El hombre bicentenario: quebrantando las leyes

Para celebrar el 200 aniversario de la Declaración de la Independencia estadunidense, en 1976, le fue encargado al despeinado, simpático, sonriente y siempre entrañable doctor Isaac Asimov la elaboración de una obra que versara sobre este tema, la única condición solicitada fue que el título sería invariablemente “The bicentennial man”, que bien podría traducirse como “El hombre bicentenario” o “El hombre del bicentenario”, un diminuto retruécano a los que el buen doctor era aficionado.
Este juego de palabras, mencionaría después Asimov, presentaba algunas dificultades: ¿cómo puede un hombre vivir 200 años? Para un robot es posible durar, que no vivir, esta cantidad temporal sin ningún inconveniente y apenas con algunas reparaciones, pero (según el propio doctor) un robot no es humano.
Entonces ¿cómo puede un hombre conseguir que su pastel de cumpleaños tenga 200 velitas? Asimov aseguró que tras pensarlo por algún tiempo (apostaría que no fueron más de cinco minutos) ideó la epopeya de un robot en búsqueda de su propia humanidad por ligeros problemas de programación, problema programático insinuado como el nacimiento de la consciencia en una inteligencia (sea artificial, humana o construida).
El resultado fue un cuento bastante emotivo sobre la intrincada naturaleza humana, que cuestiona que si un autómata, un robot de metal y silicona logra apreciar la vida humana ¿por qué no podemos hacerlo nosotros?
Es posible hacerse de “El hombre bicentenario” mediante la colección “Cuentos completos” uno y dos, editada por Punto de Lectura (está en alguno de los dos tomos), cuyo precio gira alrededor de los 200 pesos, también se encuentra en la editorial Tomo; en los románticos tiraderos de ferias de libro aún hay ejemplares de esta obra con la plusvalía que el costo no sobrepasa los 100 pesos, y en formato PDF está al alcance de cualquier conexión.

Robin Williams: ¿tercera ley?

En 1999 surgió la versión cinematográfica, en cuyo guion participó Robert Silverberg, amigo de Asimov y toda una institución que contribuyó a erigir la era dorada de la ciencia ficción, con quien además elaboró la novela El hombre positrónico, basada en “El hombre bicentenario”.
Robin Williams protagonizó un robot de la serie NDR, que deriva en el nombre de Andrew (a este juego de palabras era aficionado el doctor Asimov), quien emprende un viaje hacia sí mismo para lograr lo que por un mero accidente industrial no consiguió desde su fabricación: ser humano.
La actuación de Williams consigue materializar la idea original del entrañable doctor: mecánica y robotizada al inicio, repleta de gesticulaciones, errores y aciertos humanos hacia el final.
En la película, el personaje de Robin Williams se ajusta a las tres leyes de la robótica engendradas por el entrañable doctor, aunque fuera de la pantalla, el actor recién quebrantó la tercera ley: un robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando esta protección no entre en conflicto con la primera o segunda ley.
El actor se suicidó el 11 de agosto pasado; de estar todavía en el papel de Andrew, Robin Williams no podría lastimarse a sí mismo, aunque era demasiado humano para cernirse a tan robóticas normas, demasiado humano para lidiar con su dolor interno, demasiado humano también para comprender la felicidad, la que cultivó y propagó en cuanto personaje interpretaba.
Aunque, en un análisis más asimoviano, Robin Williams también quebrantó la primera ley: no hacer daño a un ser humano o permitir que un ser humano sufra daño.
Su ausencia daña y dañará a muchas personas, pero en su vida descifró la incógnita de Asimov. ¿Cómo puede un hombre vivir más de 200 años…? Siendo un buen amigo, siendo un buen actor, siendo un buen maravilloso, siendo como fue Robin Williams.
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