Tiempo de cambio

Nancy no quería hacer el cambio. Sin importar cuánto le dijera su familia, sus compañeros y en la escuela que debería hacerlo porque “así debe ser”, Nancy no quería hacer el cambio, estaba contenta así como era, toda verde con manchas marrones.
Era feliz con sus paseos por la ciudad, caminando con todas sus patas mientras se perdía en caminos y cavilaciones, sin necesidad de esas tontas alas que todos insistían eran indispensables para ser libre, para volar por donde quisiera. Pero ella ya volaba, a su manera: sus pensamientos iban de aquí para allá a su antojo, hasta las puntas de los árboles, se metían en la corteza e imaginaba todos los caminos secretos que había en ellos, luego su imaginación escarba la tierra y observar pasadizos secretos repletos de criaturas fantásticas que nadie más podía imaginar, después veía hacia arriba, más allá de las hojas y las copas de los árboles y tocaba las nubes, el cielo, el Sol… esas cosas donde ningún par de alas podría llegar.
Pero llegó la época de cambio y todos sus conocidos, incluidos sus hermanos y hermanas, estaban ya metiéndose en sus capullos. Intentó escapar de casa, pero su hermana mayor la detuvo y la obligó a que hiciera su crisálida.
Nancy comenzó a envolverse, despacio, muy despacio, en lo que se le ocurría una idea para huir, para salir disparada con todas sus patas en cuanto su hermana se distrajera, pero se quedó ahí esperando que terminara. Desesperada, cuando solo le faltaba cubrir su cabeza, a Nancy se le ocurrió un plan que tal vez funcionara: dejó un pequeño hueco en su capullo.
Después esperó. Le habían enseñado que, tras envolverse, tendría mucho sueño y dormiría muchos días, pero ella estaba completamente despierta, ansiosa ya de salir de su inútil capullo para seguir paseando por la ciudad e imaginar aventuras, recorrer todos los árboles sin despegar las patas de la tierra, caminar por la nubes y jugar con el sol sin peligro de caerse, corretear todas las gotas cuando caen en lluvia hasta que terminara toda empapada y tuviera que…
Nancy se durmió.
Cuando despertó estaba sola. Los capullos a su alrededor, vacíos.
Su plan funcionó a medias: seguía siendo verde con manchas marrón, y aún tenía todos sus pares de patas, pero le crecieron un par de alas diminutas que no servían para que despegara. Intentó usarla, pero eran demasiado pequeñas, solo eran un adorno. Mejor así, se quedaría en su ciudad con sus paseos y aventuras.
Salió de casa y comenzó su anhelado paseo, pero las vías estaban vacías, a su alrededor todo era silencio y capullos abiertos, vio unas mariposas que revolotearon entre hojas y ramas, si eran sus hermanos o hermanas no los reconoció, tampoco a ella la reconocieron y se fueron dando tumbos en el aire.
Tal vez no era una buena idea, pensó Nancy. Tal vez debió hacer lo que lo demás hicieron, ahora estaba sola, ahora comenzó a extrañar a su familia, sus compañeros.
Desconsolada se sentó en una pequeña piedra, tomó una hoja caída y empezó a mordisquearla. Escuchó un ruido a su espalda, se quedó paralizada. Se suponía que no había nadie más. De nuevo el ruido.
La reacción de Nancy fue instintiva, se hizo bolita y se quedó quieta, muy quieta. Nada pasó durante un rato.
–Hola– dijo una voz.
Nancy siguió en bolita, lentamente comenzó a desenroscarse, y vio a la propietaria del ruido y la voz.
–Hola– repitió de nuevo–. Soy Elena. ¿Tú cómo te llamas?
–Soy Nancy… y tú… tú también tienes…
–Así es. También tengo alitas como tú.
Nancy ya no estaba sola.

[email protected]