Hidalgo navideño

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Nochebuena

Del texto publicado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo se desprende el tema sobre los elementos que adornan la Navidad y leyendas para disfrutar en esta época

(Tercera parte de seis)

En la primera y segunda entrega del libro Hidalgo navideño, editado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), comentamos y transcribimos los artículos de Víctor Manuel Ballesteros García, Juan Marcial Guerrero Rosado y Vanessa Ureña Medina. En esta ocasión, continuando con el tema de estas fechas decembrinas, abordaremos los siguientes temas.

Elementos que adornan la Navidad

La flor de nochebuena o cuetlaxóchitl

Reino platae-plantas

Subreino tracheobionta-plantas vasculares

Superdivisión spermatophyta-plantas con semillas

División magnoliophyta-plantas con flores

Clase magnoliopsida-dicotiledóneas

Subclase rosidae

Orden euphorbiales

Familia euphorbiaceae

Género euphorbia L

Especie euphorbia pulcherrima Willd ex Klotzsch

Arbolito o arbusto ramificado que alcanza hasta cinco metros de altura. Presenta jugo lechoso o látex, hojas anchas con lóbulos cortos (las hojas cercanas a las flores se tiñen de rojo durante la época de floración y con frecuencia se les confunde con pétalos, siendo la parte más vistosa de la planta) y flores pequeñas localizadas al centro de las hojas teñidas.

Crece cultivada en jardines, patios, huertos, en bosque tropical perennifolio, caducifolio, mesófilo de montaña, coníferas, encino y matorral xerófilo. Se distribuye en Chiapas, Ciudad de México, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Estado de México, Michoacán, Oaxaca, Puebla, Sonora, Tlaxcala y Veracruz.

En nuestro país se le conoce como nochebuena o flor de pascua ya que la floración, junto con la aparición de las hojas pigmentadas de rojo, se presenta hacia la época de la Navidad. Otro de los nombres utilizados es la voz náhuatl cuetlaxóchitl.

La especie es originaria de México. Se sabe que la planta se usaba desde antes de la llegada de los españoles. Moctezuma, el tlatoani mexica, ya la empleaba como ornamental.

Su nombre científico euphorbia pulcherrima se lo asignó el botánico alemán Wilenow con base en un ejemplar cultivado en invernadero. La palabra latina pulcherrima significa “muy hermosa”. Joel Robert Poinsett, quien a partir de 1820 fue el primer embajador de Estados Unidos (EU) en México, recorrió el país en busca de nuevas especies vegetales para su colección.

En 1828 encontró un arbusto con flores rojas muy hermosas que crecía en las cercanías de una carretera; cortó algunas ramas y las llevó a su invernadero en Carolina del Sur, de donde posteriormente envió ejemplares de la planta a Europa. Así se introdujo la flor de nochebuena a Estados Unidos. Años más tarde, cuando se le pidió al historiador William Prescott que diera nombre en inglés a la planta, pensó que sería apropiado utilizar el apellido de su amigo el coleccionista, por lo que la llamó poinsettia, denominación que aún conserva más allá de nuestro país.

Desde 1900, la familia Ecke empezó a cultivar exteriormente la flor de nochebuena con fines comerciales, para utilizarla como planta ornamental y en ramos de flores.

Después inició su cultivo en invernadero, y hoy esta familia es reconocida como la principal productora de poinsettia en la Unión Americana. El 90 por ciento de las exportaciones mundiales de esta planta corresponde a Estados Unidos. Durante la temporada navideña, E pulcherrima representa el 85 por ciento de las ventas de plantas en maceta a nivel mundial.

En México, además de emplearse como ornamental, la nochebuena tiene usos medicinales. Se utiliza principalmente cuando la mujer recién parida no secreta leche, para lo cual se hierven dos hojas de la planta en un litro de agua y el té se bebe como agua de tiempo por dos a cuatro días. Para curar la rabia, la planta se hierve junto con otras y se toma durante una semana. Externamente, las hojas asadas se aplican en casos de inflamación y para el tratamiento de las paperas. El látex se aplica en fuegos, mezquinos y verrugas para eliminarlos.

La planta se ha reportado como tóxica, ya que algunas personas presentan sensibilidad y dermatitis al estar en contacto con su látex. Este tipo de reportes se debe a que en 1919, en Hawái, se registró el caso de un niño de dos años de edad que murió supuestamente por ingestión de hojas de nochebuena; sin embargo, el acontecimiento no se comprobó desde el punto de vista médico ni científico.

En 1971, la Universidad Estatal de Ohio, EU, llevó a cabo pruebas para comprobar si la nochebuena es tóxica. Con tal fin se añadieron dosis elevadas de follaje de E pulcherrima a la dieta alimenticia de unas ratas. Los experimentos no produjeron mortalidad ni efectos tóxicos, y tampoco se encontraron cambios de comportamiento en dichos animales. Al hacer el análisis químico de la planta no se detectaron los diterpenos, posiblemente tóxicos, de otras especies de euphorbia.

Por otra parte, se han revisado las llamadas a centros de control de envenenamiento en Estados Unidos y no ha sido posible detectar casos de intoxicación a causa de la ingesta de la planta. Con tales evidencias, la Comisión de Seguridad de Productos al Consumidor de Estados Unidos –institución que acepta las pruebas en animales como indicadores válidos de que los productos son o no dañinos para la salud humana– ha denegado desde 1975 la petición de poner una etiqueta de advertencia a la flor de nochebuena.

