemplo entre la transición de la industria minera y la “modernidad” contemporánea. Ahora y siempre sin reconocimiento en la economía de la ciudad, ya que tuvieron una destacada e importante participación en el desarrollo de Pachuca hasta fines del siglo XX, por los años 80.
No queremos despedirnos sin dejar de comentar lo que la abuelita decía en tono de broma sobre los mineros: “burros del mismo pelo siempre jalan juntos”, lo que también aplicaba a los pelones de Patoni.