Volverán los días oscuros

La ciudad despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por el silencio o, con mayor precisión, por la ausencia de la campana que hoy llamaría para una nueva dosis.
En el ayuntamiento, el alcalde masajeó sus sienes en un intento por mitigar la jaqueca que agudizó en últimos días. Pensó que el químico perdía efecto y esperaba que El Cuidador repotenciara la fórmula para solucionarlo como le solicitó en su último encuentro. Fue a la ventana y retiró un círculo del vaho que la cubría. Vio a los habitantes reunirse en la plaza, bajo la campana; había desasosiego en ellos, cierto nerviosismo que podía olerse. Claro, la campana no sonó.
Sin preocuparse por su aspecto, salió a encontrarse con los demás. Apenas lo vieron y comenzaron a increparlo: ¿dónde está El Cuidador con las hipodérmicas?, ¿también le duele la cabeza de esta forma tan terrible?, ¿qué hacemos si no aparece y nos convertimos en…? El alcalde impidió que la última pregunta terminara con una mirada afilada y un gruñido por lo bajo. Dijo a todos que no existía razón para preocuparse, de seguro El Cuidador estaría aún dormido. Iría a verlo, mientras, lo mejor era realizar las labores cotidianas.
Emprendió el camino hacia la mansión del Cuidador, que por capricho eligió la que estaba fuera de la ciudad. Capricho que los ciudadanos le permitieron, después de lo que hizo por ellos, después de entregarles la salvación.
El alcalde llegó pasado el mediodía, llamó al portón y esperó. Llamó de nuevo y esperó. Volvió a llamar y en esta ocasión no esperó. Intentó abrir el portón, pero estaba cerrado. Rodeó la mansión en búsqueda de una entrada, localizó un ventanal semiabierto y se encaramó en el alfeizar con una acrobacia ya no apta para su edad. Dentro, su olfato se inundó con un aroma que no percibía desde hace mucho tiempo, desde los días oscuros, un aroma terrible, un aroma de muerte.
La piel y el vello del alcalde se erizaron, la jaqueca fue insoportable, el instinto salvaje del que creía estar libre palpitó en el núcleo de su ser. Cerró los ojos, recordó los ejercicios que El Cuidador les enseñó en caso que un episodio de este tipo pasara y él no estuviera cerca para administrar el químico. El alcalde bloqueó mentalmente la sensibilidad de su olfato, abrió despacio los párpados, la razón encajada de nuevo en su cerebro.
Abandonó la sala a la que entró por el ventanal, subió las escaleras de piedra para dirigirse a la habitación principal, pero el olfato que intentaba controlar le indicó que era una pérdida de tiempo, la muerte venía del laboratorio. La puerta de madera estaba entreabierta, primero entró la cabeza del alcalde para escudriñar el sitio.
La escaza luz escurrida por una ventana fue suficiente para contemplar el cadáver del Cuidador en medio del laboratorio, el rostro congestionado, la jeringuilla vacía clavada en su antebrazo izquierdo: había probado el nuevo químico repotenciado en sí mismo, sin soportarlo. Retiró la mirada de su salvador quien, a pesar de estar libre de esta enfermedad, de esta maldición, se encargó de todos ellos. Los ojos del alcalde tropezaron con la caja metálica que contenía las hipodérmicas de esa mañana.
Ignoraba si contenían la dosis habitual o la reformulada, de cualquier forma no importaba, debían ser administradas de forma intravenosa y él no podría, nadie en la ciudad podría. Volverían a ser lo que eran antes, las… bestias incivilizadas sedientas de destrucción.
Escuchó un murmullo por la ventana, por la cual ahora agonizaba la luz del atardecer. El alcalde abandonó el laboratorio, bajó las escaleras, atravesó la sala y salió por el ventanal. Vio a la multitud fuera de la mansión. Intentó explicarles, brindarles una solución, intentó con desesperación que recordaran los ejercicios que El Cuidador les había enseñado, pero era demasiado tarde.
El Sol murió, la Luna salió fatídica con toda su entereza. Las multitudes se congestionaron, aullaron, la transmutación ocurrió en un instante. Nadie que habitara la ciudad pudo contener la bestia que tenían dentro; ahora, en la noche atestada de Luna, todos los lobos se convirtieron en humanos.
A la mañana siguiente, la ciudad no despertó, las ventanas permanecieron cerradas con pestañas de sangre.

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