La mano de Dios

–¡Escúchenme! Es tiempo de arrepentirse. Es momento de limpiar nuestros pecados. Debemos perdonar a quienes nos ofendieron y pedir indulto a quienes herimos en el pasado. Tenemos que llevar una vida ejemplar. De lo contrario la mano de Dios bajará de los cielos y arrasará esta ciudad. Lo he visto. Este ojo que aún tengo vio cómo el pueblo más allá del desierto fue arrasado en un instante. Primero se sintió un gran temblor, después el trueno retumbó para que las nubes se separaran y Su mano descendió para abrir la tierra. ¡Escúchenme! Y luego en la siguiente ciudad, atrás del gran árbol, ahí perdí un ala. Esa vez fue más terrible, apenas escapé de Su poder, la mano bajó de nuevo y desprendió la tierra de sus entrañas para llevarse a todos los que no son buenos. ¡Escúchenme!
Pero todos en el zócalo central pasaban alrededor del escarabajo-profeta sin prestarle atención, ¿por qué debían hacerle caso? En Ciudad Insecto había prosperidad, la tasa de crímenes estaba cerca al cero (excepto por alguna que otra queja a la policía por los ruidosos grillos que no dejaban dormir), y todos tenían tanto trabajo que difícilmente había tiempo como para pecar u ofender a alguien más, a penas y alcanzaba el día para vender y comprar semillas o raíces.
–¡Escúchenme!– continuó el escarabajo-profeta– sé que vendrá, debemos honrarlo antes de que baje Su mano una vez más y nos destruya. O deben irse de aquí, está muy cerca. ¡Escúchenme!– pero nadie le hizo caso.
Por la mañana del día siguiente, cuando la vida despertó en Ciudad Insecto (excepto por lo grillos, esos parecían no dormir nunca) las calles comenzaron a llenarse de comerciantes, el mercado inició labores con idas y venidas, y nadie vio de nuevo al escarabajo-profeta, pero todos interrumpieron sus quehaceres cuando se escuchó un sonido lejano, como de tormenta, después una ligera vibración, que comenzó a incrementar.
La tierra tembló, las casas se cuartearon, todos comenzaron a correr, después se escuchó el trueno, el terrible trueno, el Sol se oscureció de un momento a otro y vieron que bajaba, lenta, mortal y metálica: la mano de Dios, la cuchara de una máquina excavadora.
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