Los orígenes del pulque

23-pag7-n1Esta mañana la memoria de la abuelita de Los Místicos se quedó pasmada, de repente, con la mirada perdida, balbuceó: “pulque bebida de los antiguos”, recordó que en este lugar, en esta tierra, antes de iniciar la actividad minera y convertirse en lo que fue el Real de Minas de Pachuca, vivían originalmente indígenas de tradición prehispánica: nahuas y otomíes o hñähñu (en su lengua). Habitaban en las faldas de los cerros, origen de los barrios históricos, junto a la rivera del río y sus humedales, que en ese tiempo eran muy limpios y naturales, producían y consumían el pulque, que le llamaban octli en náhuatl y ñogi o ñogisei en otomí.
El consumo de la bebida de los dioses, no era a voluntad, tenía una carga sacramental y estaba sometido a estrictas normas sobre la embriaguez, su control no significaba poder político y económico, era por el bien común, no habían fiscalidad alguna, ni aduanas que revisaran su calidad, mucho menos existían licencias para venta de bebidas embriagantes. En ese tiempo, ni La Veta de Santana, El Relámpago, Las Quince Letras, El Gran Golpe, La Veta o La Neida del barrio El Arbolito se conocían, “todas esas pulcatas no existían”; tampoco La Reina Xóchitl, localizada en la calle de Galeana, “arriba de la tienda de Gustavo como por el número 707, por ahí”, esa pulquería fue de la época minera y desapareció hace años. La reina original, la mujer indígena, fue hija de Papantzin, la misma a la que se refería el difuntito don Beto Salazar, cuando contaba que su hermosa casita de Santa Mónica, en Epazoyucan, fue la casa de la reina Xóchitl.
La abuelita recordó uno de los mitos y leyendas del origen del pulque: aquel relato de un lugar semidesértico del territorio de la cultura tolteca, en el que Papantzin, un campesino, descubrió el pulque. Cuando cruzaba un magueyal, el indígena vio que escurría un líquido hacia la tierra, que salía de entre las pencas de un maguey; de un Agave salmiana o atrovirens, se arrimó al maguey, de repente, le saltó un quimichi, un ratón del campo. El quimichi royó el moyolotl o corazón del maguey e hizo un agujero, de donde emanaba el líquido transparente, al probarlo a Papantzin le gustó, lo sintió fresco y muy dulce, era lo que los antiguos conocieron como neutli.
Con su cuchillo de obsidiana de la Sierra de las Navajas, que portaba en su maxtle, abrió el moyolotl para extraer el neutli, como pudo, lo echó en su guaje que llevaba cruzado al cuerpo, atado con un mecate de ixtle. Todo enguixado llegó a su hogar, ahí compartió el neutli con su familia y su hija mayor Xóchitl, les gustó tanto el jugo del moyolotl que Papantzin se volvió un jicote aguamielero; hizo costumbre consumirlo como alimento, lo extraía con un acocote, siendo el primer tlachiquero, ¡bueno!, después del quimichi. Un día, el neutli que sobró, guardado en una olla de piedra, se volvió como atolli; atole blanco espumoso y le salía un zumbido. Papantzin siempre curioso como un gato, con una jícara de barro crudo, sacó un poco del atolito y lo probó, tenía otro sabor, consistencia y olor, lo saboreó, le gustó, pues estaba muy fresco, tomó más de aquel atole, de repente, entró en un estado alegre, chistoso, se puso hasta rojo y sosegado, con el neutli agrio y fermentado. Aquel, al que los antiguos conocían como octli, los españoles lo llamaron pulque, por no poder pronunciar octli puliuhqui que era un octli muy fermentado, causante de embriaguez, aunque dicen los estudiosos que pulque es palabra de lengua antillana.
Como buen súbdito, Papantzin mandó a su hija Xóchitl con un jarro de barro lleno de octli, para ofrecer como cosa nueva al huēyi tlahtoāni Tecpancaltzin, el noble tomó aquella bebida, los efectos que le causó eran desconocidos e incontrolables, se puso de una actitud ligera y licenciosa; se holgó mucho. Sin control, olvidando su condición, educación y autoridad, estrujó a Xóchitl y la hizo suya; la desfloró, aún así, ella siguió siendo Xóchitl.
Para esconder tal falta, Tecpancaltzin mandó llamar a Papantzin, le dijo que en agradecimiento a su obsequio, el octli, le tenía unas mercedes para que su hija se cultivara; ella recibiría instrucción de los mejores maestros de ese tiempo, en matemáticas, astronomía, botánica y otras ciencias, prometió que se encargaría de la doncella. Trágicamente, resultó ser un engaño, ¡Xóchitl estaba encinta! Al notarlo, el padre traicionado enfrentó a Tecpancaltzin, el pobre padre murió a manos de un guerrero. Ante tal tragedia, la embriaguez fue sancionada severamente entre los antiguos, por ser “raíz y principio de todo mal y perdición”. Tiempo después, aún prohibida, la embriaguez causó otra tragedia, llevó a la caída del pueblo tolteca, de su tlahtoāni Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, quién al exceder el consumo de los cuatro jarros, lamentó sus actos y abandonó Tula.
Los antiguos se cuidaron de la embriaguez y la condenaban incluso con la muerte, (solo los ancianos que vivían más de 52 años podían, para apagar el fuego que los consumía, tomando todo el pulque que desearan). Algo llegó de eso a los días de las pulquerías del Real de Minas de Pachuca, ya que la abuelita de Los Místicos cree que para evitar a otras la tragedia de la reina Xóchitl, no se dejaba entrar en ellas a las mujeres. La mujer pedía a los coleguitas que le sacaran un “camión”, una jarra de más de un litro de pulque o se asomaban a la pulquería, a través de la puerta de persiana de doble hoja y a gritos ordenaban al pulquero. Había quien iba con el esposo y los hijos, ella esperaba afuera, a que le sacara el marido su “camión” se lo tomaba comiendo y con los niños a cuestas, en las inmediaciones de la cantina, escuchando que decían: “ya voy a dejar de ser borracho, ya voy a cambiar de vida, ya no tomo en chiquihuite porque todo el pulque se me tira”, o como la abuelita de Los Místicos decía: “agua de las verdes matas, tú me miras, tú me matas, tú me haces andar a gatas”.
Por hoy se acabó el espacio, nos vemos la próxima semana.