Del texto publicado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo se desprende el tema sobre los elementos que adornan la Navidad y leyendas para disfrutar en esta época

En las primeras cuatro entregas del libro Hidalgo navideño, editado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), comentamos y transcribimos las aportaciones de Víctor Manuel Ballesteros García, Juan Marcial Guerrero Rosado, Miguel Ángel Villavicencio, Rafael Heleodoro Valle, Vanessa Ureña Medina y el profesor Raúl Guerrero Guerrero. En esta ocasión y continuando con el tema de estas fechas decembrinas, cerramos el año abordando los temas pastorelas, villancicos y una leyenda:

Pastorelas en Hidalgo

El nacimiento tiene origen italiano, con representaciones vivas realizadas por San Francisco de Asís en la edad media. Ya en el renacimiento se conformó la pastorela, donde el Diablo, a través de los siete pecados capitales, trataba de desviar la atención de los pastores para que no vayan a adorar al Niño Dios.

En México se desarrolló la pastorela a partir de la época colonial y se reforzó con José Joaquín Fernández de Lizardi (autor, entre otras pastorelas clásicas, de La noche más venturosa en los campos de Belén) y llegó hasta nuestros días siendo revividas principalmente por Miguel Sabido y Salvador Novo. En la actualidad existen numerosos escritores que impulsan su desarrollo en México, tales como Teresa Valenzuela, Tomás Urtusástegui, Norma Román Calvo y autores jóvenes, como Hugo Salcedo.

Ese género, practicado popularmente en ejidos y rancherías del centro y el norte del país, ha trascendido y ha influido en los grupos teatrales de las universidades, quienes se han encargado de investigar y, en algunos casos, de escribir o adaptar pastorelas tradicionales. El montaje de ellas en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) data de más de cuatro décadas, cuando el naciente grupo de teatro 2+4 llevó a la escena el montaje titulado Pastores de la ciudad de Emilio Carballido.

En sus inicios, las presentaciones se hacían dentro del campus universitario, pero años después se trasladaron a barrios, escuelas, casas-hogar y de la tercera edad. Esa costumbre ha permanecido, pues se tiene documentado un festival de pastorelas donde grupos universitarios de teatro de la década de 1980 llegaron a sumar, durante una temporada decembrina, más de 100 presentaciones.

Guillermo Cuevas comentó a sus amigos la experiencia de llevar a escena y dirigir pastorelas, donde participaban niños en brazos en el papel del Niño Dios, infantes que acompañaban a los pastores, familias enteras de actores que participaban en escenas y en muchas ocasiones se utilizaban burros y hasta borregos, pero lo que más recordaba eran “las corretizas” al personaje del Diablo en los barrios donde llegó a presentarse alguno de esos montajes, y la escenografía natural de cada lugar.

Obras como Las peripecias de un costal, La corona de hierro, El diablo entre las muchachas, Cómo te quedo el ojo, Lucifer, El nacimiento de la esperanza y La caja misteriosa han sido puestas en escena por más de medio millar de actores universitarios. Actualmente se conserva una muestra de pastorelas y en alguna ocasión se desarrollaron en Radio Universidad.

Tercera llamada, tercera. Comenzamos.

Entran José y María.

María-José: “Falta mucho tiempo. Ya no puedo más…”
Guillermo Cuevas Ramírez (+)

La tradición de los villancicos

Según el Diccionario Oxford de la Música, los villancicos son cánticos de diferentes orígenes que se entonan universalmente durante la Navidad. Unidos a una serie de representaciones, constituyen una forma alegre de celebrar el advenimiento del Niño Jesús y una costumbre que se remonta quizá a antes del siglo XIII en el medioevo europeo.

La palabra “villancico” quiere decir “canción de la villa”. En sus inicios fue un canto rústico que utilizaban los aldeanos en sus fiestas a manera de cronismo musical para registrar los principales hechos o la vida cotidiana de una comarca. Bajo ese significado fue muy usual en la España de los siglos XV y XVI, donde se convirtió en una de las composiciones poético-musicales profanas más interpretadas.

Al continente americano el villancico llegó en el siglo XVII traído por los españoles y compositores europeos, lo cual significó la consolidación cultural del mestizaje que primero se dio a través de los perfiles étnicos.

Desde el punto de vista musical, el villancico es un género de canción donde alterna un estribillo con varias coplas, ello a manera de “responsión” o respuesta. Así fue concebido en el siglo XVII, como una composición religiosa muy parecida al motete, para solos y coro, con acompañamiento de instrumentales de cuerda, órganos y a veces instrumentos de viento, el cual fue desarrollándose hasta originar los llamados villancicos dramáticos que gestaron la formación del teatro español.

En cuanto a su tipología, aquellos que narran anécdotas e historias recibieron el nombre de jácaras o corridos. En algunas regiones indígenas de México se cantaban en lenguas autóctonas o mezcladas con el castellano. En México, los villancicos tuvieron su máximo esplendor durante el siglo XVII gracias a una de las figuras relevantes de la literatura barroca: Sor Juana Inés de la Cruz. A continuación incluyo uno de sus temas:

“Villancico VI. Jácara”

Estribillo
¡Oigan, miren y atiendan
lo que se canta,
que hoy la música viene
de mucha gracia!
Pero hablando de veras
y en pluralidad,
en breve ha de decirles
una verdad.

