“Los sonidos de la brisa”

Dime prieta de mi vida, dime ya si es que me quieres, ya no escondas tus amores, di que soy de tus quereres”. Continuamos aquí en la plaza de acceso a la hacienda de Loreto y al socavón Girault donde los pensamientos nos llenan de recuerdos, retroceden a los primeros años de la segunda década del siglo XX. Escuchamos clara la música que sale de una vieja sinfonola de la pulcata La Brisa, ubicada al término de la calle de Iturbide hoy Venustiano Carranza, frente al viejo puente Loreto, sobre el socavón que conduce las aguas de la Sierra de Pachuca a la cañada del Tulipán, siempre por el subsuelo de la antigua mina de San Juan y en Loreto para desembocar al hoy prisionero Río de Las Avenidas, formando la cuenca del viejo cauce junto con las cañadas del Rosario y Texinca.
Nos agolpan diferentes pensamientos, sensaciones y emociones, solamente saboreamos los recuerdos del rico Real de Minas de Pachuca; en este viaje de Los Místicos y sin poder recuperarlos totalmente, más que en una parte de la memoria, como hermosos fantasmas jamás olvidados.
La ciudad que vivimos y conocimos en parte, y mucho nos platicaron nuestros viejos, ahora la confrontamos en el recorrido de estos románticos amantes del centro de Pachuca, el cual sigue en peligro de extinción luego de ser devaluado por las autoridades, siempre interesándonos en una ciudad viva, con sus trabajadores mineros de los túneles, tiros y socavones, sus diferentes vendedores de esta plazuela, los cuales estaban estrechamente vinculados a la actividad de producción platera, los diversos alimentos que ofertaban, así como sus orígenes, su forma de vivir, vestir, ser y pensar.
“Antes que te conociera yo ya te soñaba y en los ángeles del cielo casi siempre te miraba…” La música, la melancolía, la letra… la música.
La abuelita de Los Místicos continúa platicándonos lo que pasaba en este lugar de acceso y salida de los laboríos mineros a las seis de la mañana, nos dice: “doña Chofi, una anciana muy blanca, casi colorada, a quien los vecinos del barrio decían güera de rancho, ojos casi claros como el tomate serrano, bajita de estatura, de edad indescifrable que a Matusalén causaría envidia, cubierta todo el tiempo de la cabeza con una viejo rebozo de Tulancingo, tipo de Santa María, con la enagua de manta cruda, cruzada, bien agarrada a la barriga con un refajo”.
Tenía el rostro completamente arrugado, que difícilmente había un espacio para un surco más; ajado totalmente de la frente al cuello, que parecía un trapo muy usado. Por entre la oreja y el rebozo se alcanzaba a escapar un mechón de cabellos, tan blanco que en momentos asemejaba al hermoso color de la cantera con que está edificada nuestra famosa y centenaria torre del Reloj.
Ella preparaba muy alegremente y vendía únicamente los muy buscados para el momento de la mañana, tamales de hoja de totomoxtle, hoja seca de maíz, muy ricos decían los trabajadores, rellenos las más de las veces de ayocote, frijol muy grande y morado, acompañado de un picoso, condimentado y martajado chile verde, este machucado todo el tiempo en metate con abundante cilantro, ajo y cebolla, que de lo picoso a diario recibía comentarios como: “doña Chofi, ahora sí amaneció enojada, se le pasó la mano con el chile en los tamales”, a lo que ella respondía sin abandonar la seriedad que le caracterizaba: “si no pica no sabe”. También en ocasiones los elaboraba de habas verdes y tiernas con el mismo condimentado chile y tomate serrano.
Los que conocían a doña Sofía decían que era oriunda de los rumbos de Cerro Colorado, para arriba del Grande, de Atotonilco. Viuda de la mina (porque para estos años muchos trabajadores morían “de la mina” muy jóvenes, difícilmente pasaban los 35 años, dejando huérfanos y viudas), con dos hijos jóvenes que le salieron muy buenos para el trago, para el pulque.
Ella habitaba en uno de los múltiples callejones que desembocan a la siempre concurrida, empedrada, empolvada y vieja calle de Humboldt. Todo el tiempo caminaba descalza, por lo que había desarrollado un enorme, grueso y fuerte callo en la planta de los pies que bien parecía suela de huarache de llanta, y lo que más lucían eran sus enormes uñas, tan grandes, decía la abuelita, como “cucharas de peltre”.
A ella no le importaba caminar sobre piedras, ni “la calor”, ni la lluvia, lodo o polvo; siempre seria, pensativa, escrutadora y dura; todo lo que había en su rostro reflejaba lo que para esta época vivía la mayoría de las familias de los jornaleros de las diferentes “catas” y socavones, los cuales fueron por mucho tiempo ruina y lamentos.
La música y canciones que la pesada sinfonola, con incrustaciones de madera e interiormente iluminada, dejaba escapar con esas letras bucólicas, tristes, apasionadas y nostálgicas, invitaba a los cansados mineros a pasar a degustar un buen pulque, ya que para las seis horas La Brisa estaba dando servicio.
Por hoy ha sido todo, continuaremos con este viaje la próxima semana.16-pag7-n1