Todo esto sustenta la idea de que E pulcherrima no es una especie tóxica. Además, la ausencia de toxicidad también se evidencia con el uso medicinal que tiene esta planta en México, donde inclusive se administra oralmente a mujeres que recién dieron a luz o que están amamantando. Tal vez el único cuidado que debería tenerse al manipularla es evitar el contacto prolongado con el látex.

Miguel Ángel Villavicencio Nieto

Leyenda

Es la época de compartir historias con la familia, por lo que lo invitamos a que comparta una leyenda que se fue perdiendo al paso del tiempo y que es originaria del antiguo pueblo de Real del Monte, ahora Mineral del Monte.

La mina de la Navidad

Al anochecer salen al camino los fantasmas, la Luna los ha visto con ropajes de brocado y de alucinación; y si el compañero de charla es un minero viejo, se ve nacer en la grama del monte más de una florecilla de esas que las señoras crédulas cortan con triste benevolencia para dejarlas que se marchiten entre las hojas de un libro comido por el uso. A mí me gusta conversar con los mineros porque me enseñan leyendas de las que ya no se repiten, milagros de Cristos enviados por el rey de España para agradecer los “quintos” reales que le mandaron durante la Colonia, y hasta relaciones de esas en que se mezcla el esplendor de las monedas nuevas con el pálido brillo de las ofrendas votivas que aún se guardan en los santuarios rústicos.

Voy a referir ahora algo que tiene un colorido que invita al pintor y al poeta para que lo traslade con debida fidelidad a la tela y al cuento. No solo los viejos mineros, también los libros saben maravillosas historias. Esta la refiere Charles Joseph Latrobe en The rambler in México, publicado en 1834. Y ahora quiero contar la leyenda que sabe a bejucos cimarrones, a lluvia sierra adentro.

Este era un señor cura, un hombre que compartía el dolor de los otros, pero hacía el bien como los ángeles. Los indios lo querían mucho, le llevaban la gallina gorda del diezmo, la fruta de Sol y la acción de gracias. El buen cura escribía muchas cartas y un día, por casualidad, uno de los feligreses le llevó un puñado de arena para que secara las cartas. Y a medida que la correspondencia aumentaba, iba llegando más arena de color. ¡Qué sorpresa la del señor cura cuando su amigo el joyero de la capital le hizo notar que secaba las cartas con polvo de oro!

Sin alterársele la voz, sin entusiasmársele el ademán, llamó a los indios y les pidió más arena dorada. Le llevaron más, y el oro refulgía delicado en su apariencia tímida espléndida en algunos puñados, soberbia de repente. Primero les preguntó si lo podrían llevar al sitio donde recogían aquello, pero los indios sumisos le contestaban “quién sabe”. Después mezclaba amenazas a las súplicas, broza al oro de la cortesía. Por fin se desesperó. Los indios accedieron a llevarlo al monte, pero si se dejaba vendar. ¡Qué vuelcos en el corazón, qué entusiasmo en el ademán, qué brillo alegre en la voz! Al fin se iba a hacer la aurora en su oscurana. Ahora escribiría con tinta de oro, tendría copa de oro para el vino, estribos de oro en la montura de su caballo.

Consintió en que lo vendaran, eso sí, contra su voluntad, pero consintió. Lo llevaron en hombros, subían y bajaban con él por barrancas donde solo merodeaban cabras brutas, víboras de seda, hierbas espeluznantes. Bajaban y subían seis, siete, ocho horas y no llegaban a donde estaba la arenita. A la hora en que el Sol se moría en los cerros, cuando el tecolote canta y se abre el taloache azul, los indios llegaron a una cueva en cuyo fondo temblaba una fuente, y allí lo pusieron en tierra y lo dejaron ver.

–Padre, te hemos traído aquí porque lo has pedido, porque mucho lo querías y porque te queremos. Toma cuanto puedas llevarte, lo más que puedas, porque en tu vida volverás por aquí.

Y el padre vio las barras de oro, los puñados de arena trémula, los tejos espléndidos… Tomó la flor del tesoro y, dejándose vendar de nuevo, fue sacado en hombros de regreso a la casa cural. A poco de salir reventó el rosario dejando caer las cuentas a medida que caminaban. Cantaba el gallo en los corrales, trascendía la hierbabuena en los patios. Cuando regresaron los indios y el señor cura, ¡qué alegría la de él al llegar a la puerta de su casa y qué pena cuando un indio le puso en la mano las cuentas del rosario que desgranó!

Nuevas amenazas, súplicas de nuevo. Los indios volvían a decir “quién sabe”, gentiles, risueños. Llegaron comisionados del rey para averiguar el paradero de la mina loca. Capturaron a los principales indios del pueblo, les dieron tortura, los pusieron en capilla, se despobló la aldea. El señor cura dejó de escribir sus cartas áureas al joyero de la capital y se le atolondraba la voz cuando rezaba el rosario.

Dicen que a la puerta de la cueva, en aquel paraje que llaman Real del Monte, los árboles han florecido que da gusto; y ya ni los indios más viejos del contorno saben el camino para llegar allí. De noche se oye un tropel que va por las barrancas en marcha hacia la cueva, y de pronto se detiene un “Ay-ay-ay” que da pavor a la montaña. Más allá de la sierra, más acá del río, el camino de la ilusión se pierde, sin que nadie pueda encontrar el sitio en que se muere de locura la mina de oro de la Navidad.

Rafael Heliodoro Valle

Leyenda reproducida de su libro México imponderable

(Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1936)

La nochebuena es originaria de México. Se sabe que la planta se usaba desde antes de la llegada de los españoles. Moctezuma, el tlatoani mexica, ya la empleaba como ornamental

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