Coplas
Antes que todas las cosas
érase una hermosa niña,
de los ojos del criador
graciosamente prevista.

Que habiendo de ser de un Dios
humanado madre digna,
fue razón que ni un instante
se apartase de su vista.

Para ser de los mortales
la defensa fue escogida,
siendo la pura azucena
de la hoja blanca y limpia.

Contra la serpiente astuta
que ocasionó la ruina
de todo el género humano,
siempre estuvo provenida.

Siempre armada y vigilante
y tanto, que al embestirla,
con linda gracia le dio
en la cabeza una herida.

Jamás pudo ni aún tocarla
la sierpe; y así, corrida,
en escuchando su nombre,
bramando se da a pastillas.

Para estas empresas tantas
gracia Dios le comunica,
que siendo pura criatura,
mujer parece divina.

Sin la mancha de la culpa
se concibe, de Adán hija,
porque en un lunar no fuese,
a su padre parecida.

Del tributo universal
el sacro poder la libra,
previendo que había de ser
nuestra reina sin caída.

De esta, pues, a quien los fieles
invocan madre benigna,
es la fiesta, y es el canto
de esta mi jacarandina.

Es importante destacar también la labor de tres maestros de capilla en la catedral de México. El primero fue el español Antonio Salazar, quien ejerció tal cargo durante 27 años (1688-1715) y puso música a varios villancicos de Sor Juana.

El segundo fue su alumno, el mexicano Manuel Zumaya, maestro catedralicio durante 24 años (1715-1739) y autor de salmos, misereres y villancicos. Mientras que el tercero, a partir de 1749, fue el italiano Ignacio Jerusalén, quien compuso algunos villancicos; sus partituras se encuentran hoy en la Ciudad de México y en la catedral de Guatemala. Otro lugar donde proliferó la creación de villancicos fue la catedral de Puebla. Allí, entre 1609 y 1620, Gaspar Fernández escribió alrededor de 250, tanto en español o portugués como en lengua Tlaxcala (náhuatl), basados en tradiciones afrohispanas.

Igualmente notable fue Juan Gutiérrez Padilla, maestro de capilla de esa catedral desde 1629, cuyos numerosos villancicos tienen la doble virtud de haber sido hechos para diferentes géneros –calendas, gallegos, jácaras, etcétera– y para varias líneas melódicas.

Pero sin duda los villancicos coloniales más famosos son de Sor Juana Inés de la Cruz. Sus series de Navidad de 1678, 1680 y 1689, escritas para ser entonadas en Puebla, incluyen imitaciones literarias de dialectos descritos como gallego, portugués, indio, vizcaíno y puertorriqueño.

También los compositores de música popular contemporánea han dado a ese género una fuente insaciable de recursos melódicos que, en armonía con sus textos, denotan solidaridad y amor, impactando en nuestros días como tradición popular.

Francisco José Veira Díaz

Leyenda
“Las estrellas del Valle del Mezquital”

Cuenta la leyenda que cierta noche en el Valle del Mezquital, un indígena se dio cuenta de que no había estrellas en el cielo. Entonces fue con su sarento (es la persona que guarda la costumbre de una comunidad) y el indígena le preguntó qué podría hacer para que volviera a haber estrellas en el cielo. El sarento le dijo que tejiera un pedacito de ayate, que le bordara el nombre de Tonatiuh y le bordara tres estrellas, y que lo colocara sobre un mezquite: esto sería el enlace para que Tonatiuh se comunicara.

El indígena preguntó quién era Tonatiuh, a lo que el sarento contestó que era el encargado de encender las estrellas con una vela hecha de la cera de un panal divino.

El indígena cumplió lo que el sarento le dijo. Una noche se dirigió al mezquite más grande a esperar la respuesta. Con los primeros rayos del Sol abrió los ojos y se dio cuenta de que el pedazo de ayate que llevaba no estaba. A cambio, encontró un amate en forma de códice, escrito con letras de oro que decía: “Gracias por valorar mi trabajo. Soy Tonatiuh, el candelero de las estrellas, y pensé que mi trabajo en la Tierra no era valorado por nadie; por eso ya no las encendí. Pero esta noche te espero en este mismo lugar acompañado por el sarento y tendrán una sorpresa”.

Corriendo fue a ver al sarento. Ambos leyeron el amante y este, después de ser leído, se esfumó. Por la noche de ese día, acompañados de sus familias, fueron al mezquite. Al llegar a la oscuridad, de pronto se encendieron todas las luces del cielo y a manera de saludo pasó un cometa, que en su cauda dibujó los mezquites del Valle del Mezquital.

Dulce Isela Hernández Ballesteros

Este texto fue transcrito conservando su redacción original, lamentablemente como muchas leyendas se están perdiendo en el olvido.

¡Feliz Año Nuevo a nuestros lectores!

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