De la joda a la brisa

Para qué quiero esta vida tan infausta, si en este mundo solo he sido un desgraciado”. Una guitarra, un requinto y un salterio, así como las voces cansadas, nostálgicas y campiranas de un dueto donde la voz femenina sobresale a la del varón es lo que apenas, con sonidos casi apagados por el interminable, sinfónico, rítmico y muchas veces ensordecedor ruido de la descarga de enormes tolvas, así como el martilleo armónico de gigantescas trituradoras, se oye en esta pequeña y abarrotada plaza de acceso a la hacienda de “cianuración” de Loreto.
Es la segunda mitad del siglo XX y en este viaje al centro de Pachuca de Los Místicos retomamos el recuerdo de lo que algunos alcanzamos a “barruntar” junto con el eco lejano de las pláticas de la abuelita. Tratamos de reconstruir aquí, al pie de los antiguos laboríos mineros de la villa de Pachuca y Real de Arriba, que por los años de 1930-1940 fueran el primer producto de plata a nivel mundial, lo que se vivía en un sábado de “raya”, de pago.
Es una mañana obscura como un viejo tiro. Son las 6 horas, el sonido de la melancólica letra y la música viene de la pulcata La Brisa y es emitido por una vieja sinfonola de cinco centavos por canción. La pulquería está ubicada frente a Loreto, al pie del antiguo barrio La Motolínica, hoy Españita. La plaza está llena de mineros arremolinados en los puestos mañaneros de diferentes giros; hay trabajadores de 10 a 12 años que desempeñan el oficio de morrongos-tlacualeros, también algunos en plena adolescencia, entre los16 y 18 años, a esta edad ya trabajaba en la Real del Monte como ayudantes de cocheros (peones). También podemos ver ademadores, perforistas, carpinteros, herreros, mecánicos, bomberos y algunos oficios más. Un calesero es don Perico, “joven señor” curtido en las labores mineras, experto malacatero de la mina de San Juan. A todos sin falta los uniforma el portar, terciado al hombro, un “guangoche” o “catahuila”, donde transportaban su alimento que comían abajo, al interior de la mina, que consistía en tacos, café, agua o té.
“Dónde están esos ojos soñadores, mi corazón llora y suspira pues le hace falta el calor de sus amores”. Aquí, donde el viento de la vieja cañada minera trae emanaciones de nostalgia, aún se escucha cada vez más fuerte la melancólica canción de la sinfonola de La Brisa. Algunos jornaleros antes de entrar a las entrañas profundas y oscuras, se detenían de prisa en el puesto de don Policarpo que alegremente servía, en pequeños y “despostillados” jarros de barro vidriado y de botellas de oscuro verdoso y grueso tapadas con un pedazo de “olote”, los estimulantes “amargos” con aguardiente de “pilón” encurtido con tejocote, guayaba, ciruela-pasa, algunas hierbas de olor o condimentos como clavo y aromática pimienta, también había de cedrón, para quedar únicamente a “medios chiles”.
La abuelita de Los Místicos nos platicaba, hasta dejarnos con la boca abierta y pedir más, de los diferentes vendedores de esta plaza de acceso y salida de Loreto, recordando con mucho agrado el relato de una hermosa y pequeña mujer, de la que muy pocos sabían su nombre pero que todos la conocían por Yeye, vendedora de quesadillas mineras, muy madrugadora, pues a las seis de la mañana ya las estaba friendo.
Habitaba en el empinado, chueco y empedrado callejón Romero de Terreros; hija y nieta de mineros venidos cíclicamente de Guanajuato. Esta misteriosa dama de mejillas con agradables hoyuelos y piel de muñeca de sololoy, medía un poco más de 1.50 metros, muy delgada, joven y viuda de un trabajador de los terreros por el rumbo de La Rica y la antigua mina El Rosario.
De pelo largo casi negro como bocamina, recogido por la parte superior con una enorme peineta, ojos profundamente misteriosos y negros, muy vivarachos, tan obscuros y brillantes que parecían berenjena, enmarcados por cejas pobladas y negras que no hacían otra cosa que acentuar su belleza y rematando con unas pestañas pequeñas y tupidas, como las espinas del cardón cenizo del cerro El Cuixi. Su nariz, decía la abuelita de Los Místicos, era un agradable “pellizco”, resaltando un pequeño lunar en el labio superior. Todo esto en piel trigueña.
Los puestos de las vendedoras, pequeñas mesas de madera de pino rústico aparente, con un mantel de tela casi siempre bordado por ellas mismas con motivos del Mezquital, la Sierra, la Huasteca y hasta lo que muchos años después se valoró políticamente como tenangos; un buen bracero de lámina gruesa en los botes de cianuro de la mina, con carbón de encino o mezquite, un pequeño banco de la misma madera. Nunca faltaba el viejo, prieto, tiznado y útil quinqué de petróleo diáfano, que lo mismo servía para el trayecto del barrio a la plaza que para alumbrar el puesto. La abuelita de Los Místicos siempre comparaba al quinqué con los “maridos mineros”, decía que de nuevos alumbran “rebien” y mucho, y hasta calientan, pero con el tiempo, lo único que hacen es estar tizne y tizne…
Por hoy ha sido todo. La próxima semana continuaremos con este viaje.09-pag7-n1