La brisa

os enfrentamos nuevamente con los recuerdos en este viaje de Los Místicos, retrocediendo a la segunda mitad del siglo XX, y vemos cuánta razón tenía la abuelita, cuando nos contaba de los diferentes vendedores de esta plaza de la Hacienda de Loreto y nos recalcaba: “nunca olviden quiénes son y de dónde vienen” porque les pasará lo que a muchos: se afrentarán de su identidad y desarraigarán.
Lo que deberíamos comentar es que de la brisa se sintiera lo fresco, la humedad, lo agradable del amanecer en las mañanas profundamente oscuras como los múltiples callejones torcidos y “entierrados” de los vecindarios y barrios altos ubicados en la parte norte de esta zona minera. Lo paradójico es que de la pulcata La Brisa escuchemos los sonidos salidos interminablemente de la sinfonola polvosa y llena de “cacas” de mosca.
Esta vez es una voz grave y muy bien entonada, al unísono de una orquesta muy bien armonizada. La abuelita de Los Místicos diría, como de costumbre en tono jocoso, “una voz aguardentosa”. Un cantante con un marcado acento antillano con la rítmica instrumentación de la orquesta, interpretando lo que a lo lejos podríamos adivinar como un son montuno o, tal vez, como una hermosa guaracha, ¿o será un guaguancó?
“Pensar que en la noche callada yo te dí mis besos y tú, con tu gran amor, me estrechabas en tus brazos”. Así, aquí “hubo que aprender a llevar y a traer el corazón herido”. Esto es lo que pasaba en la vida de muchos jornaleros mineros, aprendieron a llevar el corazón herido por los múltiples problemas del día tras día, que trataban de olvidar como se hacía desde tiempos ancestrales, tratando de enterrarlos en lo más profundo con los famosos “amargos” de don Policarpo, o ahogándolos en “melón” de las múltiples pulcatas como La Brisa, donde el agua de las verdes matas llegaba al negocio por la madrugada procedente de la región magueyera de Zempoala, de los viejos tinacales de la famosa hacienda pulquera de San José Tecajete.
El pulque era trasladado por ferrocarril hasta la estación del Mexicano de esta minera ciudad, para ser transportado en bestias de carga hasta la pulcata La Brisa, después de haber pasado la aduana pulquera, siempre en bien inflados y espumosos cueros de cochino, que tiempo después fueron sustituidos por hermosas castañas de madera, bien machimbrada, tapados con una xoma (pedazo de penca de maguey doblado a la mitad).
Estando ya en la pulquería el producto del maguey se vaciaba en barriles de madera, para posteriormente ser depositado en tinas, igualmente de madera, con dos tablones en la parte superior en donde se colocaban las jícaras, embudos y jarros de barro para ir despachando al cliente en los diferentes envases de vidrio grueso y grabado, y así remediar en algo al “corazón herido”.
“Cuando tú seas mía viviré una vida llena de ilusión, cuando tú seas mía viviré un romance de dicha y pasión…”
Ella era como dice la letra de don Joaquín Pardavé “alta y delgadita” como “varita de nardo”. Mujer trabajadora y madrugadora como todas las vendedoras de esta pequeña plaza; madre de más de seis. La abuelita recalcaría en tono de complicidad “todos hijos naturales y de diferente padre”. Sin saber exactamente su nombre completo, para todos conocida como doña Leona, eso sí, era un “pan de Dios”.
Su pelo “chino”, de rizo natural, un poco largo, solo hasta rebasar ligeramente las orejas. Ya para antes de las 6 horas de todas las negras mañanas del amanecer, la abuelita diría “no importaba si llovía, tronara o relampagueara”, estaba allí atendiendo su puesto de tamales, pan de dulce y espeso, humeante, delicioso y caliente atole de pinole.
Los sabrosísimos tamales que ella misma elaboraba y vendía eran de xala, con sus calabacitas tiernas, bien condimentados, picosos, de chile verde y su gran secreto: les agregaba un trozo de pollo con la famosa xala de pepita de calabaza. El pan de dulce no podía ser de otro lado que de la vieja y famosa panadería ubicada al pie de la calle de Reforma, propiedad de la familia Flores, en el corazón del barrio minero del Arbolito, atendida por esa madrugadora y gran mujer conocida por todo el vecindario como doña Doro. Allí acudían antes de las cinco de la mañana los hijos de doña Leona para surtir el puesto con el sabroso pan de dulce de 10 centavos la pieza.
Frente al viejo, brilloso y entablerado mostrador de madera, doña Doro podía surtir al cliente que pedía por su nombre el aromático pan mañanero: “doña Doro, deme tres ladrillos, dos besos, cuatro alamares, polvorones, yoyos, campechanas, chilindrinas, policías, ingleses, ojos de Pancha, gendarmes, cocoles, conchas de chocolate y de vainilla, pan de ajonjolí…” entre otros más.
“Hoy de aquello nada queda, ni el canto de sirenas, se ausentó la luna, se perdió en el mar…”30-pag8-n1