La sal de la Tierra, chuleando el vecindario

“Pinta la casa, píntala ya, con nopal, sal y cal” murmura la abuelita de Los Místicos, en su aletargado andar por callejones de los barrios altos de Pachuca, en nuestro viaje. “En mis tiempos, seguimos la costumbre de los antiguos; teniendo bien pintadita la casa y barriendo diario el callejón, hasta la parte del vecino, estaba todo limpio”. No se conocían aquí pinturas de las que ahora venden en los comercios de la calle Guerrero; las paredes se pintaban con un salmuero en el que se deshacía la cal y se echaban pedazos de nopal; se ponía en agua un puño de sal por cinco de cal, nopal picado, “entre más mejor” y su pintura. Mandaban a los chamacos a traer los nopales al cerro, “de esos que no son comestibles”, se compraba “pintura para cal: azul, verde, rojo, ahí le daba el tono uno; quedaba bien la pared, pasabas la mano y no se despintaba, ni se caían trozos, como en las remodelaciones de ahora, que no hacen aprecio a lo de antes”.
Muchas de las casas de los barrios y del centro se construyeron con adobe y piedras, aplanado de argamasa, al 1:3 (una parte de cal por tres partes de arena), pintadas con esa mezcla natural basada en salmuera, cal y la baba de nopal. Para finales de agosto se veía un trajín, un ir y venir a las tlapalerías La Brocha, Tellería y El Puente, únicos comercios de su tipo en el centro de esta villa minera en los años 70 del siglo pasado. La abuelita recuerda con mucho agrado que el vecindario se entusiasmaba con la celebración de la Independencia. Era una verdadera algarabía ir de la mano de la abuelita a escoger el color de la pintura, pedir la cal, exhibidas en tambos de cartón o de lámina, estos últimos generalmente eran de los de cianuro de las minas. El tendero agarraba los grandes trozos de cal y de pintura y los partía con un cincel para despacharlos, recibíamos la compra en cucuruchos de periódico muy bien moldeados, ¡ah! Pero eso sí, nunca debíamos olvidar pedirle el tradicional “chulo”.
Indispensable para encalar era el chulo, un artefacto con el que aplicábamos la pintura de cal, “es como una escobetilla grandota”, como de 40 centímetros de largo, con lo grueso de dos escobetas, para empuñarlo con fuerza; de ambos lados le salían las cerdas de ixtle, uno fino y otro grueso. En cubetas de lámina, en el salmuero, deshacíamos los terrones de la cal y la pintura, mezclando con el color y la baba de nopal, poco a poco, con un palo de escoba se le meneaba y dejaba reposar. Varias veces regresábamos a menearle y meter las manos en el hermoso brebaje, para continuar deshaciendo los grumos asentados, observando las reacciones químicas que le daban cohesión en varios días, quedando lista la “pócima para chulear la casa”.
Moviendo el chulo sin orden, sin ton ni son, encalábamos la fachada, quedando completamente cubierto el color anterior o el remiendo, cuidando de salpicar lo menos posible la cubierta de lámina, las piedras del piso y, por supuesto, al chuleador. El hogar se volvía uno de los más distinguidos del vecindario minero para la celebración de las fiestas patrias, recién pintado y con sus adornos tricolores de papel crepé, entonces la abuelita de Los Místicos se preparaba para pregonar alegremente, a voz en cuello, “¡viva México! ¡Muera el mal gobierno!”.
El uso de la sal es parte de nuestra herencia. Los vecinos de los antiguos de esta tierra, de las zonas del gran lago de Texcoco, de Tlaxcala, Puebla y otros lugares, en tiempo de seca recolectaban costras de sal que les llamaban tequexquitl. Lo ocupaban para elaborar tamales de todas las maneras, cocer alimentos como los elotes, hacer atole, lavar la ropa y telas, fabricar jabones para la limpieza personal, estuco y pinturas naturales.
Algunos tenían salinas y extraían la sal y la “sabían cuajar muy bien”; se manejaba como producto tributario y moneda; la traían a vender a los tianguis que aún vimos, desde las plazas del Xixi, de Los Jarros, Las Flores, Rayón, entre otras “ya desaparecidas de este centro” lamenta tristemente la abuelita. La sal era tan valiosa, que hasta tenían una diosa: la hija mayor de Tláloc y Chalchiuhtlicue, dioses de las aguas.
Huixtocihuatl o Huixtocíhuatl, es la diosa de la sal, hermana mayor de los Tlaloques. Sus socarrones hermanos, la desterraron del paraíso, del Tlalocan (lugar de la abundancia), es el primero de los 13 cielos del universo de los antiguos, llamado Ilhuicatl Meztli, camino celeste de la Luna, de las nubes y de Ehécatl que las hace caminar tanto como en esta ciudad. Huixtocíhuatl se refugió en las ciénagas y en los lagos de muy poca profundidad, de aguas hediondas. Afligida y sola, se entretuvo jugueteando e ideando en las aguas fangosas y viciadas en los días de sequía, y le resultó algo puro y blanco como su atavío, ¡urdió la sal! Iztatl en náhuatl u o dax’u, en otomí.
En su ocio, inventó maneras graciosas y hermosas para entregar la sal al hombre; con la ayuda del Sol, la apareció en la forma de palomitas de maíz, pero de pura sal. Con la evaporación, en la superficie de los lagos que se van secando, formó cristalitos triangulares unidos como copos de nieve, los antiguos le llamaron tequexquitl (Nitrum mexicanum). Huixtocíhuatl también lo hizo aparecer en polvo blanco o laminillas, en las eflorescencias del suelo. Las variedades del tequexquitl que conocieron los antiguos, hoy se llaman espumilla, confitillo, cascarilla y polvillo, istapinoli o itztapinolli. Para los antiguos Huixtocíhuatl era la señora de las salinas, señora de los salineros, diosa de la sal y de las aguas saladas. Por los poderes de las aguas saladas y los puños de sal en las entradas, la abuelita pregona que “a ella se encomendaron los pueblos originarios de San Salvador Atenco, para conservar sus tierras de uso común y protegerse de la coacción”, evitar el desmantelamiento de la propiedad social por el Programa de certificación de derechos ejidales y titulación de solares (Procede), actual Fondo de Apoyo para los Núcleos Agrarios sin Regularizar (FANAR), peores que las “corrosiones salinas”.
La sal llegaba a esta villa pachuqueña en diferentes envoltorios, por diversas rutas y medios, desde lugares lejanos. Los procesos de su extracción cambiaron, desde su recolección hasta su industrialización a gran escala con máquinas de tecnología, pues era demandada por la industria argentífera. Por primera vez en el mundo, desde este Real de Minas de Pachuca, se empleó la sal en grandes volúmenes, en un proceso industrial, pero esa es la siguiente historia.
“Vosotros sois la sal de la Tierra. Y si la sal se desazona, ¿con qué se volverá a salar?”. O como diría la abuelita de Los Místicos, “al nopal lo van a ver solo cuando tiene tunas y nopales pa’ chulear”. Otro granito de sal, la próxima semana.20-pag7-n1