(Segunda de seis partes)

En la primera entrega describimos los antecedentes, posadas, nacimiento y el árbol de Navidad, además de cómo celebraban los pueblos indígenas estas fechas, y concluimos con las fiestas decembrinas en la máxima casa de estudios de la entidad. Del libro Hidalgo navideño, publicado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), abordamos ahora los siguientes temas.

De juguetes y juegos de Navidad

Obsequiar juguetes y dulces a niñas y niños en la época navideña es, sin duda, una de las tradiciones más emotivas tanto para ellos como para los adultos. Existen leyendas y costumbres muy antiguas al respecto, tanto orientales como nórdicas y de otras latitudes europeas, tejidas alrededor de personajes proverbialmente bondadosos que actúan y se desenvuelven en medio de la magia y se auxilian, en algunos casos, de otros seres surgidos de la fantasía y después adoptados por la fe. Pero, entre todas esas fuentes, fueron dos las que llegaron a estas tierras: los Santos Reyes o Reyes Magos, asociados al desierto del Medio Oriente; y la de San Nicolás, que luego se convirtió en Santa Claus, procedente del norte de Europa.

En un principio, la ocasión era propicia para regalar ropa, calzado y golosinas a los niños y las niñas; a veces los obsequios eran acompañados por alguna recomendación sobre su conducta, esto es: “cosas útiles”. Pero, desde mediados del siglo XIX, la costumbre se vuelca a los juguetes y las golosinas, para delicia de los destinatarios.

En México los que abastecían de regalos a los infantes eran los Santos Reyes y lo que se montaba en las casas era el nacimiento. Así se había establecido la costumbre por razones de la práctica religiosa en nuestro país. Santa Claus y el árbol de Navidad vendrían más tarde, y se volvieron populares en el siglo XX, primeramente en las grandes ciudades y luego fueron ganando espacio en las voluntades de la provincia. Durante muchos años, en los pueblos de la tierra mexicana, los niños y las niñas fueron más bien “clientes” de los Santos Reyes. De cualquier manera, lo que pareció que derivaría en una confrontación de tradiciones con el tiempo se volvió en prácticas complementarias y convivencia de costumbres.

Melchor, Gaspar y Baltasar, portadores de oro, incienso y mirra que brindaron a Jesús durante la epifanía, generan así la noble y cariñosa tradición dedicada a la niñez.

Pero muchos otros personajes, algunos profanos y varios integrados a las creencias católicas, van surgiendo con la misma intención: ángeles en Hungría, Befana en Italia, Svaty Mikulas en la vieja Checoeslovaquia, duendes del bosque en algunas regiones de Suiza o Jultomten en Suecia, que evolucionaron hasta llegar a Papá Noel o San Nicolás, y luego Santa Claus. Este personaje se trasladó a Estados Unidos (EU) y consolidó su leyenda gracias a un relato del escritor Washington Irving, hacia principios del siglo XIX, y luego se volvió popular e internacionalizó a partir de la imagen para una campaña publicitaria que de él dibujara Haddon Sundblom, estadunidense descendiente de suecos. Eso fue en el primer tercio del siglo XX; desde entonces, la figura de Santa Claus y su costumbre de entrar por las chimeneas durante la noche del 24 de diciembre es inseparable de las fiestas de Navidad.

El gusto de obsequiar también se retomó durante las fiestas navideñas y desde los días previos en las escuelas, entre niños y adultos, compañeros de trabajo y familiares, y se ha vuelto una actitud habitual para refrendar lazos de afecto y amistad.

La tradición de obsequiar juguetes y dulces a niños y niñas en la Navidad hace que para ellos esta temporada resulte plena e intensa. La ilusión de encontrarse con una sorpresa al despertar el 6 de enero los mantiene, durante días y aun semanas, en un estado de especial emotividad que los lleva a estar pendientes de los detalles que la época requiere: el nacimiento debe estar armado a tiempo; el árbol, si se acostumbra en casa, debe lucir vistoso; los preparativos para las posadas no se pueden retrasar; y algo muy importante es escribir la carta a los Santos Reyes o a los Reyes Magos, el nombre es indistinto para los infantes. Así las cosas, hasta evitar las travesuras bien vale la pena, por aquello de que los Reyes y Santa Claus los puedan ver y disminuyan sus méritos para recibir el tan ansiado juguete.

Efectivamente, los juguetes son el tema central durante estos días navideños. Desde el nacimiento mismo, las miniaturas de figuras diversas encabezadas por Jesús, María y José, el ángel, los Santos Reyes, pastores, animales, casas y cascadas, todo ayuda a generar un mundo fantástico, simbólico, que busca traer la “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. En México se fabrican figuras de yeso, plástico, resina, porcelana, cera, madera, papel o barro. Estas últimas encierran una vieja tradición de los artesanos alfareros que llegaron a crear verdaderas obras de arte; son célebres, por ejemplo, las figuras elaboradas por la familia Panduro en San Pedro Tlaquepaque, en Jalisco, de gran calidad y delicadeza, algunas de las cuales todavía pueden conseguirse, pues los descendientes han seguido con esa producción.

