Los orígenes del maguey y del Real de Minas

¿Señor?, refunfuñó la abuelita de Los Místicos al escucharnos, “Dios nuestro Señor Jesucristo, no es responsable de la abundancia de ustedes los borrachos, amamantados de pulque, son parte de los Centzon Totochtin”, de los 400 o incontables conejos, hijos de la diosa del maguey y de la embriaguez, mentada como Mayáhuel, idolatría de los antiguos. Esa diosa de las plantas y de la fertilidad, no tomó nombre de virgencita católica, pues ella representa la mala suerte; los borrachos, los adúlteros y todo aquel que termina en la perdición nacen en el día dedicado a Mayáhuel.
“¡Mayáhuel también tenía una abuelita! Era una tzintzimitl”, demonio celestial de la oscuridad, a esa estrella le gustaba impedir que saliera el Sol. Una noche, cuando Mayáhuel dormía con sus dos hermanas y la abuelita, el viento cósmico, Ehécatl-Quetzalcóatl visitó a la moza, le habló suavemente al oído, ¡la persuadió para que viniera con él a la Tierra! Para amarse convertidos en las ramas de un árbol. Al despertar, la abuelita no encontró a Mayáhuel, con varias tzintzimitls la buscó hasta encontrarla.
Al ver las estrellas, el árbol donde se encontraba la pareja unida, este se separó en dos, la abuelita descubrió a su nieta convertida en una rama, ¡furibunda la trozó! Y los demonios celestiales se la comieron. Cuando las estrellas se fueron, Quetzalcóatl desconsolado, con los restos del cuerpo de Mayáhuel, decidió enterrarlos.
De ellos brotó la primera planta del metl en náhuatl, uadá en otomí o maguey; palabra caribeña con la que le llamaron los españoles. Los huesos de Mayáhuel son los tallos o rizomas del metl o uadá, del cual salen los nuevos retoños, que brotan aún después que las plantas madres se cosechan o terminan su ciclo de vida propio, tienen tantos retoños como hijos de las pulquerías de este Real de Minas en su apogeo, abundantes como en la pulcata Del Infierno, de don Dionisio Martínez, ubicada en la calle de Reforma del barrio El Arbolito. Ahora, a esos hijos y a los barrios mineros los vemos “menguados como el maguey”.
La diosa lunar Mayáhuel es una noble madre dando pecho, nutriendo a sus hijos con su blanco néctar, tiene abundantes senos, trae en las manos un malacate de algodón sin hilar y dos cuerdas, señal de adulterio y perdición por la embriaguez. Pero ella, además, es lo femenino, la vegetación y los ciclos de cultivo, consultados en la Luna por los antiguos y los indígenas de ahora. Ellos veían en el metl o uadá una planta que se crió cuando la diosa vino a la Tierra, la consideraban la parte terrestre del símbolo de la Luna, cuyos poderes sagrados se reflejan en esa planta y lo que de ella obtenían. Como las propias lágrimas de la diosa; el neutli o aguamiel que vierte por su amado viento Quetzalcóatl.
Por proveer a los antiguos del maguey, a la joven Mayáhuel la consideraron diosa, porque de esa planta obtenían muchos mantenimientos en la provincia de Teotlalpan, importante y extensa región prehispánica a la que perteneció este espacio, Pachuca, y muchos otros lugares del actual Hidalgo. De esos mantenimientos, en Hueyploztla, escribieron los peninsulares que “del maguey se hace miel como arrope de Castilla, bebida simple y purgativa y muy saludable; hacen de ella vino a su modo echándole una raíz que le da aquella fuerza; vinagre; de las raíces y pencas, hacen una manera de comida dulce que llaman miscale; hacen nequén que es como un cáñamo, con la cual fabrican ropa para su vestir… cuerdas, sogas y otras jarcias; las hojas entre los naturales, sirven de tablas, canales, leña para quemar; el cogollo de este árbol, asado, con el sumo se curan heridas… y es medicina muy experimentada”.
