Historia de los maravillosos viajes y las campañas de Rusia del barón de Münchhausen

Tan tremendo y rimbombante título únicamente puede describir un libro con las mismas cualidades: divertido, descabellado, genial y con grado de dificultad 9.2 (algo así como “salto triple mortal con capirucho invertido”) para adquirirlo en versión impresa.
Mi corazón dio un salto cuando, hace algunas semanas, logré hacerme con un ejemplar del Barón de Münchhausen. No pudo ser de otra forma: ahí estaba, en la estantería más arrinconada de la librería, en la parte más inferior, en penumbras, resguardado entre libros contemporáneos y gorditos, como esperándome para iluminarme con sus páginas y, en especial, para iluminarme con su precio (68 pesos… gracias editorial Melsa).
El barón de Münchhausen es hilarante, divertidísimo por sus aventuras irreales y verosímil por su fantasía disparatada. Narra las anécdotas exageradas pero factibles de Karl Friedrich Hieronymus, alias barón de Münchhausen quien, cansado de participar del lado ruso en la guerra contra los turcos de 1740 a 1741, optó por una vida más bien placentera y pacífica, vivencia que podría pagarse debido a lo holgado de la fortuna familiar (ejemplo a seguir, si es que se cuenta con fortuna holgada).
Durante las parrandas con los amigos, embriagado más de imaginación que de cerveza (que siempre estaba como fiel acompañante), el barón de Münchhausen relataba sus aventuras durante sus campañas, como la ocasión que logró salvar el pellejo de una manada de osos polares disfrazándose como uno, o la ocasión en que dejó amarrado su caballo en la punta de un campanario, su extraordinario pero común viaje a través del centro de la Tierra para salir del otro lado del globo con apenas un rasguño (es de todos conocido que al viajar a través de la Tierra, apenas y se lastima).
Pero el barón no se tomaba la molestia de transcribir sus aventuras, las dispara con febril alegría en las convivencias borrachiles, fue Rudolf Erich Raspe quien, en una etapa económica difícil, optó por transcribir las anécdotas del barón por allá de 1785. El resultado de la obra fue predecible: no tuvo el menor éxito (de esas rachas difíciles de romper, ya saben).
Con desánimo, Raspe vendió los derechos de autor a un tal Kearsley, de oficio editor, quien le agregó algunos capítulos y una introducción y entonces ¡oh fortuna celosa! La obra comenzó a venderse como papel de regalo en Navidad, además de traducirse a una tripartita de idiomas. Con este antecedente, era cuestión de tiempo y oportunidad para que alguien más repitiera el mismo esquema y es cuando aparece en escena el poeta Gottfried August Bürger, quien readapta las historias del barón (qué haríamos sin los poetas), consiguiendo mayor éxito con la obra.
Claro que este éxito, hasta donde tengo entendido, no le salpicó al aventurero barón de Münchhausen, aunque no le debió interesar mucho, ya tenía suficiente, supongo, con viajar sobre una bala de callón, o viajar a la Luna un par de veces con ayuda de una humilde cuerda.

Versión cinematográfica

En 1988, a cargo de Terry Gilliam, las aventuras del barón fueron materializadas en la pantalla grande. Esta película, como todas (sí, todas) las películas basadas en libros, ni “es mejor” o “peor” que la obra impresa, sino que la complementa con maestría, aunque solo aborda el par de capítulos cuando Münchhausen se hace con su particular y diminuto, pero eficaz y disparatado, ejército: un fortachón sensible, un corredor que supera al viento, un hombre pequeño con orejotas, y un par de ojos que serían capaces de atinar un blanco a la otra mitad del mundo.
La versión fílmica cuenta con los mismos elementos hilarantes que ocasionan una sonrisa marcada durante su proyección y durante muchos, muchos días después, aunque le recomiendo que busque un ejemplar a pesar de ser un poco dificultoso, pero ahí está, en el rincón más apartado de la librería, escondido, acechando para atraparlo en un huracán de aventuras irracionales, justo como es la alegría: absurda pero maravillosa.

Microcuento pa’ llevar
Devorador de críticos

El mosquito, crítico de arte arquitectónico, argumentó debilidad en la obra. Para corroborarlo, presionó una sección y quedó atrapado en la telaraña

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