Cuando la costumbre de regalar juguetes a los niños y las niñas se volvió más común, se acudía a los grandes mercados, pues pocos eran los productos industriales en este campo. Abundaban, entonces, los que salían de manos de los artesanos, y así se veían los de madera: luchadores y boxeadores, trepadores, gimnastas, gallos de pelea, pequeños muebles, camiones y marionetas, trompos y baleros, los cubos, rifles y pistolas; el barro permitía hacer títeres, trastos, anafres y comales, muñecos, animalitos y canicas; la hojalata brindaba tráileres y aviones, enseres hogareños para las casas de muñecas, sonajas, silbatos y trompos; la cartonería daba forma a muñecas articuladas, caballitos y máscaras; juegos de mesa los había como serpientes y escaleras, la oca, el coyote o el parkasé; y de tela se adquirían muñecas y pelotas de trapo. El plomo compartía soldaditos, máquinas de coser y elegantes servicios de mesa; de vidrio eran las canicas; y las anilinas coloreaban las semillas de chabacano para emprender diversos juegos.

El hule y el plástico no tardaron en llegar para reemplazar muchos materiales y procesos, pues básicamente se trabajaba ya en fábricas y pequeños talleres. Sin embargo, en un principio recuperaron los conceptos básicos de los juguetes habituales: muñecas, trastos y casitas, pelotas, soldaditos, carros y aviones. El metal permitió la aparición de juegos educativos para armar y dar cauce a la creatividad de niños y adultos.

Más tarde empezaron a introducirse los juguetes sofisticados, tales como las muñecas que cerraban los ojos, hablaban o caminaban; los carros motorizados y las autopistas, los trenes eléctricos, los muñecos robot y los émulos de las series televisivas extranjeras, y las armas con su virtual alta capacidad de ataque. Con la electrónica y la computación, el juguete pasó a los controles, el juego se trasladó a las pantallas y el jugador cambió el patio, los jardines, la calle y las canchas deportivas por una silla.

Aquellos juguetes populares traían implícitas las reglas para dar rienda suelta a la imaginación y construir el juego con todo y sus normas. No se necesitaban instructivos para hacer carreteras, construir puentes o hacer pasteles de lodo. Diversidad de juegos eran para realizarse en grupo: las rondas, las damas chinas, la quemada o el incipiente futbol.

Aunque cada niño acababa recibiendo sus propios juguetes, al final acababan siendo compartidos por todo el barrio.

Los padres discutían sobre la conveniencia de los juguetes bélicos y si los Reyes los traían o no, no había problema, porque en otra casa podían llegar pistolas, sobre todo de vaqueros, y entonces se organizaban las batallas de policías contra ladrones, con códigos de honor suficientemente fuertes para reconocer que uno ya había sido vencido o salía triunfador. Pero finalmente eran luchas del bien contra el mal. Años más tarde, con juguetes sugerentes de armas altamente destructivas, el juego parece reducirse simplemente al triunfo del fuerte sobre el débil.

Hoy muchos de aquellos viejos juguetes habitan los museos, son piezas de colección o se guardan como obras artísticas –que en realidad llegan a serlo–. Pero también es cierto que las tradiciones se renuevan, se alimentan de las novedades tecnológicas y surgen propuestas interesantes que no pierden su esencia popular. Juguete y juego finalmente ayudan a niños y adultos a aprender, en un ambiente de esparcimiento e imaginación, sobre la vida. Y si ese juguete llega en Navidad, la fuerza de su magia se multiplica.

– Marcial Guerrero

La corona de adviento

Aunque de origen pagano, la ceremonia de adviento fue adoptada por los católicos para preparar el recibimiento del Mesías en la tierra, propiciando la reunión familiar.

Cuatro semanas antes de Navidad inicia el año litúrgico y la primera etapa es el adviento, palabra latina que significa venida o llegada solemne. Es el tiempo en que los católicos se preparan espiritualmente para celebrar la primera venida de Jesús. Con tal fin se dispone una base en forma de corona, se decora con ramas de pino fresco y entre ellas se colocan cuatro velas moradas que representan las cuatro semanas de adviento; el morado es el color litúrgico de esta temporada, signo de espera gozosa.

El círculo de follaje de la corona simboliza la eternidad sin principio ni fin. El color verde del pino significa la esperanza y la vida. Otra forma de realizarla es utilizar velas de diferentes colores: morado, rojo, rosa y blanco. El blanco significa la alegría; el rojo, el amor al Creador que envuelve nuestras vidas y nos recuerda que debemos manifestar amor a nuestros prójimos. A veces también se adorna con moños.

La corona se lleva a bendecir a la iglesia el primer domingo de adviento. Entonces se prende la vela morada, se reza una oración, se entona un villancico y se apaga la vela cuando termina el canto.

El segundo domingo se prenden las velas morada y roja, y se repite el resto de la ceremonia. El tercero se prenden las velas morada, roja y rosa, y se cumple la misma ceremonia. El cuarto prenden las cuatro velas y se repite la acción antes de la cena. En esta ocasión sí se dejan encendidas las velas hasta que se consuman.

Las velas simbolizan la presencia de Jesús. Él mismo dijo: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue, no camina en las tinieblas”.

– Vanessa E Ureña Medina

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