A pesar de ese informe se atentó contra la producción local, de nada valió que se enteraran los españoles desde el siglo XVI de los usos del maguey, que en esta Tierra los antiguos lo veían como sustento, junto con sus siembras de temporal, pues la tierra del pueblo de Tlaulilpa, origen del distrito minero de Pachuca, era y es “fría, seca y airosa”, eso a “causa del tal Ehécatl-Quetzalcóatl, quien anda aquí para convivir con su amada Mayáhuel, convertida en maguey”, incriminó la abuelita de Los Místicos.
Ese distrito minero abarca cuatro pueblos o reales mineros, el Real de Tlaulilpa, en el desaparecido pueblo de ese nombre, localizado al norte del antiguo Pachuca, entre el cerro de La Magdalena y San Cristóbal, el Real de Arriba o Cerezo, el Real del Monte y el Real de Atotonilco el Chico o “realejo”. La mayoría de las tierras cercanas a los reales se dedicaban a la cría de ganado y bestias de carga, por eso había muchas estancias de los españoles, “¡incluso de los padrecitos de la Compañía de Jesús, que tenían gran cantidad de animalitos!”. El ganado repastaba, invadiendo las tierras de temporal y los magueyales de los antiguos, quienes dejaron de cultivar gran parte de sus tierras por estos daños.
Con el tiempo, dada la injusticia y abuso del poder que también existía en esos años, los españoles se apoderaron de las tierras, iniciando un periodo de usurpación de las comunales; el ganado invadía los terrenos utilizados para la producción de subsistencia lo que perjudicó a los pueblos originarios y destruyó su forma de vida. Sin consideración a los derechos y amparo que, supuestamente, la ley otorgaba a los antiguos de aquí, los despojaron de su propiedad y sustento, abusos que fueron el pan de cada día.
Los antiguos, que no murieron a causa de las epidemias, debieron arrear bandera, se alquilaron a jornal de minas, terminaron en las estancias o fueron sometidos a diversas formas de explotación, todo a beneficio de los nuevos dueños de la tierra, minas y del trabajo; los mineros propietarios de las minas y ganaderos, actividades reservadas para los españoles. Estos, se hicieron de esas propiedades, con diversas tretas, antecedente de las prácticas de ahora, “compra-venta”, merced, despojo y sus composiciones, toleradas por las autoridades, aún de justicia, y asentadas por los escribanos del virreinato de la Nueva España.
El negocio de la ganadería no era muy redituable en esa época, pero sí la posesión de la tierra que les daba a ganar prestigio y cierta posición social, importante para acceder a una más alta, ganando poder y superioridad sobre los demás, además de capacidad para influir en la “justicia”, a lo que la abuelita de Los Místicos bien replica: “¡eso todavía es cosa propia de nuestra gente, por eso estamos tan jodidos!”.
Las tierras cercanas a los reales fueron usadas para la producción agropecuaria, destinada a los centros mineros, a pesar de eso, la importancia del cultivo del maguey continuó. Fue incluso, el principal medio de sustento para pueblos vecinos como Tilquautla y Cuahquilpan, que llevaban los productos derivados para comercializarlos en los reales.
Los antiguos vendían miel, pencas, ixtle en mecates, jarcerías, ayates y otros tejidos, clavos, puntas, agujas, tejas, hojas de mixote, chinicuiles, aguamiel, mexcallí y el fresco y noble pulque. ¡Ave María, que me regresen como venía! ¡Padre nuestro, pero que bueno está esto! ¡Bendito pulquito, maldito tormento! ¿Qué haces afuera? Vamos pa’ dentro. O como dice la abuelita de Los Místicos “una choma no es ninguna, dos es la mitad de una y tres es una, y como una no es ninguna, volvemos a empezar, salu’”.
Permítanos volver la próxima semana, así sea.06-pag7-n1