¿Quién no recuerda las palabras de sus padres? Aquellas que versaban así: “No se peguen, son hermanos”, “Deben llevarse bien, quiéranse como hermanos”.

La fraternidad, aquel amor dirigido a un hermano, es el fin último de los padres hacia sus respectivos hijos, los cuales al llevarse bien reflejan los valores paternales inculcados desde la infancia.

Existen varios tipos de hermandad, desde aquella que existe entre consanguíneos, la que hay entre un gremio que practica ideas afines entre sus afiliados, como libertad, igualdad, legalidad, justicia, etcétera. Así como también aquellas que tienen una misma fe en un ser superior y que pretenden que se lleven bien, todos, como hermanos.

La idea es básica, de hecho llevarse bien, no solo con un hermano consanguíneo sino también con el prójimo, es, o debería ser, un fin último entre todos los individuos que no solo comparten los mismos padres sino también una idea o fe en común. Pero la realidad dista mucho de lo que debería ser y no lo es. Algunos hermanos se llevan tan mal que incluso llegan a aborrecerse, desearse el mal y algunas veces convertirse en acérrimos enemigos.

A lo largo de la historia, existen innumerables ejemplos como el caso de Caín y Abel; si recordamos aquel pasaje que se plasma en el libro sagrado por excelencia para los cristianos católicos, la Biblia.

Según la Biblia, en el capítulo cuarto del Génesis, se narra la historia de Caín y Abel. Caín fue el primogénito de Adán y Eva y por tanto fue el primer ser humano nacido. Abel fue el segundo hijo de Adán y Eva y, siguiendo el relato bíblico, protagonizaron la primera muerte de un ser humano.

Caín se dedicó a la agricultura mientras que Abel fue pastor de ovejas. El relato bíblico explica que un día los hermanos fueron a ofrecer en sacrificio los frutos de sus trabajos a Dios. Abel eligió para el sacrificio un cordero de su rebaño, mientras que Caín compuso su ofrenda con frutos de la tierra. Dios prestó atención al sacrificio de Abel e ignoró la ofrenda de Caín. Tras el rechazo de Dios a la ofrenda de Caín, el relato bíblico prosigue con el reproche de Dios a este por su ofrenda y el enfado de Caín. Posteriormente, Caín, en venganza, invita a su hermano a ir al campo y una vez allí se levantó contra él y lo mató.

Por lo tanto, la venganza y animadversión a un hermano es antiquísima, se crea en el relato bíblico o no, de cualquier forma es una realidad absoluta que es inherente a la condición humana, la soberbia, la ira, la venganza, aun siendo estos antivalores lamentables que han ocasionado desastres para la humanidad. Están vigentes en incontables ocasiones.

Otro ejemplo, ajeno a toda creencia religiosa y contemporáneo a nuestro vivir diario en nuestro querido México, es el que vivió el Clan Salinas de Gortari cuando a la edad de cinco y cuatro años, Carlos y Raúl Salinas, en compañía de un amigo de ocho años Gustavo Zapata, asesinaron a su sirvienta Manuela, de 12 años.

De acuerdo con los reportes periodísticos de 1951, los menores “jugaban a la guerra” y fusilaron a la jovencita. Cierto, fue un accidente, difícilmente algo premeditado y menos a esa edad tan pueril, sin embargo, lo que sí es probable, quizá, es que ese suceso los hermanara a ambos y desembocara hasta volverse cómplices inseparables logrando una hermandad que se reflejó en las esferas del poder mexicano. Raúl tuvo diversos cargos durante el sexenio de su hermano Carlos, logrando enriquecimiento absoluto, poder y gloria. Alrededor de 160 millones de dólares, una fortuna nada despreciable que lo llevó a un proceso que terminó en cárcel.

Carlos Salinas olvidó a su hermano después de haber tenido una fraternidad inquebrantable, en teoría.

Los enfrentamientos entre hermanos por decisiones políticas, económicas e incluso amorosas, también llevaron a dos hermanos protagonistas de la historia de México a la debacle, el caso de Francisco I Madero, presidente de México, y su hermano Gustavo A Madero. A pesar de que durante mucho tiempo había sido Gustavo el principal consejero de Francisco, este tomó decisiones durante su presidencia con las que Gustavo no estaba de acuerdo, como poner en puestos importantes de su gabinete a tíos y primos que, curiosamente, estaban más cercanos a la gente de Porfirio Díaz que a los revolucionarios.

Pero, en uno de los errores políticos más grandes de la historia de México (bueno, hasta ese momento), Francisco no le creyó a Gustavo de la conjura perpetrada por Victoriano Huerta que planeaba dar un golpe de Estado, y lejos de encarcelar a Huerta, ¡decidió liberarlo! El resultado esperado aconteció, solo pasaron unas horas para que se consumara la traición. Finalmente, el 18 de febrero de 1913, tanto Gustavo como Francisco, además del vicepresidente José María Pino Suárez, fueron aprehendidos para después, al día siguiente, ser asesinados sin remordimientos.

En la actualidad, también en nuestro querido estado de Hidalgo, acontecen problemas justamente por hermanos incomodos. Pasado y presente se conjugan y al parecer aquella frase de los padres argumentando a los hijos llevarse bien siempre y ayudarse se difumina en el tiempo y prevalecen solo contextos que, de acuerdo a intereses, hacen que la hermandad, la fraternidad no sea más que palabrería sin valor.

Por el bien de la humanidad, esperemos que la fraternidad prevalezca y no solo entre consanguíneos, sino también entre individuos que si bien, quizá, no compartan creencias ni familiares en común, sí comparten un espacio en este planeta Tierra que ahora más que nunca pide paz y tranquilidad, más no venganzas y rencores. Recordemos aquella máxima de Mahatma Gandhi “Ojo por ojo, diente por diente y el mundo terminará tuerto y desdentado” ¿Tú lo crees?… Yo también.

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Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.